El dolor que nadie vio hasta que llegaron los moteros

4 min de leitura

El pueblo de Valdelozoya, en la sierra de Madrid, se enorgullecía de dos cosas: su imponente vista de la Sierra de Guadarrama, con sus nevados picos, y la rectitud moral de sus habitantes. El cartel a la entrada del pueblo, pintado con letras alegres, rezaba: *«Valdelozoya: un lugar honesto para crecer»*. Los domingos, la blanca torre de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, dirigida por el afable Padre David Alonso, era el centro del universo. Entre semana, el alcalde González daba audiencia en el Bar La Cantina, con su taza de café siempre en la mano.

Era un pueblo construido sobre apariencias. La gente se saludaba. Donaban a la rifa anual. Y murmuraban con tono compungido sobre «los menos afortunados»—que en Valdelozoya era un eufemismo para Lucía y su hija Martina, quienes vivían en el polígono de Las Cumbres, en las afueras.

Lucía era la tragedia designada del pueblo, una mujer devorada por la crisis de opiáceos que había arrasado como un incendio por la España rural. Pero Martina, de nueve años, era la consecuencia viva y palpable.

Martina sufría de displasia de cadera severa y sin tratar. Lo que en su infancia podría haberse corregido con un simple arnés se había convertido, tras años de negligencia, en una deformidad devastadora. Su pierna izquierda oscilaba sin control al caminar, y la articulación derecha rozaba hueso contra hueso. Cada paso era un suplicio, un vaivén torpe que la llenaba de vergüenza.

Los «buenos vecinos» de Valdelozoya la veían. La veían cojear al bajar del autobús escolar destartalado. La veían esforzarse por seguir a los demás niños, que hacía tiempo habían aprendido a excluirla de sus juegos.

Doña Carmen, dueña de la tienda de ultramarinos, observaba a Martina avanzar penosamente por el pasillo, sus manitas aferrando unos vales de comida, y suspiraba: *«Qué pena»*, musitaba al siguiente cliente. *«La pobrecilla… Igual que su madre»*.

El Padre Alonso había visitado la casa móvil una vez. Dejó una Biblia y un folleto de rehabilitación sobre la mesa manchada de Lucía, esquivando con cuidado la basura del suelo. Le dio una palmadita en la cabeza a Martina, apartó la mirada del ángulo antinatural de sus piernas y dijo: *«Rezamos por ti, pequeña»*.

Pero las oraciones no aliviaban el dolor en su cadera. La lástima no detenía el roce desgarrador. El pueblo la había dado por perdida, una triste historia para conmover a la hora del café, pero no un problema por resolver. Era «poblado chabola», y en Valdelozoya, algunos dramas se consideraban más allá de la redención.

Un miércoles gélido de octubre, con el viento anticipando el invierno, Martina tenía una misión. Su madre estaba «enferma»—esa palidez temblorosa que la dejaba llorando o gritando. Pero se habían quedado sin refrescos, y Lucía había chillado hasta que Martina encontró cinco euros arrugados en el fondo de un bolso.

Desde Las Cumbres hasta la gasolinera del pueblo había un kilómetro. Para Martina, era una peregrinación agonizante. Cada paso le clavaba un dolor ardiente desde la cadera hasta la rodilla. Caminaba por el arcén, la cabeza gacha, la chaquetilla fina subida hasta la nariz. Parecía un pajarillo maltrecho arrastrando un ala.

Entró, la campanilla de la puerta sonó. El dependiente, un adolescente, ni siquiera levantó la vista del móvil. Martina cogió una lata de refresco de la nevera. Tenía las manos entumecidas por el frío. Al llegar al mostrador, el bote resbaló de sus dedos.

Cayó al suelo de linóleo y rodó.

Martina lo miró, los ojos inundados de lágrimas de frustración. Era solo un refresco, pero en ese momento, era un obstáculo insalvable. Agacharse significaba cambiar el peso, y eso era fuego en la cadera. Intentó flexionar las rodillas, pero un chasquido seco en la articulación la hizo gritar de dolor.

Era solo una niña, llorando en mitad de una gasolinera, incapaz de recoger una lata.

La campanilla volvió a sonar, esta vez dejando entrar una ráfaga de aire frío y el olor a cuero, gasolina y carretera.

El dependiente alzó la vista, los ojosSe giró y vio a un grupo de hombres con chaquetas de cuero y parches que decían *«Los Hijos del Olvido»*, y en ese instante, supo que la vida de Martina estaba a punto de cambiar para siempre.

Leave a Comment