El hielo crujió con tanta fuerza que Lucía ni siquiera lo entendió al principio: no era una rama, era algo aterrador.
Estaba en la orilla de la laguna del parque con una bolsa en la que llevaba dos barras de pan y un paquete de las galletas más baratas. Su madre le había prometido hacer un bizcocho si volvía antes de que anocheciera. El sol de diciembre ya se ponía, tiñendo la nieve de rosa, y la niña tenía prisa, pero aquel sonido la dejó paralizada.
Y entonces lo vio: en medio de la laguna, justo donde el hielo era más delgado, un hombre forcejeaba. Un abrigo negro, elegante, como de una película de gente adinerada, aparecía y desaparecía en el agujero, mientras sus manos se aferraban a los bordes que se rompían al instante.
—¡Ayuda! —gritó el hombre, pero su voz era extrañamente débil, como si ya estuviera agotado de gritar.
Lucía miró a su alrededor: en el paseo había gente. Una mujer con un abrigo de visón miraba con la mano apretada contra el pecho, pero no se movía. Un hombre con chándal sacó el móvil —no se sabía si para grabar o llamar—, no estaba claro. Una pareja de estudiantes se miraron y se fueron en la dirección contraria, rápido, casi corriendo.
—¡Que llame alguien! —gritó la mujer del visón, pero ella misma se quedó quieta.
Lucía miraba al hombre que se ahogaba y pensaba en lo que su madre le había dicho: que nunca debía pisar el hielo. Su madre le había dicho muchas cosas: que no hablara con desconocidos, que no aceptara caramelos de extraños, que tuviera cuidado porque ella, Lucía, era lo único que le quedaba. Pero su madre también decía que la gente debe ayudarse, porque si no, el mundo se convierte en un lugar frío donde cada uno va a lo suyo.
Lucía miró su bolsa con el pan, luego el agujero en el hielo, luego a la gente que seguía allí, mirando. El hombre en el agua ya casi no gritaba; solo se aferraba al borde del hielo y miraba hacia la orilla con unos ojos en los que Lucía, incluso desde lejos, podía ver el miedo.
No recordaba cómo llegó al hielo. Simplemente, de pronto, se dio cuenta de que corría, de que sus botas de agua resbalaban y de que su corazón latía tan fuerte que ahogaba todo lo demás.
—Niña, ¿adónde vas? —gritó alguien desde la orilla, pero Lucía ya no escuchaba.
Sabía que no podía acercarse demasiado al agujero —en el colegio lo habían explicado con dibujos—. Así que se tumbó sobre el hielo a unos metros del hoyo y empezó a arrastrarse. La bufanda se desenrolló y serpenteó junto a ella como una culebra rojiza.
—¡Vete! —le espetó el hombre al verla. Le castañeteaban los dientes, tenía los labios azules, pero su mirada era furiosa—. ¡Lárgate de aquí, criatura, que vas a caer también!
Lucía no respondió. Lo miró a él, luego el hielo alrededor del agujero, luego su bufanda. La bufanda era larga, su abuela la había tejido antes de morir, y su madre decía que era un recuerdo y que había que cuidarla. Pero su abuela también decía que las cosas son solo cosas, y que las personas importan más.
Lucía se quitó la bufanda y lanzó un extremo hacia el hombre. Cayó al agua junto a su mano.
—¡Agárrese! —dijo con una voz que no reconoció.
—No puedo sacarte a ti —respondió el hombre, pero aun así agarró la bufanda.
—Tiene que ayudarse usted. Yo aguanto y usted se va arrastrando. Pero no tire fuerte, que si no me acerco demasiado.
No sabía de dónde habían salido esas palabras. Quizá de una película, o de algún libro que leyó su madre. El hombre la miró un segundo, dos, luego asintió. Empezó a arrastrarse, y Lucía sintió cómo la bufanda se tensaba, cómo la arrastraba hacia delante. Apoyó las botas en el hielo, pero resbalaban. Entonces se giró sobre su espalda, enrolló la bufanda alrededor de su muñeca y apoyó los talones. Así era mejor, casi no se movía.
El hombre salió del agua lentamente, muy despacio. El hielo crujía bajo su peso, y cada vez Lucía pensaba que volvería a hundirse, pero no lo hizo. Reptó hacia ella, dejando tras de sí un rastro mojado, y su caro abrigo parecía ahora un trapo. Cuando estuvo cerca, Lucía vio que no era viejo, quizá como aquel actor de la serie que le gustaba a su madre. Tenía un rostro handsome, pero ahora estaba pálido y demacrado.
—Vamos hacia la orilla —dijo ella—. Despacio. No se levante.
Arrastrarse les pareció una eternidad. Lucía oía gritos desde la orilla, howl de sirenas —alguien había llamado a una ambulancia—. Pensó en que su madre se enfadaría, en que la bufanda ahora estaba mojada y sucia, en que el pan probablemente se habría aplastado en la bolsa que había dejado en la orilla.
Cuando por fin llegaron a la orilla firme, Lucía se sentó en la nieve y se puso a llorar. No de miedo —el miedo lo sentiría después, por la noche, acostada en la cama y recordando el crujido del hielo—. Ahora lloraba simplemente porque todo había terminado, porque tenía mucho frío y porque el hombre a su lado también lloraba, aunque los hombres adultos no deberían hacerlo.
Alrededor suyo la gente se agitaba, apareciendo de la nada, como cucarachas cuando se enciende la luz. La mujer del visón le tendía a Lucía su propia bufanda, un hombre hablaba por el móvil, los médicos de la ambulancia corrían con una camilla.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre empapado, con los dientes castañeteando tanto que las palabras le salían entrecortadas.
—Lucía. Lucía Morales.
—Soy Adrián. Gracias, Lucía Morales.
Los médicos ya lo llevaban a la ambulancia, envolviéndolo en una manta, pero él no dejaba de mirarla. Lucía vio cómo se marchaba la ambulancia, recogió su bolsa —el pan efectivamente estaba algo aplastado, pero no mucho— y se fue a casa.
Su madre la recibió gritando. No de enfado, sino de susto: algún vecino ya había llamado para contar que había visto a Lucía sobre el hielo. Vera Morales, de 29 años, guapa incluso ahora, con el rostro pálido por el terror, agarró a su hija por los hombros y la zarandeó, preguntándole qué había pasado y por qué lo había hecho.
Lucía se lo contó todo: el crujido, el hombre, la bufanda. Su madre escuchó, y su expresión fue cambiando: primero miedo, luego sorpresa, luego un extraño orgullo, y de nuevo miedo.
—Podías haberte ahogado —dijo por fin.
—Lo sé.
—No vuelvas a hacerlo nunca más.
—¿Y si él se hubiera muerto?…
Su madre no respondió. Simplemente abrazó a Lucía con tanta fuerza que le costaba respirar, y no la soltó durante un largo rato.
Por la noche hicieron el bizcocho, aunque las manzanas se quemaron un poco porque su madre no paraba de distraerse mirando a Lucía, como comprobando que seguía allí.
Su piso era pequeño, un estudio en un bloque viejo de las afueras. El papel pintado se despegaba en las esquinas, el radiador apenas calentaba, y la ventana de la cocina estaba sellada con cinta aislante porque se había roto el invierno pasado y no tenían dinero para una nueva. Pero su madre se esforzaba por hacerlo acogedor: en el alféizar había geranios, en la pared colgaban los dibujcolgaban los dibujos de Lucía, y en una estantería, la foto de su abuela en un marco que habían decorado juntas con conchas del mar.