El juego inofensivo con las crías de serpientePero aquella mañana, en la entrada de la tienda, lo aguardaba la aterradora e iracunda madre de las crías, lista para cobrarle cada juego.

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Aquel soldado, casi cada jornada, echaba algo de comer a las crías de las culebras por puro pasatiempo, convencido de que todo aquello era un juego sin consecuencias; pero una mañana, al asomarse a la entrada del barracón, se topó con un horror para el que no estaba en absoluto preparado.

Las culebras aparecieron junto a la tienda por azar. Ese día, el recluta cavaba una zanja en el borde del campamento y advirtió cómo dos pequeñas crías se deslizaban desde debajo de unas piedras caldeadas por el sol. Eran delgadas, todavía torpes, erguían la cabeza y bufaban ante cualquier susurro. Según el reglamento, debía eliminarlas de inmediato. El sargento había sido tajante: «Alimaña cerca de la tropa, se suprime sin rechistar».

Mas el muchacho no lo hizo. Le pareció extraño que aquellos bichos no huyesen, sino que parecieran observarlo. Regresó al atardecer con un mendrugo de pan y lo arrojó al suelo, junto al petate. Las culebras primero retrocedieron, luego se acercaron con lentitud. Al día siguiente llevó unas migas de cecina. Sentía curiosidad por saber si llegarían a acostumbrarse a él. Se convirtió en un entretenimiento absurdo en mitad del tedio de la milicia, un secreto del que nadie debía enterarse.

En vez de eliminar a aquellos vecinos ponzoñosos, empezó a cebarlos. Al principio las culebras se mantenían precavidas y expandían el cuello a cada gesto suyo, mas pronto dejaron de verlo como un peligro. Acudía casi a diario, se acuclillaba y les echaba el sustento, observando cómo se aproximaban con cautela.

Les llevaba mendrugos y tasajo, igual que si alimentase a unos cachorros. A la semana, las culebras habían engordado a ojos vistas y se movían con mayor aplomo. A las dos semanas aparecieron otras nuevas. Primero una, luego dos más. Se decía que era casualidad, que su nido estaría por allí cerca.

Pero una mañana, al salir del barracón, se topó con un horror que jamás hubiera imaginado. Alrededor, sobre la arena, había decenas de huellas. Él alimentaba a dos. Pero acudían decenas.

El pavor le sobrevino de súbito. Comprendió que la situación escapaba a su dominio. Si alguien lo descubría, le esperaba un castigo severo. Aquella noche decidió acabar con las culebras. Cogió lo indispensable, subió a la mula mecánica y se encaminó hacia el lugar donde solía verlas entre la maleza.

Cuando regresó al vivac, ya de madrugada, lo recibió un silencio absoluto: ni voces, ni pisadas de compañeros, ni el trajín habitual de la cocina de campaña.

Salió de la zanja y corrió hacia los barracones. Dentro le aguardaba una escena espantosa: sus compañeros yacían sin vida, todo eran señales de forcejeo y rastros de sangre. Durante la noche, el enemigo había asaltado el puesto. Todo sucedió de forma rauda y sin estruendo.

Mientras él permanecía apartado, enredado con las culebras, todos sus camaradas perecieron. Tendría que haber estado en aquel barracón. Debería haber muerto junto a los demás. Resultaba que, sin pretenderlo, aquellas culebras le habían salvado la vida, porque hicieron que no se hallara en el campamento aquella noche.

Después lo interrogaron, lo acusaron de traición, buscaron vínculos con los asaltantes, escrutaron cada detalle. No lograron probar su culpabilidad, pero la sombra de la sospecha jamás lo abandonó. Lo licenciaron con deshonor y abandonó para siempre el Ejército.

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