El día que el imposible se hizo posible Y desde entonces, cada paso que daba era un recordatorio de que la esperanza es el juguete más valioso, el que nunca se rompe.

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En un sueño tan vívido como extraño, don Ignacio Castelló se convencía a sí mismo de que la firma al pie de un talón bancario podía deshacer cualquier mal del universo. Poseía fábricas, fincas y un apellido que abría todas las puertas de la península. Sin embargo, existía una cerradura que ningún millón de euros lograba forzar: la salud de su hijo pequeño, Adrián.

Dos años atrás, el diagnóstico cayó sobre la casona de los Castelló como una condena sin apelación. Una afección muscular poco común. Esas fueron las palabras. Desde entonces, la vida del pequeño Adrián, de apenas tres años, se había trocado en un desfile infinito de batas blancas, salas de espera con olor a lejía, aparatos importados de Suiza y terapeutas de rostro adusto que mencionaban “limitaciones” y “calidad de vida”, mas nunca jamás “esperanza”.

La madre del niño, Leonor, no pudo soportar el peso. Anhelaba un hijo de catálogo, no un crío que requiriera atención constante. Un día, sin más, hizo el equipaje y se marchó, abandonando a Ignacio con su imperio y su hijo quebrantado. Ignacio, herido y desesperado, juró volcar cada céntimo en sanar a Adrián. Transformó su hogar en una clínica aséptica. Proscribió el polvo, prohibió el riesgo y, sin querer, vedó la niñez.

Aquel martes por la tarde llovía a cántaros, como si el cielo llorase con la casa. Ignacio se hallaba en una videollamada crucial cuando la niñera irrumpió en el estudio, pálida como la cera.

—Señor… Adrián no aparece.

El mundo se paró. Ignacio salió disparado. Corrió por el jardín gritando el nombre de su vástago, sin importarle que la lluvia calara su traje italiano de tres mil euros. La verja principal estaba entreabierta. El pánico le cerró el gaznate. Corrió calle abajo, imaginando lo peor, imaginando secuestros, desgracias, fatalidades.

Mas lo que vio al doblar la esquina le dejó de una pieza.

Allí, en la acera, se extendía un gran charco de fango oscuro y espeso. Y en medio de aquella inmundicia, estaba Adrián. Pero no lloraba. No parecía asustado. Adrián, el niño que vivía entre algodones y fisioterapias dolorosas, reía a mandíbula batiente. Una risa limpia, cristalina, que Ignacio no recordaba haber escuchado jamás.

A su lado, un chiquillo desconocido, descalzo y con ropas raídas, lo sostenía con una delicadeza que contrastaba con la porquería de sus manos.

—¡¿Qué haces con mi hijo?! —rugió Ignacio, el miedo transmutado al instante en cólera.

El chico pobre ni se inmutó. Tendría unos ocho años, melena revuelta y unos ojos oscuros que destilaban una calma ajena a su edad.

—Solo estamos jugando, señor —respondió con sencillez, al tiempo que limpiaba un poco de lodo del carrillo de Adrián.

—¡Apártate de él! —Ignacio avanzó para recoger a su hijo—. ¡Él no puede estar aquí! ¡Está enfermo!

Fue entonces cuando sucedió. Ignacio extendió los brazos para “rescatar” a Adrián, pero el pequeño lo rechazó. Adrián no quería brazos. Adrián apoyaba sus manitas en el légamo, tensando los músculos de sus piernas atrofiadas, tratando de empujarse.

—Quiere levantarse solo, señor —dijo el chico pobre, suavemente—. Déjele. Él puede.

—¡Tú no sabes nada! —gritó Ignacio—. ¡Los especialistas dicen que no tiene fuerza!

—Los especialistas no saben lo que él desea. Él me vio desde la ventana y quiso venir a jugar. La fuerza no viene solo de los músculos, señor. Viene de las ganas.

