La pluma Montblanc pesaba como una losa en la mano de Lucía. No por el oro de su fabricación, sino por la condena que estaba a punto de rubricar.
El silencio en el salón principal de la mansión de los Delgado no era pacífico; era denso, impregnado de una hostilidad que se adhería a la piel. Tres años. Tres años de su existencia reducidos a aquel folio sobre la mesa de roble.
—¿Vas a firmar hoy o esperamos a que te salgan dedos? —La voz de su cuñada, Valeria, cortó el aire como un cuchillo. Reposaba en el sofá de piel, sosteniendo una copa de Albariño con esa elegancia indolente de quien jamás ha sudado por nada.
Lucía alzó la mirada. Sus ojos, enrojecidos pero secos, buscaron a Alejandro. Su marido. El hombre al que había jurado amor eterno en un altar repleto de lilas que, ahora comprendía, habían costado más que el piso donde ella se crio. Alejandro miraba fijamente por la ventana, esquivando su mirada, con esa cobardía templada que Lucía había confundido con timidez durante tanto tiempo.
—Déjala, Valeria —intervino doña Margarita, su suegra, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos gélidos—. La pobrecita estará calculando cuánto deja atrás. Llegó a esta casa con una maleta de ropa de mercadillo y se va con idéntica maleta. Es la mano de Dios.
Lucía sintió el nudo en la garganta. Quería gritar. Quería decirles que ella había amado a Alejandro cuando no era nadie en la empresa familiar, que había soportado sus desdenes no por dinero, sino por la necia esperanza de tener un hogar.
—El acuerdo es diáfano —terció el abogado de la familia, un hombre de mirada astuta—. Renuncia a toda pensión, a todo bien inmueble y a todo reclamo futuro. A cambio, los Delgado… benévolamente, deciden no hacer públicas las pruebas de su “desliz”.
Lucía soltó la pluma de golpe. El ruido retumbó como un disparo.
—¿Desliz? —su voz sonó ronca, pero firme—. Yo nunca le fui infiel. Jamás.
Don Sebastián, el patriarca, suspiró con hastio desde la cabecera de la mesa.
—Por favor, niña. Alejandro nos lo contó todo. Sabemos lo de tu aventura con ese… monitor. Hay fotos. Si no firmas ahora y te largas, nos encargaremos de que tu nombre quede tan manchado que ni en la frutería de tu barrio te den trabajo.
Era mentira. Una trampa ruin para no soltar ni un céntimo. Alejandro sabía que era mentira, pero allí estaba, mudo, permitiendo que sus padres la destrozaran.
—Alejandro —Lucía lo llamó por última vez—. Mírame y dímelo tú. Di que es cierto.
Él se volvió, con el rostro contraído.
—Firma, Luci. Es lo mejor. Vuelve con tu padre, al taller. Allí es donde encajas. Entre la grasa y la gente sin modales. Nosotros somos… demasiado para ti.
Algo se quebró dentro de Lucía. Pero no fue su corazón. Fue el miedo.
Recordó a su padre. Javier. El hombre que llegaba a casa con las uñas marcadas por el aceite, que le enseñó que la dignidad no se negocia, que el valor de una persona se mide por su palabra, no por su cuenta corriente. Se burlaban de él. Lo llamaban “el manitas” como si fuera un insulto.
—Está bien —dijo Lucía, cerrando la carpeta—. Firmaré. Pero antes, debo hacer una llamada.
Doña Margarita soltó una risotada estridente.
—¿A quién? ¿A tu padre para que venga a recogerte en su furgoneta destartalada? Dile que aparque en la calle, no quiero que manche de gasóleo mi adoquinada.
Lucía no contestó. Marcó el número. Esperó dos tonos.
—Papá… es el momento. Lo están haciendo ahora.
Colgó.
—Dice que ya está aquí.
