¿Puedo sentarme aquí? —Preguntó la madre soltera. —Solo si dejas que invite yo —Respondió su jefe millonario.

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¿Puedo compartir esta mesa? —preguntó la madre soltera—. Solo si me dejas pagar la cuenta —respondió el jefe multimillonario.

La lluvia de verano repiqueteaba contra los cristales de la Cafetería La Rosa, un local con encanto en el corazón del distrito financiero de Madrid. En el interior, la cálida luz de las lámparas colgantes iluminaba un espacio donde el aroma del café recién molido se mezclaba con el olor de los cruasanes recién horneados. En medio del bullicio de la hora del almuerzo, Lucía Mendoza se detuvo en la entrada, con su hija de cinco años, Sofía, agarrada de su mano.

Su ropa estaba ligeramente húmeda por el aguacero, y las coletas rubias de Sofía parecían pesar por el agua de lluvia. —Mami, tengo hambre —susurró la niña, tirando de la manga de su madre.

Lucía escrutó la cafetería abarrotada. Todas las mesas estaban ocupadas excepto una, en un rincón, donde un hombre con un traje gris oscuro impecablemente cortado estaba sentado solo, concentrado en su portátil. Su cabello oscuro estaba ligeramente entrecano en las sienes, y su expresión severa la hizo dudar.

—Un momentito, cariño —dijo Lucía, ajustando la bolsa de tela gastada que llevaba al hombro y que contenía sus currículums y portfolio.

Acababa de terminar otra entrevista de trabajo decepcionante, la tercera esa semana. Con el alquiler a pagar en cinco días y apenas suficiente dinero en su cuenta para cubrir la compra, no podía permitirse una comida en una cafetería tan cara. Pero Sofía necesitaba almorzar, y el aguacero no daba señales de amainar.

Tomando aire, se acercó a la mesa. El hombre no alzó la vista cuando se detuvo frente a él, sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado.

—Disculpe —dijo Lucía, con una voz apenas audible por el ruido ambiente de la cafetería. Se aclaró la garganta—. ¿Puedo compartir esta mesa?

Él alzó la vista, sus penetrantes ojos azules se encontraron con los suyos con leve sorpresa. Su mirada se desvió brevemente hacia Sofía, medio escondida tras las piernas de su madre, y luego volvió a Lucía. Por un instante, pareció estar calculando algo.

—Solo si me dejas pagar la cuenta —respondió, su voz profunda cargada de un deje de autoridad.

Las mejillas de Lucía se sonrojaron. —No es necesario. Podemos pagar nosotras.

—Insisto —dijo él, cerrando el portátil y tendiendo la mano—. Daniel Villalobos.

Lucía dudó antes de estrecharla. —Lucía Mendoza. Y esta es Sofía.

Daniel hizo un gesto hacia las sillas vacías. —Por favor, siéntense.

A regañadientes, Lucía ayudó a Sofía a sentarse y se sentó frente a él. Aceptar su oferta se sentía como una desventaja, pero el orgullo no alimentaría a su hija.

Se acercó una camarera. Daniel pidió un café solo para él y preguntó qué iban a tomar ellas.

—Nuggets de pollo y zumo de manzana, por favor —dijo Sofía.

—Yo solo una ensalada pequeña —añadió Lucía, eligiendo deliberadamente uno de los platos más baratos.

Daniel arqueó una ceja. —Añada un sandwich club para la señora.

—Yo no he pedido un sandwich —protestó Lucía.

—Parece que necesita algo más que una ensalada —respondió Daniel con tono práctico—. ¿La entrevista no fue bien?

Lucía se puso tensa. —¿Cómo ha…?

—La bolsa con el portfolio. Ropa formal un poco demasiado gastada para alguien que ya tiene trabajo. La mirada de decepción —se encogió de hombros—. Me dedico a leer a la gente.

—¿Y a qué se dedica exactamente?

—Dirijo Villalobos Inmobiliaria.

