El silencio de la joven doctora en el páramoEl oro, sin embargo, guardaba un secreto más oscuro que la tiranía de aquella mujer.

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Año 1952. Principios de junio.

Teresa estaba frente al horario de trenes de cercanías, apretando entre sus manos una carta de destinación ajada hacia el pueblo de Olmeda, mientras una inquietud fría y espesa se extendía dentro de ella. ¿Cómo la recibiría la gente de allí, a ella, una joven médico de familia recién salida de la universidad? Ella, una chica de ciudad, criada entre las paredes desconchadas de una piso compartido en Madrid, que nunca había vivido en el campo, que no sabía por dónde agarrar una hoz ni cómo encender una estufa de leña… ¿Podría con ello? ¿Estaría a la altura? ¿Soportaría el peso de una responsabilidad que de repente le parecía tan pesada como una losa de granito?

En la estación, mientras caminaba con su pesada maleta de cartón hacia el andén, un hombre de unos cincuenta años, con un rostro surcado por profundas arrugas y una mirada afilada pero bonachona, se ofreció a ayudarla. Vestía una chaqueta de pana limpia, aunque lavada muchas veces, y lucía una gorra desteñida por el sol. Se le veía hombre de trabajo, acostumbrado a la tierra.

—¿Adónde se dirige, si puede saberse? —preguntó él, alzando la maleta con facilidad, como si en lugar de libros e instrumentos estuviera llena de plumas.
—A Olmeda —respondió Teresa, arreglándose un mechón de cabello que se le había escapado del pañuelo.
—¡Ah, paisana entonces! Yo también soy de allí. Me llaman Felipe, Félix. ¿Viene a ver a familiares o por algún otro asunto? —preguntó el hombre con curiosidad.
—Por asignación. Tres años. Soy médico —dijo ella, esperando la habitual sorpresa.
—¡No me diga! —Felipe incluso se detuvo y la miró con respeto mezclado con alegre asombro. —¡Vaya, qué bien! ¡Por fin! —se quitó la gorra y extendió una palma ancha y callosa—. Felipe López González, capataz de la cooperativa.
—Mucho gusto, Teresa Martín Ruiz —respondió ella al apretón de manos, esforzándose por que no le temblara la mano.
—Teresa, dígame… ¿es cierto que en Olmeda llevamos ya casi dos años sin médico titular?
—Cierto, Felipe, una verdad amarga. ¿Y qué? ¿No había nadie más que una recién licenciada?
—¿Y quién vendría a estas tierras? —sonrió él, dejando la maleta en el suelo y liándose un cigarrillo de picadura con humo acre—. El pueblo es pequeño, los caminos se embarraban con las lluvias, por suerte al menos después de la guerra levantaron una escuela nueva, si no nuestros críos tenían que ir andando a Robledal, a dos leguas, a tragarse la sopa. Y antes de eso… ni le cuento. El fin del mundo, solo bosques y humedales intransitables.
—Pero antes tenían médico, ¿verdad? ¿Qué fue de él? ¿No habrán estado dos años sin atención?
—Lo hubo, cómo no —Felipe suspiró y su rostro se ensombreció, perdiendo la cordialidad anterior—. Un médico excelente, Samuel Benítez Gutiérrez. Un hombre de alma noble, curaba a todos por las gracias, capaz de dar la camisa que llevaba puesta. Que en paz descanse.
Teresa se estremeció.
—¿Murió?
Felipe bajó la voz y, mirando a su alrededor como si hasta en el andén vacío pudiera ser escuchado, dijo:
—Lo mataron. Hace año y medio. En el bosque lo hallaron, cerca del Barranco del Diablo. Dijeron que fue un accidente de caza, que se disparó por descuido. Pero nadie se lo cree.
—¿Lo mataron? —Teresa se sintió incóómoda. El corazón se le encogió con un mal presentimiento. Resulta que no iba solo a un lugar remoto, sino a un sitio donde la tierra aún estaba caliente bajo los pies de un médico asesinado—. ¿Por qué? ¿Quién?
—Ah, eso nadie lo sabe. Se dicen muchas cosas. Unos, que tenía un cuaderno importante, con anotaciones sobre la gente que trataba, y que allí había secretos por los que pagó caro. Otros, que no se llevaba bien con nuestro guardia civil, Tristán, que chocaban de caracteres. Otros directamente hablan de un tesoro antiguo enterrado en el barranco. Se dice mucho, pero la verdad no aparece. Solo sé una cosa: era un hombre inquieto, le gustaba la verdad hasta el delirio, y por eso, al parecer, sufrió.
Teresa se estremeció, a pesar del cálido viento de verano.
—¿Y su hija? Creo que tenía una hija, ¿no? Algo oí en la delegación.
—La tuvo. Lidia, Lidia Benítez —asintió Felipe—. Justo antes de su muerte acabó los cursos de practicante, pensaba trabajar codo con codo con su padre. Una chica muy lista, salió a su padre. Tras su muerte, ni se le acercaron al dispensario. Dijeron que era muy joven, sin experiencia, y que además… no era digna. Ahora trabaja en los campos, doblando el lomo por un jornal, y por las noches va a escondidas a ver a los que confían en ella, les presta ayuda a cambio de un trozo de pan o un tarro de leche. Nuestro guardia, Enrique Prado Fuentes, no la pierde de vista, siempre husmeando algo. Dice que la investigación continúa. Pero son patrañas, pura pantomima. Al verdadero asesino ni lo buscan.

