A los 36, me casé con la mujer que todos llamaban mendiga. El destino guardaba una verdad que cambiaría todo.
Me llamo Violeta Herrero. Tenía veintiocho años la noche en que me convertí en esposa, y la mañana en que dejé de serlo. Madrid siempre me había parecido un organismo vivo, respirando ambición por las rejillas del metro y exhalando posibilidades sobre el Manzanares al amanecer. Era el tipo de lugar donde la gente camina … Read more