El sol de julio castigaba el centro de Madrid, transformando el asfalto de la Gran Vía en una placa ardiente que quemaba a través de las suelas gastadas de los zapatos — o, en el caso de Lucía Herrera, directamente en la piel de sus pies descalzos.
Con siete años, Lucía conocía la ciudad no por sus edificios acristalados o sus tiendas de lujo, sino por la dureza de las aceras y la indiferencia de la gente que pasaba con prisa. Sentada junto a un carrito de supermercado oxidado que guardaba todo lo que poseía en el mundo, sostenía un trozo de cartón donde se leía, con letras temblorosas:
“Tengo hambre. Cualquier ayuda es una bendición.”
Hacía tres meses que su madre, Carmen Herrera, había desaparecido después de perder el pequeño piso en Vallecas. Desde entonces, Lucía sobrevivía al margen de un sistema que a menudo olvidaba a los más pequeños y vulnerables. Había aprendido a ser invisible — a esquivar las miradas de desprecio y a agradecer cualquier migaja.
Pero aquel martes por la tarde, el sonido constante del tráfico y el murmullo de la multitud fueron atravesados por algo que le heló la sangre, a pesar del calor asfixiante.
Era un gemido.
Un llanto ahogado, débil y desesperante, procedente de un Audi negro, impecable, con cristales tintados, aparcado indebidamente cerca de la Plaza de Callao.
Lucía se levantó de un salto, ignorando el dolor del hambre que le retorcía el estómago desde el día anterior. Se acercó al coche y apoyó la oreja en el metal caliente del maletero.
— ¿Hola? — susurró, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho.
— Ayúdame… por favor… no puedo respirar… está muy oscuro… — respondió una voz infantil, quebrada por el pánico.
La desesperación se apoderó de ella.
Miró a su alrededor, haciendo señas frenéticas a ejecutivos y turistas que pasaban con los ojos pegados a sus móviles.
— ¡Hay un niño atrapado aquí! ¡Que alguien ayude! — gritó con todas sus fuerzas.
Pero era como gritar bajo el agua.
Un hombre de traje la apartó con irritación cuando intentó agarrarle del brazo, diciéndole que dejase de inventar historias para pedir dinero. Nadie le creía. Para todos, era solo una niña más de la calle tratando de llamar la atención.
Desesperada, Lucía se volvió hacia el coche.
— Aguanta… te llamas Pablo, ¿verdad? La ayuda ya viene — mintió, intentando calmarlo, aunque nadie acudía.
En ese momento, un hombre alto, de traje caro y expresión marcada por el estrés, corrió hacia el vehículo mientras buscaba las llaves en su bolsillo, con las manos temblorosas.
Era Javier Mendoza, un conocido empresario del sector inmobiliario, cuyo rostro solía aparecer en revistas de negocios y vallas publicitarias por la ciudad.
— ¡Señor! ¡Hay un niño en su maletero! — gritó Lucía, bloqueando su paso.
Javier la miró, confuso y pálido.
— ¿Qué? Eso es imposible. Pablo está en el colegio, yo…
Pero cuando pulsó el botón del mando, el maletero se abrió lentamente.
La escena que se reveló hizo que algunos curiosos contuvieran la respiración.
Encurvado en posición fetal, empapado en sudor y con el rostro enrojecido de tanto llorar, estaba Pablo Mendoza, de seis años.
El niño saltó a los brazos de su padre, temblando incontrolablemente.
Javier lo abrazó con desesperación, llorando, sin entender cómo su hijo había ido a parar allí mientras él estaba en reuniones en el distrito financiero de la ciudad.
Pero el alivio duró poco.
El sonido de las sirenas cortó el aire.
Dos coches patrulla de la Policía Nacional se detuvieron bruscamente frente al vehículo. La multitud, ahora atenta, comenzó a murmurar acusaciones.
Para los agentes, la escena parecía evidente: un padre negligente — o algo peor.
A pesar de las súplicas y la visible confusión de Javier, fue esposado allí mismo.