La conversación la interrumpió el silbato de la locomotora y subieron a un vagón semivacío. El trayecto era de cinco horas y Teresa dio gracias al cielo por haberle enviado a aquel capataz tan hablador. Durante el largo camino, con el traqueteo monótono de las ruedas, él le contó todo: quién era quién en Olmeda, de quién se podía conseguir leche y a quién era mejor no molestar sin necesidad. Pero los pensamientos de Teresa volvían una y otra vez al médico muerto y a su hija repudiada. ¿Qué secreto, como un pantano negro, había engullido aquel pueblo?

La estación resultó ser una solitaria plataforma de madera en mitad de una densa pared de bosque que llegaba hasta los propios raíles. Teresa y Felipe bajaron por unos escalones chirriantes y la joven vio una vieja camioneta y, junto a ella, la figura fornida de un guardia civil.
—Ahí está Prado, no se ha hecho esperar —refunfuñó Felipe con disgusto—. Al menos no tendremos que andar, que va a anochecer pronto.
El guardia, un hombre joven con un rostro pesado, tallado en piedra, y unos ojos claros y alerta, se acercó a ellos y se presentó secamente:
—Guardia civil titular Enrique Prado Fuentes. Usted, según creo, Teresa Martín Ruiz.
—Sí, soy su nueva médico —respondió con calma Teresa, sintiendo sobre ella su mirada escrutadora y pegajosa.
—He recibido la documentación de su llegada. Suba, la llevo. Al dispensario, como es debido. Allí se instalará. Y mañana temprano, a la casa consistorial, a ver a Paulina Zacarías. Es una mujer estricta, le gusta el orden.
—¿A mí también me llevas, Enrique? —preguntó Felipe, subiendo la maleta a la caja.
—Claro que sí —respondió Prado sin sonreír.

Llegaron al dispensario, dejando antes al capataz en su casa sólida, de cinco ventanas. Y cuando la camioneta se detuvo frente al edificio indicado, Teresa apenas pudo contener un gemido de decepción. El dispensario resultó ser una casucha vieja, ennegrecida por el tiempo, en las afueras, al borde mismo del bosque. Una veta torcida, malezas de ortigas y acanto de altura humana, un porrido podrido. Dentro olía a polvo, abandono y humedad. Enuna humedad penetrante. En la única habitación, apenas había espacio para moverse; había una mesa coja, dos sillas y, en una alcoba contigua, dos camillas desvencijadas y unas estanterías vacías.

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