Lo que los Delgado ignoraban era que el “taller” de Javier no arreglaba coches. Lo que desconocían, en su burbuja de soberbia, era que el mundo allende sus verjas doradas estaba a punto de virar.
El sonido que llegó del exterior no fue el resuello de una furgoneta vieja. Fue el rugido grave y potente de un motor V12, seguido del chirrido de neumáticos de dos vehículos de escolta.
—¿Pero qué demonios…? —Don Sebastián se puso en pie, furibundo.
El mayordomo irrumpió en el salón, pálido como la cera.
—Señor… hay gente en la entrada. Seguridad privada. Y un caballero que… exige pasar.
—¡Echa a esa gentuza! —chilló Margarita.
Pero era tarde. Las puertas dobles del salón se abrieron de par en par.
Y entonces, Lucía sonrió.
Porque la tormenta acababa de entrar, y vestía un traje italiano de tres mil euros.
Javier Méndez cruzó el umbral. No había rastro de grasa en sus manos. Llevaba unas gafas de sol que se quitó con parsimonia cinematográfica, revelando una mirada de acero que recorrió la estancia. Tras él, dos abogados con maletines de piel y cuatro guardias de seguridad de corpulencia imponente se desplegaron con eficiencia militar.
El silencio que siguió fue absoluto. Alejandro se quedó boquiabierto. Margarita dejó caer su copa, tiñendo la alfombra persa, pero a nadie le importó.
—Buenas tardes —la voz de Javier era grave, educada, y terriblemente peligrosa—. Vengo a recoger a mi hija. Y a ajustar algunas cuentas.
Don Sebastián, recuperando algo de compostura, hinchó el pecho.
—¿Quién se cree usted para irrumpir así en mi domicilio? ¡Llamaré a la policía!
—Hágalo —replicó Javier con calma, caminando hasta situarse junto a Lucía y posando una mano protectora en su hombro—. De hecho, el Comisario General está en mis contactos prioritarios. Cenamos juntos los miércoles. ¿Quiere que se lo diga yo?
Lucía sintió el calor de la mano de su padre y, por primera vez en tres años, pudo respirar hondo.
—Papá, ellos dicen que me voy con las manos vacías. Que soy una vergüenza por ser hija de un manitas.
Javier sonrió, una sonrisa de lobo.
—Bueno, técnicamente empecé como mecánico. Es cierto. Me apasionan los motores. Pero hace treinta años que no reparo un vehículo por dinero. Don Sebastián, ¿conoce usted el Grupo Inversor Méndez?
El color abandonó el rostro del patriarca Delgado.
—¿El… el conglomerado de inversiones? Son accionistas de media banca.
—Exacto —Javier extrajo una tarjeta negra y dorada y la deslizó sobre la mesa, que se detuvo frente al acuerdo de divorcio—. Soy el fundador y accionista principal. He mantenido mi identidad en la sombra para proteger a mi hija, para que creciera con valores auténticos, lejos de parásitos y oportunistas.
Se giró hacia Alejandro, que temblaba visiblemente.
—Quería comprobar si la querías a ella o a su apellido. Y vaya si la prueba fue efectiva. Has demostrado ser un hombre mezquino, Alejandro.
—Yo… yo no sabía… —balbuceó Alejandro, acercándose a Lucía como un perro apaleado—. Luci, cariño, esto es un malentendido. Mis padres… ellos me presionaron.
Lucía lo miró con una mezcla de lástima y repulsión.
—No, Alejandro. Tú elegiste. Te mofaste de mis raíces. Permisiste que inventaran que era una adúltera.
—Hablando de eso —interrumpió uno de los abogados de Javier, abriendo su maletín—, tenemos pruebas forenses digitalque demuestran que las fotos de la supuesta infidelidad de la señora Lucía fueron manipuladas digitalmente, y curiosamente, también tenemos extractos de transferencias mensuales desde la cuenta personal de Alejandro a una tal Carla Domínguez, para el alquiler de un piso, gastos médicos y una guardería.