— ¡Yo no he hecho esto! ¡Amo a mi hijo! — gritaba mientras era llevado al interior del coche patrulla.
Lucía se quedó quieta en la acera mientras los Servicios Sociales se llevaban a Pablo y la policía se llevaba a Javier esposado. Sintió una punzada aguda en el pecho.
Ella había visto sus ojos.
No eran los ojos de un hombre cruel. Eran los ojos de alguien que acababa de caer en una trampa mortal.
La multitud comenzó a dispersarse, retomando la rutina como si nada hubiera ocurrido. Pero entonces algo llamó la atención de Lucía. Un pequeño destello metálico cerca de la alcantarilla, junto a la rejilla de desagüe donde había estado aparcado el coche.
Se agachó.
Sus dedos sucios y pequeños sacaron de dentro de la rejilla una credencial plastificada.
Era un carné escolar.
Pero había algo extraño.
La foto estaba pegada torcida. Los bordes habían sido cortados a mano, de forma descuidada. No era profesional.
Lucía sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Aquello había sido planeado.
Alguien había estado observando.
Y sin saberlo, ahora sostenía la única pieza suelta capaz de desmontar una conspiración millonaria — o ponerla en peligro mortal.
Minutos después, un coche elegante se detuvo junto a la acera. De él bajó una mujer de cabello gris, postura firme y mirada penetrante.
— ¿Eres la niña que dio la voz de alarma sobre el maletero? — preguntó con voz serena.
Lucía asintió, desconfiada.
— Me llamo Margarita Peña. Soy la abogada del señor Javier Mendoza.
A diferencia de los otros adultos, Margarita no miró a Lucía como si fuera invisible.
La miró como si fuera importante.
— Sube al coche, pequeña. Si lo que dices es cierto, Javier Mendoza es inocente… y hay un depredador suelto en esta ciudad.
En el elegante despacho de Margarita, con vistas panorámicas a los edificios de la Gran Vía, Lucía sostenía un bocadillo como si fuera algo sagrado. Comía despacio, como quien todavía teme que la comida desaparezca.
Contó todo.
Cada detalle.
Entregó la credencial.
Margarita la examinó con atención.
El nombre impreso era “Carla Méndez”.
Margarita frunció el ceño.
— No existe ninguna profesora con ese nombre en el colegio de Pablo.
Alguien se había hecho pasar por personal del colegio.
Alguien había secuestrado al niño.
Alguien lo había metido en el coche de Javier durante la hora de la comida.
La trama era cruel. Precisa. Fría.
Mientras Javier permanecía detenido, acusado de poner en peligro a su propio hijo, su empresa comenzaba a derrumbarse.
En la televisión del despacho, una noticia de última hora:
El consejo administrativo había apartado a Javier del cargo.
El control interino pasaba a Daniel Muñoz, su antiguo socio.
Margarita guardó silencio.
Pero Lucía, con la perspicacia afilada de quien ha aprendido a sobrevivir en las calles, notó otro nombre mencionado:
Camila Muñoz, directora de operaciones.
— ¿Muñoz… como el hombre que asumió la empresa? — preguntó Lucía.
Margarita palideció.
— Daniel y Camila estuvieron casados… hace años.
O al menos, eso dijeron.
La investigación reveló algo impactante.
El divorcio era falso.
Camila se había infiltrado en la empresa usando su apellido de soltera. Había fingido lealtad durante seis años.
Había esperado el momento adecuado.
Era venganza.
Una venganza orquestada por Daniel, que había sido expulsado de la sociedad diez años antes por Javier.
Pero aún faltaban pruebas.
Fue Lucía quien notó algo en los registros de propiedad.
Una cabaña escondida en la Sierra de Guadarrama, registrada a nombre de los dos.
Aquélla noche, el coche de Margarita se detua una distancia segura de la cabaña, con las luces apagadas y el motor en silencio, observando la única ventana iluminada entre la espesura del bosque.