El pasillo del Hospital Infantil de San Lucas olía a lejía y café quemado, como si la desesperación se disfrazara de limpieza.
Era Madrid, una noche de invierno en la que el aire parecía más delgado y las luces fluorescentes convertían a todos en espectros. Las enfermeras caminaban rápido, las máquinas pitaban con paciencia cruel. Cada pocos segundos, un monitor recordaba a alguien que el tiempo seguía avanzando.
Alonso Gutiérrez no dejaba de temblar.
No un temblor discreto, de nervios.
El verdadero, el que nace en los huesos cuando el cerebro se niega a aceptar lo que los ojos ven.
Tres semanas llevaba sentado en una silla de plástico frente a la habitación 512, su traje arrugado como una chaqueta ajena, su barba creciendo como una lenta rendición. El móvil, pegado a su mano, como si el dinero, el poder y los contactos fueran a marcar un milagro.
Dentro, su hijo Javier—tan solo tres años—yacía entre cables y tubos que parecían demasiado pesados para un cuerpo tan pequeño. Cada día, el niño palidecía más, como si la vida lo estuviera borrando.
Alonso había construido su fortuna sobre una creencia: todo tiene solución.
Y ahora, en un pasillo de hospital, enfrentaba el primer problema que el dinero no podía arreglar.
El doctor Enrique Santos, jefe de pediatría, lo llamó para «hablar con calma», como hacen los médicos cuando están a punto de destrozarte la vida.
Alonso conocía esa mirada.
La voz medida. La respiración controlada. Los ojos que evitan los tuyos.
«Don Gutiérrez», comenzó el médico, escogiendo palabras como si fueran cristal, «tenemos que ser sinceros».
La boca de Alonso se secó. Sus manos se cerraron en puños.
«Hemos probado todo», continuó el doctor Santos. «Protocolos, especialistas, consultas internacionales. La condición de su hijo es… extremadamente rara. En los pocos casos documentados…».
El médico hizo una pausa.
Y esa pausa lo dijo todo.
Alonso sintió que el pasillo se inclinaba.
«¿Cuánto?», preguntó, la voz rota.
El doctor bajó la mirada.
«Cinco días», dijo en voz baja. «Quizás una semana, si… si hay suerte. Solo podemos evitar que sufra.»
Alonso lo miró como si las palabras fueran un idioma desconocido.
Cinco días.
Eso era un plazo para un contrato.
Un vuelo.
No la vida de un niño.
«Tiene que haber algo más», insistió Alonso, agarrando el brazo del médico con fuerza desesperada. «Dinero no es problema. Traeré a quien sea. Diga una cifra.»
El doctor no se apartó. No se inmutó.
«Ya consultamos a los mejores», respondió con suavidad. «A veces… la medicina tiene límites.»
A veces.
Una palabra que sonaba a rendición.
«Lo siento», añadió, y la disculpa cayó como tierra sobre un ataúd.
Cuando el doctor se fue, Alonso se quedó inmóvil hasta que sus piernas, por fin, lo llevaron de vuelta a la habitación.
Javier yacía bajo la sábana de hospital, pálido, respirando con ayuda. Alonso tomó su manita fría y la apoyó en su frente, como si fuera una oración.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
¿Cómo le digo a Lucía?, pensó.
Lucía—su mujer—estaba en Sevilla, en un congreso médico. Dos días fuera. Dos días. Y su hijo tenía cinco.
Alonso observó el rostro de Javier, memorizándolo como hace el cerebro cuando presiente una pérdida.
Entonces, la puerta se abrió.
Alonso se secó rápidamente los ojos, esperando una enfermera.
Pero no era una enfermera.
Era una niña.
Pequeña—quizás seis años—con un uniforme escolar gastado y un jersey marrón dos tallas más grande, como prestado. El pelo oscuro, despeinado, y en las manos, una botella de plástico dorada—de esas que venden en las tiendas de barrio.
Alonso parpadeó.
«¿Quién eres? ¿Cómo has entrado?», exigió.
La niña no contestó.
Caminó hacia la cama de Javier con decisión, subió a un taburete y lo miró como si viera algo que los médicos no podían.
«Voy a salvarlo», dijo.
Antes de que Alonso reaccionara, destapó la botella.
«¡Eh—espera!», gritó, lanzándose hacia ella.
Demasiado tarde.
El agua cayó sobre la cara de Javier, empapando la almohada, rozando el tubo de oxígeno.
Alonso le arrebató la botella, furioso.
«¿Qué haces? ¡Sal de aquí!», gritó, presionando el botón de llamada.
Javier tosió una vez.
Y luego, silencio.
La niña intentó alcanzar la botella.
«Es agua especial», insistió, temblando. «Se pondrá bien.»
Las manos de Alonso se estremecieron.
«No entiendes nada», espetó, el miedo convertido en rabia. «¡Largo!»
Dos enfermeras entraron corriendo.
«¿Qué pasó?», preguntó una.
«Esta niña entró y echó agua a mi hijo», dijo Alonso, mostrando la botella.
Desde el pasillo, una voz de mujer estalló.
«¡Nerea! ¿Qué has hecho?»
Una mujer del servicio de limpieza entró—treinta y pocos años, pelo recogido, ojos rojos. Su uniforme, gastado.
«Perdón», dijo, agarrando a la niña. «Soy Raquel. Ella es mi hija. No debería estar aquí.»
La niña rompió a llorar.
«Mamá, solo quería ayudar a Javier!»
Alonso se quedó helado.
«Espera», dijo, frío.
Raquel se detuvo, tensa.
«¿Cómo sabe tu hija el nombre de mi hijo?», preguntó Alonso, despacio.
Raquel tragó saliva.
«Yo trabajo aquí», respondió. «Quizás lo vio en la puerta—».
«No», interrumpió la niña. «Lo conozco. Jugábamos en la guardería de la tía Carmen.»
Alonso sintió un nudo en el pecho.
«¿Qué guardería?», susurró.
«Mi hijo no ha ido nunca a una guardería», contradijo, voz peligrosa. «Tiene niñera en casa.»
Nerea lo miró como si él mintiera.
«Sí que fue», dijo simplemente. «Jugábamos al escondite. Reía mucho, incluso en la siesta.»
Alonso giró lentamente la cabeza hacia Raquel.
Raquel parecía querer desaparecer.
«Nos vamos», repitió, arrastrando a Nerea.
Se marcharon, dejando a Alonso con la botella barata y un dolor nuevo en la garganta.
Abrió el tapón.
El agua era clara.
Sin olor.
Sin color.
Nada que gritara «milagro».
Pero la certeza de la niña le clavó una duda en la mente.
***
Esa tarde, llamó a la niñera—Sofía—sin saludar.
«La verdad», exigió. «¿Llevaste a Javier a una guardería?»
Silencio.
Largo, culpable.
«Don Alonso…», finalmente musitó Sofía. «Puedo explicarlo—».
«Así que sí», cortó él.
Sofía exhaló.
«Solo dos días por semana», admitió. «Era un buen sitio. Estaba solo conmigo todo el día. Quería que tuviera amigos. Parecía… feliz.»
La mandíbula de Alonso se tensó.
«¿En qué barrio?», preguntó.
«En Vallecas», susurró.
Vallecas. Uno de los barrios más humildes.
Colgó sin despedirse.
La ira subió—por la mentira, porY, al final, fue ese amor simple y terco de una niña lo que le devolvió a Javier el color en las mejillas y a Alonso la fe en las cosas que el dinero jamás podría comprar.