El aire en la planta treinta y cinco de la torre Durán & Asociados no fluía; se mantenía inmóvil, denso con aroma a cera de suelo, tabaco de calidad y el ozono del aire acondicionado de alta gama. Afuera, tras los ventanales de cristal, Madrid se extendía en un mosaico neblinoso de castaños en flor y avenidas inundadas de tráfico; pero dentro, el mundo permanecía en silencio, apagado por el espeso aislamiento acústico del triunfo.
Laura Martínez sentía ese silencio presionándole los tímpanos. Alisó la tela de su falda negra —una mezcla barata de poliéster que se sentía falsa contra el mármol italiano del recibidor— y ajustó la correa de su bolso. La voz de su madre, fina y rasposa por la tos que nunca la abandonaba del todo, resonaba en su cabeza: La cabeza alta, Laura. Mereces estar en esas salas tanto como cualquier otro. Solo procura que no te vean dudar.
Pero Laura parpadeaba con rapidez, el corazón como un pájaro frenético enjaulado entre sus costillas.
—Don Javier la espera —dijo Carmen, bajando la voz hasta convertirla en un susurro confidencial. Carmen tenía la mirada cansada y sabia de una mujer que había visto a hombres poderosos caer y levantarse durante décadas. Se inclinó hacia ella, y su perfume —algo intenso y floral— invadió los sentidos de Laura—. Un consejo, cielo. No soporta las repeticiones. Si lo dice una vez, es ley. Y pase lo que pase, no mires los objetos de su escritorio. Considera la curiosidad una falta de profesionalidad.
Laura asintió, con la garganta demasiado seca para responder. Siguió a Carmen hacia las pesadas puertas de caoba al final del pasillo. Cada taconeo era una cuenta atrás. Aquel trabajo era el salvavidas. Eran los inhaladores, los especialistas, el alquiler del piso que se caía a pedazos en Lavapiés y la posibilidad de dejar de revisar la cuenta bancaria con un miedo constante.
Las puertas se abrieron con un ligero siseo neumático.
La oficina era una catedral de negocios. Bañada de luz y aterradoramente espaciosa, olía a papel antiguo y a cítricos. Javier Durán estaba sentado tras un escritorio tallado en una sola pieza de roble oscuro. A sus cincuenta y tres años, llevaba la edad como una armadura: las sienes plateadas, la mandíbula cincelada como granito y un traje tan perfectamente cortado que parecía una segunda piel. No levantó la mirada cuando ella entró. Firmaba un montón de documentos; el rasguido de su pluma estilográfica era el único sonido en la estancia.
—Siéntese, señorita Martínez —dijo. Su voz era un barítono grave que resonó en el pecho de Laura.
Ella se sentó al borde de una silla de piel que valía más que el entierro de su padre. Observó su mano: el movimiento firme y rítmico de un hombre acostumbrado a cambiar destinos con un trazo de tinta.
—Sus referencias académicas están… sobrecualificadas para un puesto de secretaria —dijo Javier al fin, tapando la pluma y alzando la vista.
Sus ojos no eran castaños y fieros como Laura había imaginado en un litigante. Eran de un gris metálico inquietante, velados por un cansancio antiguo y profundo. Por un instante fugaz, cuando sus miradas se cruzaron, su mano vaciló. La pluma resbaló apenas sobre el papel. El aire pareció enrarecer, dejándola mareada.
—Aprendo rápido, señor —consiguió decir—. Y soy discreta.
—La discreción es la moneda de cambio aquí —respondió él, recostándose. El sol captó el brillo plateado de su reloj—. No me interesan las charlas banales, y mucho menos las excusas. Usted llevará mi agenda, filtrará mis llamadas y se asegurará de que, cuando yo esté en esta sala, el resto del mundo desaparezca. ¿Entendido?
—Perfectamente.
Él comenzó a enumerar instrucciones —números de expediente, nombres de clientes, la temperatura exacta a la que quería su café—, pero la atención de Laura empezó a dividirse. Sus ojos, traicionando la advertencia de Carmen, se desviaron hacia un rincón del escritorio.
Allí, junto a un pisapapeles de cristal pesado, había un marco plateado. Estaba ligeramente deslustrado en los bordes, fuera de lugar en una habitación donde todo lo demás brillaba como un espejo.
La respiración de Laura se cortó.
La imagen era sepia, con los bordes desteñidos, pero la figura era inconfundible. Una niña de unos cuatro años, de pie en un claro soleado, vestida con un traje blanco de encaje ligeramente torcido, sosteniendo un girasol enorme que le tapaba medio rostro.
Laura conocía aquel vestido. Conocía cómo el encaje le raspaba el cuello. Conocía el peso exacto de aquel girasol. Y conocía la pequeña mancha marrón en la esquina inferior derecha de la foto, donde su madre había derramado una gota de café con leche veinte años atrás.
Era ella.
No alguien parecido. No un juego de luces. Era la fotografía que descansaba sobre la mesilla de noche de su madre, en un marco de plástico agrietado.
La habitación comenzó a tambalearse. El rugido de la ciudad pareció atravesar el cristal. La voz de Javier se convirtió en un murmullo lejano.
—¿Señorita Martínez?
El tono cortante la sacó del trance. Se dio cuenta de que estaba de pie. No recordaba haberse levantado. Su mano estaba extendida, el dedo tembloroso apuntando al marco plateado.
—¿De dónde…? —su voz se quebró—. ¿De dónde ha sacado eso?
El rostro de Javier se transformó. La máscara profesional no se deslizó; se hizo trizas. Su bronceado se volviro pálido. Miró la foto y luego a Laura, escudriñando sus rasgos con un hambre desesperada que le dio ganas de echarse atrás.
—Es solo un adorno —dijo, pero su voz carecía de autoridad. Cubrió el marco con la mano temblorosa—. Decoración de la empresa.
—Es mentira —susurró Laura—. Esa soy yo. Mi madre tiene esa foto. La ha tenido desde el día que la hicieron en el Retiro. ¿Por qué la tiene usted?
Javier se levantó tan de repente que la silla golpeó el cristal con un ruido sordo. La miró como si fuera un fantasma. No llamó a seguridad. No la despidió. Solo la observó, con el pecho agitado.
—¿Cómo se llama su madre? —preguntó apenas en un susurro.
—Teresa Martínez. Y si nos ha estado siguiendo…
—Teresa —repitió él, como si el nombre lo destrozara. Se dejó caer en la silla—. Me dijo que la fiebre se la llevó en el invierno del 03. Me envió una carta. Sin dirección. Con un recorte de esquelas genérico. Decía que no quedaba nada al que volver.
Laura sintió un frío profundo.
—Yo no morí de fiebre. Nos mudamos. Dijo que mi padre era una sombra que no quería ser encontrada. Un hombre de “cosas importantes” sin hueco para una hija.
Javier levantó la mirada, y Laura vio lágrimas contenidas.
—La busqué durante tres años. Contraté investigadores. Gasté todo lo que ganaba como asociado júnior. Pero Teresa sabía esconderse. Y luego llegó la carta. Creí que me lo merecía. Pensé que había amado tanto este lugar —esta jaula de cristal— que Dios me la había arrebatado.
El silencio volvió, pero era otro silencio: el de veinte años de duelo equivocado.
—Está enferma —dijo Laura finalmente—. Sus pulmones. Necesita una operación que no podemos pagar.
Javier intentó coger la pluma, peroSu mano tembló sobre la pluma antes de escribir una cifra que borraba veinte años de orgullo y mentiras en un solo cheque.