Lucía reconoció el nombre. Villalobos Inmobiliaria era una de las mayores empresas de desarrollo inmobiliario del país. Poseían la mitad de los rascacielos del centro de Madrid, incluido el edificio donde ella acababa de ser entrevistada.

—¿Usted es ese Villalobos?

—El mismo.

Sofía, que había estado observando en silencio, habló de repente. —Mi mami es la mejor diseñadora gráfica del mundo entero.

La expresión de Daniel se suavizó ligeramente. —¿Ah, sí?

—Hace dibujos muy bonitos para los ordenadores, pero nadie la quiere contratar porque son tontos.

—Sofía —la reprendió Lucía, aunque esbozó una sonrisa.

—Bueno, creo que la gente que no contrató a tu madre se equivocó —dijo Daniel, y luego miró de nuevo a Lucía—. ¿Diseño gráfico? ¿En qué se especializa?

—Identidad de marca y diseño UI/UX. Trabajé para Estudio Gráfico Solana durante cinco años antes de que recortaran plantilla el invierno pasado.

Un destello de reconocimiento brilló en sus ojos. —Hacían un trabajo impresionante. ¿Lleva muestras consigo?

Llegó la comida antes de que pudiera responder. Sofía se concentró de inmediato en sus nuggets. Lucía metió la mano en su bolsa y sacó su tablet.

—Estos son algunos de mis proyectos recientes.

Daniel pasó las páginas de su portfolio con intensa concentración. Lucía lo estudió. A pesar de su presencia intimidante, había cansancio alrededor de sus ojos, quizás soledad. La alianza de boda que había notado antes parecía gastada y ligeramente holgada.

—Esto está bastante bien —dijo, deteniéndose en una campaña de rebranding integral para una cervecería local—. Muy bueno. ¿Por qué nadie la ha fichado?

—El mercado es competitivo. Y tengo limitaciones de disponibilidad. Madre soltera —asintió hacia Sofía.

Daniel asintió. —¿No le ofrecen horarios flexibles?

—La mayoría de sitios quieren a alguien en la oficina de 9 a 6. El cuidado después del cole es caro, y el padre de Sofía no está en el panorama.

Una sombra cruzó su rostro. Miró su reloj caro, luego por la ventana a la lluvia, que empezaba a ceder.

—Villalobos Inmobiliaria está lanzando una nueva filial centrada en desarrollos de vivienda sostenible —dijo—. Necesitamos una identidad de marca distintiva, separada de nuestro trabajo corporativo. Nuestro departamento de marketing es adecuado, pero este proyecto requiere una perspectiva fresca.

Lucía dejó el tenedor. —¿Me está ofreciendo un trabajo, señor Villalobos?

—Le ofrezco la oportunidad de presentar una propuesta para un contrato. La semana que viene tenemos entrevistas con estudios de diseño. Puedo incluirla en la agenda.

La esperanza creció, atemperada por la cautela. —¿Por qué haría eso?

Miró a Sofía. —Digamos que tengo un punto débil por los padres solteros con determinación.

Le entregó una tarjeta de visita. —Miércoles, a las dos. Pregunte por mí en recepción.

Al cogerla, sus dedos rozaron los suyos. Él pidió la cuenta.

—No me dé las gracias aún —dijo—. Competirá con estudios consolidados. El campo de juego no está nivelado.

—Nunca lo está —replicó Lucía—. Pero eso nunca me ha detenido.

Mientras pagaba, Lucía notó que observaba a Sofía con algo entre tristeza y anhelo.

—Debo irme —dijo él.

—Nosotras también —respondió Lucía.

Dudó, luego escribió algo en el dorso de otra tarjeta. —Este es mi número personal. Por si tiene preguntas.

Al girarse para irse, Sofía corrió alrededor de la mesa y le abrazó las piernas.

—Gracias por los nuggets, señor Villalobos.

Él se quedó helado, sorprendido. Por una fracción de segundo,Se quedó mirando cómo Daniel se inclinaba para escuchar con genuina atención el complicado secreto que Sofía quería compartir con él, y supo, con una certeza tranquila, que su respuesta había sido la correcta.

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