Tomé una bocanada de aire profunda y temblorosa, de esas que retumban en el pecho cuando sabes que estás a punto de entrar en un campo de batalla sin armadura. Giré el pomo de latón y entré.
El ambiente en la casa era asfixiantemente perfecto, un museo estéril de una familia que solo existía en las fotografías. Mi madre, Leonor, colocaba con meticulosidad la mesa del comedor con la porcelana buena, esa vajilla delicada y traslúcida con el borde dorado pintado a mano que jamás me dejaron tocar de niño. Mi padre, Roberto, permanecía atrincherado en su sillón reclinable de piel desgastada, mientras el estruendo de un partido de fútbol televisado llenaba el silencio denso y sofocante que flotaba entre nosotros. Al quitarme el abrigo, me dedicó unAl quitarme el abrigo, me dedicó un gruñido gutural y apenas audible, sin apartar la vista ni un instante de la pantalla luminosa, como si fuera el saludo reglamentario para la hija invisible.