El legado oculto en el sótanoEl testamento, en su última y estremecedora cláusula, dejaba la fortuna no a la viuda, sino al hijo que ella había mantenido encadenado durante años.

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Los ojos de Celeste se deslizaron hacia ella, fríos y ligeramente molestos, como quien descubre una mosca rondando su copa de vino.

Las manos de Inés temblaban, pero aun así las alzó, con las palmas abiertas como en señal de rendición.

—Detengan la lectura —dijo con voz trémula pero sorprendentemente clara—, porque el heredero no está desaparecido.

Mateo la miró fijamente. —¿Qué estás diciendo?

Inés tragó saliva. Sentía el latido de su corazón como si le fuera a romper las costillas.

—Lo han encerrado bajo tierra.

Durante un segundo, incluso el aire pareció contener la respiración.
La sonrisa serena de Celeste se mantuvo, pero algo afilado se movió bajo ella, como una daga girando dentro de su vaina.

—Esa es una acusación absurda —dijo Celeste suavemente—. La señorita Martínez ha estado bajo mucho estrés. El duelo hace cosas extrañas a… los empleados.

Inés no la miró. Miró a Mateo. Al señor Gutiérrez. A los dos hombres sentados junto a la pared, discretos en sus trajes sencillos, esperando una señal.

Entonces pronunció el nombre que hizo que la sonrisa de Celeste por fin vacilara.

—Julián.

Dieciocho meses atrás, Inés había entrado en la mansión Mendoza con una maleta en una mano y un delantal en la otra, repitiéndose que solo era un trabajo.

1. La casa que no sonaba a hogar
La mansión Mendoza se alzaba en las afueras de Madrid como un museo privado. Altas verjas. Setos perfectos. Ventanas que reflejaban el cielo pero nunca revelaban lo que había dentro.

Inés llegó una mañana soleada que parecía demasiado alegre para aquel lugar. El taxista la ayudó a bajar la maleta, miró la casa y murmuró: —Suerte —, del modo en que la gente dice “buena suerte” cuando en realidad piensa “que los dioses sean piadosos contigo”.

En la puerta, Celeste la recibió con una cortesía carente de calidez.

—Bienvenida, señorita Martínez. —El español de Celeste era preciso, culto, con un deje extranjero. Su apretón de manos fue firme y breve, como si el contacto fuera una transacción.

Dentro, el aire olía a cera de limón y a un silencio caro. Los suelos brillaban tanto que Inés se sintió culpable al pisarlos, como si dejara huellas con las suelas.

Hugo Mendoza estaba en el salón, con una manta de cachemir doblada sobre sus rodillas. Parecía un hombre que una vez cargó salas enteras sobre sus hombros y que ahora apenas podía levantar su propio vaso.

—Gracias por venir —susurró cuando Celeste los presentó. Su voz era gentil, pero cargada de una fatiga que envolvía cada sílaba.

Inés esbozó una sonrisa. —Gracias por recibirme, señor.

Hugo extendió la mano hacia el agua, con los dedos temblorosos. Antes de que pudiera agarrar el vaso, la mano de Celeste llegó antes.

No era un gesto de ayuda. Era posesivo.

Le guio el vaso hacia la palma como si alimentara a una mascota que le perteneciera.

Inés lo sintió entonces, un pequeño escalofrío de inquietud. No era nada que Celeste hiciera de forma abiertamente cruel. Era lo que no hacía.

No miraba a Hugo con preocupación. Lo miraba como si fuera un horario.

—Su medicación es a la misma hora todos los días —le dijo Celeste a Inés, con voz enérgica—. No improvise.

Dijo “improvise” dos veces, como si la repetición la convirtiera en ley.

Inés asintió. —Sí, señora.

La sonrisa de Celeste se afiló, satisfecha.

Aquella primera semana, Inés aprendió el ritmo de la casa. Las comidas servidas a su hora. Las cortinas abiertas a las ocho en punto. Llamadas de teléfono que se interrumpían en el instante en que Inés entraba en una habitación. Visitas médicas concertadas sin preguntas, sin segundas opiniones.