Ignacio enmudeció. Miró a su hijo. Adrián tenía la cara embadurnada, la ropa estropeada, pero sus ojos verdes relucían con una intensidad desconocida. Por vez primera en dos años, Adrián no era un paciente. Era un niño. Y hacía fuerza. Luchaba contra su propio cuerpo, no porque un terapeuta se lo ordenase, sino porque anhelaba alcanzar la pelota de trapo que el otro niño sostenía.

En ese instante, bajo el aguacero, Ignacio sintió que todas sus certezas se desmoronaban. Miró al chico de la calle, Javier, y luego a su hijo. Algo en su interior, una corazonada paterna que había permanecido dormida bajo capas de preocupación médica, le gritó que estaba a punto de errar si interrumpía aquel momento. Pero el miedo era poderoso. El miedo le decía que Adrián caería enfermo, que se haría daño. Ignacio estaba atrapado entre la protección y la vida, temblando no por el frío, sino por la decisión que debía tomar en un instante.

—Solo cinco minutos —susurró Ignacio, con la voz quebrada, sintiendo que traicionaba todos los protocolos médicos—. Tienes cinco minutos.

Javier sonrió, una sonrisa que iluminó la tarde gris, y volvió a centrarse en Adrián.

—Vamos, Adrián. Tú puedes. Mira la pelota. ¡Atrápala!

Adrián extendió los brazos hacia la pelota de trapo que Javier sostenía unos pasos más allá. El barro le cubría las manos, y sus rodillas temblaban bajo el peso de su propio cuerpo. Ignacio contenía la respiración, cada músculo en tensión, presto a lanzarse si su hijo caía.

La lluvia azotaba el asfalto con saña, como si el mundo entero contuviese el aliento.

—Vamos… —musitó Javier—. Solo un poquito más.

Adrián hizo un esfuerzo. Sus piernas, enclenques y delgadas, se estremecieron. Durante dos años, todos habían movido su cuerpo por él: terapeutas, enfermeras, máquinas. Nunca se le había permitido intentarlo por sí mismo sin supervisión, sin correcciones, sin miedo.

Pero ahora no había especialistas. No había protocolos. Solo un niño y su afán de jugar.

Adrián alzó el torso unos centímetros.

Luego volvió a caer en el fango.

Ignacio dio un paso al frente, pero Javier alzó la mano.

—Está bien. Déjele que lo intente otra vez.

—¡Se va a hacer daño! —refunfuñó Ignacio.

—Ya le duele, señor. Lo que quiere es jugar.

Las palabras golpearon a Ignacio con una claridad brutal.

Adrián respiraba agitado, pero no lloraba. Miraba la pelota como si fuese un tesoro inalcanzable. Sus deditos se hundieron de nuevo en el légamo. Empujó con todas sus fuerzas.

Sus rodillas se elevaron.

Su cuerpo vibraba.

Javier retrocedió apenas un paso más, alzando la pelota.

—¡Ven por ella!

Adrián gruñó, un sonido pequeño, animal, nacido del puro esfuerzo. Y entonces ocurrió.

Sus piernas se estiraron.

Por un segundo, solo uno, Adrián se mantuvo de pie.

Ignacio sintió que el corazón se le paraba.

Adrián estaba en pie.

Inestable. Tembloroso. Sucio. Mojado.

Pero en pie.

Los ojos de Ignacio se anegaron de lágrimas antes de que pudiera impedirlo.

—Adrián… —susurró.

El niño soltó una risa victoriosa y dio un paso torpe hacia adelante.

Luego otro.

Y cayó de sentón en el barro, sorprendido, pero riendo aún con más ganas.

Ignacio corrió hacia él y lo abrazó, sin importarle el lodo, la lluvia ni su traje arruinado.

Adrián no lloraba. Reía. Chapoteaba en el charco con las manos, orgulloso.

Javier se acercó y le entregó la pelota.

Adrián laLa abrazó como si con ella hubiese ganado el mundo entero.

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