El encuentro inesperado que reveló la verdad y cambió un destino Una verdad que, aunque dolorosa, le permitió por fin encontrar paz y perdonar.

6 min de leitura

El viento de aquella tarde de domingo no era un viento cualquiera; traía consigo el filo gélido de la nostalgia, esas ráfagas que parecen murmurar al oído nombres que ya no se pronuncian. Para Javier, el camposanto no era un sitio de reposo, sino su única morada sentimental desde hacía exactamente trescientos sesenta y cinco días. Sus pisadas, lentas y arrastradas, crujían sobre la gravilla del sendero mientras se acercaba a la lápida de mármol gris en la que el nombre “Alejandro” relucía con una crueldad muda.

Un año. Había transcurrido un año entero desde que un conductor sin escrúpulos le había arrebatado a su hijo y hubiera huido entre la neblina, dejando atrás un cuerpecito sin vida y un padre destrozado. Javier depositó las flores azules —las preferidas de Álex— con la ternura de quien acaricia una herida aún abierta. Se arrodilló, notando cómo la humedad de la tierra traspasaba el tejido de sus pantalones, y cerró los ojos. En su mente, la imagen de Alejandro riendo a la puerta del colegio se repetía sin cesar, una película dolorosa que no podía dejar de proyectar. “Perdóname, hijo”, murmuró con la voz quebrada por un llanto sin lágrimas. “Tendría que haber llegado antes. Tendría que haberte protegido”.

El silencio del cementerio solo lo quebraba el quejido lejano del viento entre los cipreses. Javier acarició la fotografía incrustada en la piedra: Alejandro sonriente, con el pelo alborotado y aquella camiseta de rayas rojas, azules y amarillas que tanto le gustaba. Ese pedacito de porcelana era todo lo que le quedaba. O eso creía.

Un crujido de ramas a su espalda le hizo volver la cabeza, esperando encontrar al anciano cuidador. Pero no era él. A unos pasos de distancia, un niño lo observaba. Era delgado, de piel morena curtida por el sol y vestía ropas demasiado holgadas. Sus ojos, grandes y oscuros, tenían esa mezcla de timidez y madurez precoz que solo poseen los chavales que han crecido deprisa en la calle.

—Buenas tardes, señor —dijo el niño, con una voz apenas un susurro.

Javier se secó rápidamente los ojos, molesto por la intromisión. —Hola. ¿Andas perdido, chico? ¿Buscas a tus padres?

El niño negó con la cabeza lentamente, sin apartar la mirada de la tumba y después de Javier. Dio un paso adelante, vacilante, como quien pisa sobre hielo quebradizo. —No, señor. Vengo a ver a mis padres, están enterrados más allá… Pero al pasar por aquí lo he visto a usted.

Javier asintió, intentando mostrarse amable a pesar de su pena. —Está bien que los visites. Yo vengo a ver a mi hijo. —Lo sé —interrumpió el niño con una tranquilidad desconcertante—. Solo quería decirle algo… Su hijo me regaló esta camiseta ayer.

El tiempo se paró. El corazón de Javier dejó de latir un instante y después arrancó con furia, golpeándole las costillas. Se levantó tambaleándose, con los ojos desorbitados. —¿Qué has dicho? —preguntó, con un tono entre la rabia y la incredulidad—. Mi hijo murió hace un año. ¿Te parece gracioso bromear con esto? ¡Lárgate de aquí!

El niño retrocedió asustado, pero no huyó. Se llevó las manos al pecho, agarrándo la tela de su propia ropa. —No es broma, señor. Se lo juro. Ayer estábamos jugando al fútbol cerca de las vías del tren. Él me la dio. Dijo que me traería suerte porque yo tiritaba de frío. Mire…

El chico señaló su hombro. Javier enfocó la vista, luchando contra el vértigo. La camiseta era de rayas rojas, azules y amarillas. Pero lo que le heló la sangre no fueron los colores, sino el descosido en la costura del hombro izquierdo. El mismo desgarro que Alejandro se había hecho al trepar a un árbol dos días antes del siniestro. El mismo que aparecía en la foto de la lápida.

Javier cayó de rodillas de nuevo, pero esta vez no por el dolor, sino por el peso de una imposibilidad que se le venía encima. —No puede ser… —balbuceó, tocando la tela de la camiseta del niño. Era real. Olía a polvo y a calle, pero era la camiseta de su hijo—. ¿Dónde? ¿Dónde lo viste?

—En una casa amarilla —respondió el niño, que se llamaba Diego—. Cerca de las vías abandonadas. Vive ahí. Lo vi asomado a la ventana.

La mente de Javier era un remolino. La lógica le gritaba que era imposible, que había enterrado a su hijo, que había llorado ante un féretro cerrado porque el accidente había sido… “demasiado impactante para verlo”, según los médicos. Pero el instinto, ese fuego visceral que solo conoce un padre, se encendió con una violencia aterradora.

—Llévame —ordenó Javier, poniéndose en pie con una energía que no sentía desde hacía doce meses—. Llévame a esa casa ahora mismo.

Diego asintió, asustado pero decidido. Javier miró por última vez la tumba fría y silenciosa, y después al horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un rojo intenso. Algo en su interior le decía que esa noche no acabaría en llanto, sino en verdad. No sabía qué hallaría en esa casa amarilla, pero notaba en los huesos que estaba a punto de desenterrar un infierno para recobrar su cielo.

El trayecto hacia las afueras de la ciudad fue un viaje a través de la angustia pura. Javier seguía a Diego por callejuelas estrechas y barrios abandonados, donde las fachadas de las casas se desconchaban y el alumbrado público parpadeaba como ojos exhaustos. Cada paso aumentaba la taquicardia de Javier. ¿Y si el niño mentía? ¿Y si era un equívoco cruel? Pero la camiseta… la camiseta era la prueba irrefutable que le quemaba en la retina.

—Es esa —señaló Diego, deteniéndose de repente tras un contenedor de basura.

Frente a ellos, aislada del resto de las edificaciones por un solar yermo, se alzaba una casa de un amarillo desvaído. Las ventanas tenían rejas de hierro forjado y las cortinas estaban corridas, dándole un aire de fortaleza inexpugnable. El viento mecía un columpio oxidado en el porche, produciendo un chirrido metálico que erizaba la piel.

—Lo vi en esa ventana de la derecha —susurró Diego.

Javier no esperó. Cruzó la calle con zancadas largas, ignorando la prudencia. Llegó a la verja oxidada y miró hacia el interior. El jardín estaba descuidado, pero había juguetes esparcidos. Un camión de plástico, un balón deshinchado… y un cochecito rojo. Javier sintió que el aire le faltaba en los pulmones. A ese cochecito rojo le faltaba una rueda trasera; él mismo se lo había comprado a Alejandro.

Se aferró a los barrotes, con las manos temblorosas. —¡Alejandro! —gritó, su voz quebrando el silencio de la tarde.

Nadie respondió. —¡Alejandro, soy papá!

De pronto, la cortina de la ventana que había indicado Diego se movió ligeramente. Una carita pequeña, pálida y con el cabello desordenado, asomó por un instante. Los ojos de Javier se encontraron con los del niño. El mundo se paró. No era un fantasma. No era un recuerdo. Era él. Su hijo estaba allí, tras un cristal sucio, mirándolo con desconfianza y temor.

—¡Hijo! —Javier intentó escalar la verja, desEl conductor del coche que había fingido el accidente trabajaba para ellos, y fue su confesión bajo custodia la que condujo a los arrestos y devolvió a otros tres niños desaparecidos a sus familias.

Leave a Comment