El hijo del magnate despertó tras una semana en mi cabaña: se burlaron de los remedios de mi abuela, pero al año volvieron en una limusina

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El aire de octubre en los Pirineos de Huesca tiene una forma de atravesarte hasta el alma.

No es solo frío—se filtra en los huesos, húmedo y afilado, cargado con el aroma de la resina de pino, el cedro podrido y la nieve que se acerca. Eso es lo primero que recuerdo de aquel martes. Lo segundo es el silencio.

Me llamo Lucía Mendoza. Vivo con mi abuela, Carmen Mendoza, en una cabaña que lleva en nuestra familia desde los tiempos de la tala en los años 20. Estamos tan adentro del bosque que la cobertura del móvil desaparece kilómetros antes de llegar.

Vivimos fuera de la red—cultivamos nuestra comida, cortamos nuestra leña y tratamos nuestras dolencias. La abuela es herbolera, del tipo que la gente busca cuando los hospitales les parecen demasiado fríos y apresurados.

Aquel día, no esperaba a nadie. Estaba revisando las trampas junto al arroyo.

El bosque estaba inquietantemente silencioso. No en paz—en alerta. Hasta los pájaros habían desaparecido. Saqué mi navaja, todos mis instintos en vilo.

Olí el arroyo antes de verlo. Y entonces lo vi.

Un niño estaba sobre las rocas resbaladizas junto al agua, no más de diez años, completamente fuera de lugar. Llevaba un abrigo negro de diseñador que valía más que nuestro coche, y unos zapatos de cuerno arruinados hundidos en el barro del río. Su piel estaba pálida, el pelo pegado a la frente por el sudor frío.

Pero eran sus ojos.

Estaban abiertos de par en par, mirando hacia los árboles, vacíos. Como si alguien hubiera cortado la luz detrás de ellos.

“Eh”, llamé. “Niño, ¿me oyes?”

Nada.

Me acerqué, moví la mano frente a su cara. Ni un parpadeo. Su cuerpo temblaba sin control, los labios azules por el frío.

“Te estás congelando”, susurré.

Cuando toqué su mano, estaba helada. Escudriñé el bosque—ni padres, ni excursionistas, ni coches. Solo naturaleza.

“Vamos a casa”, dije. “Me llamo Lucía. Te voy a ayudar”.

Se estremeció violentamente, pero no se resistió. Tuve que guiarlo como un autómata, casi llevándolo en brazos los últimos metros cuesta arriba.

Cuando irrumpí en la cabaña, la abuela levantó la vista del fogón.

“Lucía—¿quién es ese?”

“Lo encontré junto al arroyo. Tiene hipotermia. Y abuela… creo que no puede ver”.

No hizo preguntas. “Sécale. Voy por las tinturas”.

Le quitamos la ropa empapada, absurdamente cara. Debajo, no era más que un niño delgado y tembloroso. Lo envolvimos en mantas de lana gruesa y lo sentamos junto al fuego.

La abuela le examinó los ojos a la luz de la lámpara. “Sus ojos funcionan”, dijo en voz baja. “Su mente los ha apagado. Ceguera por trauma”.

El escalofrío que me recorrió no tenía nada que ver con el frío.

Durante días, no habló. Solo comía si le daba caldo. Solo dormía si me quedaba cerca, tarareando viejas canciones.

Encontré un nombre bordado en el cuello de su abrigo: Adrián.

La cuarta noche, una tormenta azotó con fuerza. El viento aullaba alrededor de la cabaña.

Entonces Adrián gritó.

“¡NO! ¡NO MIRES! ¡MAMÁ, NO MIRES!”

Lo agarré antes de que pudiera hacerse daño. La abuela le acercó aceites calmantes bajo la nariz.

Se derrumbó contra mí, llorando. Y entonces—enfocó.

“El coche”, susurró. “Se salió de la carretera. Mamá dejó de gritar”.

No se había quedado ciego. Había visto demasiado.

Para el sexto día, ya comía estofado, ayudaba a apilar leña, tocaba todo como si fuera nuevo. Una vez se rio cuando el gato persiguió una polilla.

Sabíamos que tendríamos que avisar a las autoridades, pero la tormenta había dejado inservible el teléfono satelital y bloqueado los caminos.

Entonces llegaron los helicópteros.

Cuatro todoterrenos negros irrumpieron en el claro. Hombres de traje salieron de ellos. Seguridad privada.

La abuela salió al porche con la escopeta. “¡Propiedad privada!”

Un hombre alto avanzó—Alejandro Delgado. El mismo pelo oscuro que Adrián. La misma mandíbula afilada. Sus ojos eran fríos.

“Adrián”, ordenó.

Adrián se quedó inmóvil. La luz desapareció de nuevo.

“Es su padre”, dijo uno de los guardias.

“Se estaba congelando”, espeté. “Está traumatizado”.

“Necesita profesionales”, dijo Delgado con frialdad.

“Necesita amor”, gritó la abuela. “¡Vio morir a su madre!”

Por un instante, Delgado se quebró. LuegoEntonces, con el tiempo, aprendió a vivir entre los árboles, donde el silencio no era vacío, sino paz.

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