Miércoles, 15 de mayo
Hoy mi vida cambió para siempre. Todo empezó con un susto, el tipo de susto que te congela la sangre y te deja sin aliento. La nueva secretaria se quedó paralizada al ver una foto de su infancia en la oficina de su jefe…
El ascensor ascendía veloz por el edificio de cristal, reflejando el cielo azul de Madrid. Sofía Mendoza agarraba con fuerza la carpeta con su currículum contra el pecho, repasando mentalmente todos los consejos que su madre le había dado esa mañana.
Nunca había estado tan nerviosa. Este trabajo lo cambiaba todo. Planta 35. *Arteaga y Asociados*, anunció la voz metálica del ascensor.
Sofía respiró hondo, se alisó la falda negra, la única formal que tenía, y caminó con determinación hacia la recepción. Sus tacones repiquetearon en el suelo de mármol mientras observaba el lujo discreto del bufete de abogados más prestigioso de la ciudad. Buenos días, soy Sofía Mendoza, la nueva secretaria del señor Arteaga, dijo con una seguridad que distaba mucho de sentir.
Una mujer de mediana edad con un impecable recogido la miró por encima de sus gafas. Llega justo a tiempo. Al abogado no le gustan los retrasos. Carmen la está esperando. Le explicará sus funciones.
Sofía siguió a Carmen, una mujer mayor de rostro amable pero mirada perspicaz, por unos pasillos donde abogados con trajes caros hablaban en voz baja sobre casos de millones de euros. Era un mundo completamente distinto al suyo, donde cada mes era una batalla para pagar la medicina de su madre.
“El señor Arteaga es muy exigente”, le explicó Carmen, mostrándole su escritorio. “Puntualidad perfecta, organización impecable y discreción absoluta. Nunca, bajo ningún concepto, le interrumpa cuando esté en una llamada importante”. Sofía asintió, memorizando cada instrucción.
“¿Cuándo le conoceré?” “La está esperando ahora mismo para darle sus primeras instrucciones”. Carmen bajó la voz. “No se alarme si le parece frío. Es así con todo el mundo”.
La oficina del abogado Fernando Arteaga era exactamente lo que Sofía esperaba. Elegante, discreta e intimidante. Grandes ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Estanterías de madera oscura cubrían dos paredes enteras, y un imponente escritorio presidía la estancia. Un hombre de 53 años firmaba documentos sin levantar la vista. Su pelo cano, perfectamente peinado, y su traje a medida emanaban poder y riqueza.
Cuando por fin alzó la mirada, Sofía sintió un escalofrío inexplicable. Eran unos ojos grises, penetrantes y extrañamente tristes. “Señorita Mendoza”, dijo con una voz grave, “siéntese, por favor”. Sofía obedeció, notando que el abogado apenas la miraba directamente. “Su currículum es modesto, pero sus referencias universitarias son excelentes. Espero que demuestre la misma dedicación aquí”. “No le defraudaré, señor”.
Fernando comenzó a explicarle sus responsabilidades, pero Sofía apenas podía concentrarse. Sus ojos se habían fijado en algo sobre el escritorio que le quitó el aliento. En un elegante marco de plata descansaba una fotografía descolorida por el tiempo. Una niña de unos cuatro años con un vestido blanco sostenía un girasol. Era ella.
El mundo pareció detenerse. El mismo vestido blanco de encaje que su madre guardaba en una caja. El mismo girasol que había cogido ese día en el parque. La misma fotografía que su madre atesoraba, idéntica. Hasta la pequeña mancha en la esquina. “¿Me escucha, señorita Mendoza?”.
La voz del abogado la devolvió bruscamente a la realidad. Sofía sintió que no podía respirar. Le temblaban las piernas bajo el escritorio. “Disculpe, es que…”, balbuceó, incapaz de apartar la mirada de la fotografía. Fernando siguió su mirada y, al darse cuenta de lo que miraba, su rostro se endureció. Una sombra de dolor cruzó sus ojos. “¿Se encuentra bien? Está pálida”. Sofía señaló la fotografía con dedos temblorosos. “Esa foto, ¿puedo preguntar quién es?”.
El abogado Arteaga permaneció en silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonó diferente, casi quebrada. “Es una fotografía personal, no es importante”. Pero lo era, y ambos parecían saberlo. “Puede irse. Carmen le explicará el resto de sus funciones”, dijo Fernando, poniendo fin a la reunión.
Sofía pasó el resto del día en piloto automático. Carmen le mostró el sistema de archivo, le explicó los horarios y le presentó al personal clave, pero su mente permaneció en aquella fotografía. ¿Cómo era posible? ¿Qué hacía su foto en la oficina del hombre más poderoso del bufete?
Cuando salió del edificio, ya anochecía. Tomó el abarrotado metro, luego un autobús que la dejó a tres manzanas de su casa, en un barrio modesto al sur de la ciudad. Durante todo el trayecto, la imagen del marco de plata no abandonó su mente. Su casa era pequeña, pero acogedora. Sofía giró la llave con cuidado para no despertar a su madre si descansaba, pero la encontró en la cocina preparando la cena.
“¿Qué tal te fue, mi niña?”, preguntó Isabel, de 51 años, con una sonrisa que iluminaba su rostro, cansado por la enfermedad. “Bien, creo”, respondió Sofía, dejando su bolso sobre la mesa. Isabel la miró detenidamente. Conocía cada gesto de su hija. “¿Qué ha pasado? Te notas rara”. Sofía se sentó, aceptando la taza de té que su madre le ofrecía. “El abogado Arteaga tiene una foto mía en su escritorio”. La taza que Isabel sostenía se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos. “¿Qué estás diciendo?”, susurró Isabel, su rostro de pronto tan pálido como el papel.
“La foto del girasol, mamá, la que tú tienes guardada en tu caja, es exactamente la misma”. Isabel se apoyó en la mesa como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sus ojos, tan parecidos a los de su hija, se llenaron de lágrimas. “No puede ser”, murmuró. “No puede ser él”. “¿Conoces al abogado Arteaga?”. “¿Mamá?”, preguntó Sofía, cada vez más confundida. Isabel no respondió. Se levantó lentamente y caminó hasta su habitación.
Sofía observó cómo su madre, con las manos temblorosas, sacaba una pequeña caja metálica de bajo la cama. Isabel introdujo una llave diminuta en la cerradura y levantó la tapa. Dentro estaban los tesoros más preciados de su madre: cartas amarillentas, un mechón de pelo de su infancia, un anillo de plata barato y la fotografía, exactamente igual a la que descansaba en la oficina de Fernando Arteaga. Isabel tomó la foto entre sus dedos y la miró como si contuviera todos los secretos del universo.
“Hay algo que nunca te he contado sobre tu padre, Sofía”, comenzó finalmente, con la voz quebrada tras 26 años de silencio. “Es hora de que sepas la verdad”.
La noche caía sobre Madrid, y en una pequeña casa al sur, un secreto guardado durante décadas estaba a punto de ser revelado, cambiando para siempre las vidas de todos los implicados. Sofía se sentó al borde de la cama. Observando a su madre, que sostenía la fotografía con manos temblorosas.
Nunca la había visto así, tan frágil y asustada. “Tu padre, Sofía…”, apenas podía hablar. “Siempre me dijiste que murió antes de que yo naciera”. Isabel negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que había contenido durante 26 años. “Era más fácil decir eso que explicarte la verdad”, confesó en voz baja. “Tu padre no murióSu padre, Sofía, es Fernando Arteaga.