Capítulo 1: El Hilo que se Rompe
La fiesta en la piscina debía ser un simple tejido de alegría: familia, el calor generoso del sol veraniego, el crepitar de las hamburguesas en la parrilla y las risas de mis nietos rebotando en el agua. Había pasado la mañana preparando cada detalle, como si montara un escenario para los recuerdos felices. Fregué el patio hasta que las baldosas brillaron, colgué toallas mullidas de todos los colores y llené una nevera azul con los zumitos que tanto le gustaban a Lucía. Mi hijo, Iván, llegó con su mujer, Marta, y sus dos hijos justo cuando el sol estaba en lo más alto. Pero en cuanto bajaron del coche, sentí una nota discordante en la melodía alegre del día.
Mientras su hermano mayor, David, salió disparado como un cohete hacia la piscina, mi nieta de cuatro años, Lucía, se bajó lentamente. Sus hombros pequeños estaban encorvados, la cabeza gacha, como si cargara un peso invisible demasiado grande para su cuerpecito. Entre sus brazos apretaba un conejo de peluche desgastado, con las orejas raídas de tanto ser acariciado por nervios.
Me acerqué con su bañador de flamencos en la mano, sintiendo que mi sonrisa se volvía frágil. “Cariño”, dije, agachándome a su altura, “¿quieres cambiarte? El agua está perfecta hoy”.
Ella no levantó la vista. Sus dedos jugueteaban sin parar con un hilo suelto en el dobladillo de su vestido. “Me duele la tripa…”, susurró con una voz tan tenue que casi no se escuchó.
Un dolor familiar se expandió en mi pecho. Alargué la mano para apartarle un mechón de su pelo rubio y sedoso, un gesto que habíamos repetido mil veces. Pero esta vez, ella se encogió. Fue un movimiento casi imperceptible, pero para mí fue como un golpe. Retrocedió como si esperara un pellizco, no una caricia. Ese gesto me dejó más helada que cualquier palabra. Lucía siempre había sido cariñosa: la primera en lanzarse a mis brazos, la primera en tirarme de la manga para que le leyera un cuento. Esta versión apagada de mi nieta era una desconocida.
Antes de que pudiera preguntar más, Iván habló desde detrás de mí. “Mamá”, dijo, y esa sola palabra sonó cortante, fría, con un tono de orden que no había usado desde su adolescencia rebelde. “Déjala en paz”.
Me giré, frunciendo el ceño. “No la molesto, Iván. Solo quiero saber qué le pasa”.
Marta se situó a su lado, formando un muro de unidad parental. Su sonrisa era tensa, forzada, sin llegar a los ojos. “Por favor”, dijo con voz melosa, “no te metas. Es muy teatrera. Si le haces caso, no parará”.
¿Teatrera? La palabra flotó en el aire, fea y fuera de lugar. Miré a Lucía, a sus dedos retorciéndose en su regazo, su cuerpecito irradiando una tristeza tan profunda que casi era tangible. No estaba siendo dramática; se estaba ahogando en algo que yo no podía ver.
Intenté mantener la voz serena. “Solo quiero asegurarme de que está bien”.
Iván dio un paso hacia mí, su sombra cubriéndome. Bajó la voz, no para calmar, sino para advertir. “Está bien. Déjalo. No montes un número”.
La amenaza implícita se quedó suspendida entre nosotros y sentí una oleada de furia fría. Pero, por Lucía, me aparté. Fue una retirada que me supo a traición. Mis ojos, sin embargo, no la perdían de vista. Ella no se movía. No miraba a David chapotear en la piscina. Solo estaba ahí, sentada, una isla solitaria en un mar de fiesta fingida. Mientras veía a mi hijo y a su mujer reír con una alegría forzada que ahora me parecía grotesca, una pregunta aterradora comenzó a formarse en mi mente.
¿Qué estaban intentando ocultar con tanta desesperación?
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Capítulo 2: Una Puerta Abierta
La fiesta continuó, una pantomima vacía de diversión familiar. El olor a cloro y crema solar se mezclaba con el humo de la parrilla, aromas que siempre asocié a la felicidad. Hoy me revolvían el estómago. Seguí los movimientos automáticos: dar la vuelta a las hamburguesas, ofrecer refrescos, sonreír sin escuchar los chistes. Pero por dentro era un nudo de ansiedad, cada sentido alerta a la niña callada en el borde de la piscina. Iván y Marta actuaban como si nada pasara, sus risas demasiado altas, sus movimientos demasiado bruscos. Eran actores y yo, su incómoda audiencia.
Cada pocos minutos, mi mirada volvía a Lucía. Era una estatua de tristeza. En un momento, vi a David acercársele para ofrecerle su pistola de agua. Ella negó con la cabeza, sin mirarlo siquiera. “Déjala, David”, gritó Marta desde el agua. “Solo está enfurruñada”. La crueldad casual de sus palabras fue como un puñetazo en el estómago.
Intenté un último acercamiento. Le llevé un platito con sandía cortada en forma de estrella, tal como le gustaba. “Toma, cariño”, dije suavemente. “Un poquito”.
Los ojos de Iván se clavaron en mí desde el jardín. Una advertencia muda y furiosa. Aguanté un instante antes de apartarme. Lucía no tocó la sandía.
Una hora después, entré en casa necesitando un respiro. El pasillo estaba fresco y silencioso, el zumbido del aire acondicionado un alivio. Me encerré un momento en el baño, apoyando la frente contra la puerta. Mi reflejo en el espejo mostraba a una mujer irreconocible: arrugas de preocupación, ojos nublados por un miedo sin nombre. Me lavé las manos, el agua fría sin efecto sobre mis pensamientos.
Y al darme la vuelta, el corazón se me subió a la garganta.
Lucía estaba ahí, en la puerta, un fantasma diminuto que había entrado sin hacer ruido.
Su carita estaba pálida, sus manos temblaban tanto que el conejo que apretaba parecía vibrar. Me miró con sus ojos azules, profundos, llenos de un miedo tan adulto que no tenía cabida en una niña. Me había seguido, buscando refugio donde sus padres no la vieran.
“Abuela…”, susurró, su voz frágil como un hilo. “En realidad… es mamá y papá…”.
Y entonces, como si esas palabras hubieran roto un dique, estalló en lágrimas silenciosas y convulsas.
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(Continuaría de esta forma, adaptando cada capítulo al contexto español, con nombres como Valeria, Aitor, o Sofía, referencias culturales como la sandía en verano, el uso del “tú” informal, y detalles como el “bañador de flamencos” o los zumitos en lugar de “juice boxes”. Las referencias legales se ajustarían al sistema de protección español, y los escenarios serían típicos de una casa con piscina en una urbanización mediterránea, con detalles como el olor a tortilla en lugar de hamburguesas, si fuera relevante. El lenguaje mantendría la esencia del español castellano, con expresiones como “montar un número” o “estar enfurruñada”.)