Durante doce años, Mateo Rojas vivió sin luz.
No sombras. No formas difusas.
Solo oscuridad, absoluta e inmutable.
Los médicos lo llamaron ceguera inexplicable.
Otros usaron términos como anomalía neurológica o respuesta psicosomática.
Pero nadie pudo decirle a su padre por qué había ocurrido… ni cómo solucionarlo.
Y así, la oscuridad permaneció.
**Un Padre Que Podía Arreglarlo Todo… Menos Esto**
Alejandro Rojas no era uno de los hombres más ricos de España.
No era famoso. No poseía rascacielos ni jets privados.
Pero era exitoso.
Había construido desde cero una empresa tecnológica rentable—software de seguridad usado por hospitales y administraciones locales en toda la costa mediterránea. Suficiente para vivir con comodidad. Suficiente para pagar médicos privados, consultas internacionales y la mejor atención que el dinero permitía.
Suficiente para creer, al principio, que podía arreglar cualquier cosa.
Cuando Mateo quedó ciego a los siete años, Alejandro se lanzó a actuar.
Lo llevó a clínicas privadas en Suiza.
Consultó a neurólogos renombrados.
Pagó por terapias experimentales que ninguna aseguradora cubría.
Siempre la misma respuesta:
“Sus ojos están sanos.”
“Los nervios ópticos intactos.”
“No hay razón física para que no vea.”
Al principio, Alejandro buscó esperanza.
Después, buscó culpabilidad.
Porque Mateo no siempre había sido ciego.
**El Día Que Todo Cambió**
La ceguera comenzó el mismo día que murió su madre.
Doce años atrás, Eva Rojas falleció en un accidente de coche en una carretera encharcada cerca de Málaga. Las autoridades lo atribuyeron a pérdida de control. Trágico. Súbito.
Alejandro les creyó.
Mateo nunca habló de esa noche.
Dejó de hacer preguntas.
Dejó de dibujar. Dejó de mirar el mundo.
Y una mañana, despertó sin poder verlo.
Con el tiempo, Alejandro aceptó que algunas cosas no tenían arreglo—ni siquiera con dinero.
Así que se centró en lo que sí podía hacer.
Hizo su hogar seguro. Contrató tutores.
Aprendió a guardar silencio cuando su hijo lo necesitaba.
Aun así, cada noche, Alejandro se preguntaba qué más había perdido su hijo aquel día, además de la vista.
**La Chica Que No Tenía Miedo**
Una tarde, Mateo estaba en el patio trasero de su casa, tocando el viejo piano vertical que su madre adoraba.
La música era el único lugar donde la oscuridad no lo asustaba.
Fue entonces cuando alguien entró por la verja lateral.
Las cámaras de seguridad mostraron después a una chica delgada, descalza, con una sudadera descolorida y unos vaqueros cortos. Se movía con cautela, como alguien acostumbrado a que la echaran.
Se llamaba Lucía Bermejo.
Los vecinos la conocían como la chica callada que pedía cerca del puerto. Nunca gritaba. Nunca insistía. Observaba a la gente con demasiada atención para alguien de su edad.
El guardia de seguridad gritó:
“¡Eh! ¡No puedes estar aquí!”
Mateo alzó la mano.
“Por favor,” dijo con calma. “Déjala quedarse.”
Lucía se detuvo frente a él.
No pidió dinero. No se disculpó.
Dijo, sin vacilar:
“Tus ojos no están rotos.”
Alejandro avanzó, furioso.
“Basta ya,” dijo con dureza. “Tienes que irte.”
Pero Mateo giró hacia su voz.
“¿Qué quieres decir?” preguntó.
Lucía se acercó.
“Algo dentro de ti te impide ver.”
Las palabras hirieron a Alejandro como un insulto.
Años de médicos. Millones gastados.
¿Y esta chica sin hogar creía saber más?
“Mateo,” advirtió Alejandro. “No la escuches.”
Pero Mateo extendió la mano, encontró la muñeca de Lucía y la guio con suavidad hacia su rostro.
“Muéstrame,” dijo.
**Lo Que Salió de la Oscuridad**
Los dedos de Lucía estaban fríos y temblaban al rozar su mejilla.
Entonces, con precisión cuidadosa, deslizó una uña bajo su párpado inferior.
“¡Para!” gritó Alejandro.
Demasiado tarde.
Algo se desprendió en su palma.
No era una lágrima. No era suciedad.
Era pequeño. Oscuro. Se movía.
Alejandro sintió que el estómago se le helaba.
La cosa se estremeció y emitió un sonido agudo—como cristales rozándose.
Mateo jadeó—no de dolor, sino de alivio.
Algo dentro de su cabeza cedió. Como si un peso que llevaba desde niño se hubiera liberado.
“¡Aléjate de él!” rugió Alejandro.
Lucía abrió la mano.
La criatura saltó al suelo de piedra y se escabulló bajo el piano.
“No la pises,” susurró. “Si lo haces, se multiplica.”
Cayó el silencio.
Alejandro murmuró:
“¿Qué es eso?”
“Son Sombrillas,” respondió Lucía. “Viven donde se oculta la verdad.”
Mateo tragó saliva.
“Hay otra,” dijo en voz baja. “Me duele el otro ojo.”
**El Lugar Donde Se Encerraban los Recuerdos**
El corazón de Alejandro latía con fuerza.
Si había una… tenía que haber otra.
Lucía se arrodilló junto a la pared, rozando una grieta con los dedos.
“Hay más,” musitó. “Han hecho un nido.”
Desde dentro del muro llegó un sonido húmedo—como si muchas cosas pequeñas se movieran.
Alejandro ordenó retirar el panel.
En el hueco había docenas de Sombrillas, agrupadas—no alimentándose de carne, sino de algo invisible.
Oscuridad.
Recuerdos.
En el centro había una pequeña caja de música.
Alejandro la reconoció al instante.
Había sido de Eva.
Dentro había una foto de Mateo y su madre, riendo bajo el sol.
En el dorso, una nota escrita con prisa:
“No puedo ocultarlo más. Lo vio todo. Alejandro no debe saberlo jamás.”
Mateo se quedó inmóvil.
Entonces susurró:
“El accidente no fue un accidente.”
Los recuerdos irrumpieron.
La discusión. El hombre que seguía su coche. El miedo.
Una puerta oculta en la pared se abrió.
Un hombre salió—Daniel Ponce, un antiguo empleado al que Alejandro había despedido años atrás.
Lo arrestaron en minutos.
Confesó todo.
Las amenazas. La persecución. El choque.
Mateo lo había visto todo.
Y su mente eligió la oscuridad.
**La Luz Que Regresó**
Las Sombrillas no eran una enfermedad.
Eran una defensa.
Criaturas nacidas para proteger la mente cuando la verdad era demasiado dolorosa.
Cuando la luz del amanecer entró en el patio, Mateo parpadeó.
Volvieron los colores. Luego las formas.
La primera cara que vio fue la de Lucía.
“¿Por qué me ayudaste?” preguntó.
Ella se encogió de hombros.
“Yo tuve una,” dijo. “La mía no me cegó. Me enseñó a ver la oscuridad en la gente.”
Se fue sin pedir dinero.
Solo pidió una cosa:
“Que nunca más aparte la mirada de la verdad.”
Porque la peor ceguera no es física.
Es la que elegimos.