Y siempre, la misma historia cuando surgía el nombre de Julián.

Julián estaba en un internado suizo.

Sonaba plausible, como suelen sonar las mentiras cuando están construidas con dinero y seguridad. Un chico de catorce años en Suiza. Una institución prestigiosa. Normas estrictas. Centrado en su “estabilidad”.

Solo que la casa no se comportaba como una familia con un hijo en el extranjero.

No había menciones casuales de él. No había fotos recientes. No había risas por algo que hubiera enviado por mensaje. No llegaban paquetes suyos, ni postales pegadas en el frigorífico.

Julián existía solo como una frase que Celeste desplegaba cuando era necesario y luego guardaba de nuevo, como un cuchillo que se devuelve a su cajón.

Mateo, el hijo mayor, intentaba fingir que nada de aquello importaba. Vestía trajes incluso en casa, como si en cualquier momento pudieran llamarlo a una reunión. Saludaba con la mano a inversores imaginarios mientras comía.

Pero a veces, tarde por la noche, la máscara se resquebrajaba.

Inés lo encontró una tarde en la cocina, mirando fijamente su teléfono como si este pudiera confesar algo si la miraba lo suficiente.

—Ella dice que Julián está bien —susurró Mateo, como si las paredes informaran a Celeste—. Pero no he oído su voz en un año. Ni una sola vez.

Inés siguió removiendo la sopa en el fogón, observando cómo la superficie se ondulaba. —¿Has llamado directamente al colegio?

La risa de Mateo fue amarga, exhausta. —Cada vez que lo intento, pasa algo urgente. Un inversor entra en pánico. Un contrato se viene abajo. De repente hay una reunión de junta que la requiere. Me arrastra hacia ello como si fuera su escudo.

En ese mismo momento, el tono de llamada de Celeste cortó el pasillo, demasiado alto, demasiado oportuno.

—Mateo —llamó Celeste, ya en plena actuación—. La empresa te necesita ahora.

Los hombros de Mateo se hundieron. Se movió como si lo tiraran de una cuerda.

Inés lo vio marcharse, luego miró hacia el salón, donde Hugo estaba sentado mirando una pantalla de televisión en blanco, con los ojos fijos en la nada.

A veces, la mano de Hugo se posaba cerca de su pecho, como si temiera lo que pudiera sentir allí.

Una vez, en un raro momento de tranquilidad, le hizo a Celeste una pregunta que parecía llevar meses esperando dentro de él.

—¿Por qué vas tú sola a la casa de campo? —murmuró—. ¿Por qué no vamos juntos?

Celeste no pestañeó. —Porque puedo —respondió, alisando su manta con una ternura que nunca llegaba a sus ojos.

Todos los martes y viernes, Celeste bajaba la escalinata con un abrigo de diseño, las llaves ya en la mano, el perfume afilado como una advertencia.

—Estaré en la finca —decía con ligereza, sin mirar a nadie. Sin equipaje. Sin explicaciones. Solo la tranquila autoridad de quien no espera preguntas.

Inés empezó a notar otras cosas también.

La medicación de Hugo no siempre era la misma.

El pastillero cambiaba de color. Las etiquetas aparecían, desaparecían. Algunos frascos olían ligeramente a metal, otros curiosamente dulces. Era como si alguien estuviera intercambiando la vida de Hugo dosis a dosis.

Inés se dijo a sí misma que se lo estaba imaginando. Se dijo que las familias ricas son raras. El duelo y el dinero vuelven extraña a la gente.

Hasta que llegó el papel que hizo que todas sus racionalizaciones cuidadosas se desmoronaran.

2. El expediente que no pertenecía
Inés estaba organizando un cajón en el estudio cuando lo encontró: un expediente médico escondido detrás de una pila de documentos legales, como si lo hubieran ocultado con prisas.

Llevaba estampado un nombre que la dejestampado con un nombre que la dejó helada: Julián Mendoza.

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