—Te invité a la cena de Nochebuena para que por fin reconozcas que te quedaste sola, Mariana. Ya es hora de que superes el pasado y veas cómo los demás sí hemos seguido adelante.
Esas fueron las primeras palabras que Rodrigo Garza le dijo por teléfono después de ocho largos años de silencio absoluto. Mariana sujetó su móvil de última generación junto al enorme ventanal de su ático en el barrio de Salamanca, Madrid, contemplando el tráfico nocturno como si perteneciera a otro mundo. No gritó. No derramó ni una sola lágrima. No le reprochó nada. Ya había gastado demasiada energía en ese cobarde con apellido de rancio abolengo.
Rodrigo siguió hablando desde La Moraleja, en Alcobendas, soltando esa prepotencia típica de los herederos que jamás han trabajado un solo día en su vida.
—Mi madre, Doña Teresa, preguntó por ti. Dice que, por caridad cristiana, sería un buen gesto cerrar el año sin rencores en la familia. Además… ya sabes cómo va esto, todos mis primos y hermanos van con sus respectivas familias y sus hijos. No quiero que te sientas incómoda si llegas sola a la finca. Sabemos que la vida no te concedió ese privilegio.
Mariana esbozó una sonrisa fría y calculadora.
—Por supuesto, Rodrigo. Muy considerado por tu parte. Allí estaré.
Cuando la llamada terminó, Mariana dejó el teléfono sobre la isla de mármol de su cocina. Su abogada penalista, que repasaba tres expedientes frente a ella, levantó la mirada por encima de sus gafas de diseño.
—¿Estás completamente segura de hacer esto, Mariana? Es adentrarte en la guarida del lobo.
—Ese imbécil quiere humillarme frente a toda la buena sociedad de La Moraleja —respondió Mariana, sirviéndose un vaso de agua—. Está convencido de que llegaré con las manos vacías y la mirada baja. Pero se equivoca. Le voy a llevar la pura verdad, envuelta en papel de regalo.
En ese instante, la puerta principal del ático se abrió y cuatro remolinos entraron corriendo al salón, llenando el impecable espacio de risas y caos.
—¡Mamá, ya hemos llegado del entrenamiento!
Ahí estaba Mateo, el mayor por apenas dos minutos, siempre con el ceño ligeramente fruncido y protector. Diego, el más callado y observador, abrazando un cuaderno de bocetos. Camila, una niña de carácter apasionado, incapaz de tolerar una sola injusticia en el patio del colegio. Y, por último, Sofía, analítica, brillante, con una habilidad pasmosa para leer las emociones de los adultos.
Los cuatro tenían exactamente siete años.
Y los cuatro tenían los inconfundibles e intensos ojos verdes de la dinastía Garza.
Esa misma noche, mientras cenaban, Mariana apagó la televisión y los miró con mucha seriedad.
—Niños, necesito toda vuestra atención. Tenemos que hablar de nuestros planes para el 24 de diciembre.
Los cuatro hermanos guardaron silencio inmediatamente.
—Vamos a coger un vuelo a Madrid —continuó ella con voz firme—. Ha llegado el momento. Vais a conocer a vuestro padre.
Camila apretó los puños sobre la mesa.
—¿Te refieres al hombre que te abandonó cuando nosotros aún estábamos en tu barriga?
Mariana asintió lentamente. Diego bajó la mirada hacia su plato.
—¿Él sabe que nosotros existimos y que vamos a ir a su casa?
—No, cariño. No tiene ni la más mínima idea.
Mateo se levantó de su silla y se plantó junto a su madre, cruzando los brazos en una postura defensiva impropia para un niño de siete años.
—No voy a permitir que ese señor te vuelva a hacer llorar, mamá.
Mariana lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora.
—Ya no puede hacerme daño, Mateo. Ahora somos cinco contra él.
Mientras hacía las maletas esa noche, Mariana repasaba cada detalle de su plan. Nadie en la majestuosa finca de los Garza imaginaba la tormenta perfecta que estaba a punto de desatarse sobre sus cabezas, y era absolutamente increíble lo que iba a pasar…
La inmensa propiedad de los Garza en la exclusiva urbanización de La Moraleja parecía sacada de la portada de una revista de lujo. Había más de mil luces doradas decorando los árboles del jardín, un belén a escala real traído desde Andalucía, mesas llenas de langostinos, lombarda, pavo trufado y copas de cristal tallado listas para el champán más caro de la región. De fondo, un grupo en vivo tocaba villancicos elegantes para amenizar la velada de los ochenta invitados, todos miembros de la élite madrileña.
Doña Teresa, la matriarca de la familia, caminaba entre las mesas con su abrigo de piel, dando instrucciones severas.
—Escúchenme bien todos —advirtió a sus nueras—. Mariana viene hoy como una obra de caridad de mi hijo. No quiero que nadie mencione la palabra “divorcio” ni haga preguntas incómodas sobre su soledad. La pobre mujer no pudo darnos herederos y se quedó arruinada. Hay que tener compasión.
Pero Rodrigo no quería compasión. Mientras sostenía su copa de champán, sonreía con malicia. Quería verla entrar sola, derrotada, quizá vestida con ropa de rebajas. Quería que todos sus tíos adinerados y sus primos exitosos confirmaran la mentira que él había construido ladrillo a ladrillo durante ocho años: que Mariana era una mujer estéril, inestable, y que por eso su matrimonio se había venido abajo, obligándolo a él a buscar la felicidad en otro lugar.
Eran exactamente las once de la noche cuando un estruendo ensordecedor comenzó a vibrar en los ventanales del salón principal. Las copas temblaron sobre las mesas de cristal. Al principio, los invitados pensaron que era un convoy de todoterrenos de seguridad, pero el sonido venía del cielo. El viento empezó a aullar, levantando los caros manteles de lino y haciendo volar los enormes lazos rojos de la decoración navideña.
Todos los presentes salieron al enorme jardín central, protegiéndose los ojos.
Un helicóptero privado de color negro mate, con luces deslumbrantes, estaba descendiendo justo en el helipuerto de césped de la finca.
Rodrigo soltó una risa nerviosa, intentando no perder la compostura frente a sus socios de negocios.
—Qué exagerada es esta mujer. Siempre le gustó llamar la atención para compensar sus carencias.
Sin embargo, la risa arrogante se le heló en el rostro cuando la puerta de la aeronave se deslizó.
Mariana bajó primero. No llevaba ropa de rebajas. Lucía un espectacular abrigo de diseñador color blanco invierno, el pelo perfectamente peinado y, sobre todo, una expresión de calma absoluta que irradiaba un poder intimidante.
Pero ella no cerró la puerta.
Detrás de ella, bajó Mateo, vestido con un traje a medida.
Luego bajó Diego.
Después apareció Camila, con un vestido elegante y la barbilla alta.
Y, finalmente, Sofía.
Eran cuatro niños. Cuatro figuras idénticas de siete años de edad, cogidos de la mano, caminando detrás de su madre con una seguridad arrolladora. Miraban la imponente casa de piedra no con asombro, sino con la fría evaluación de quien entra a reclamar un territorio que le pertenece por sangre, aunque los dueños no lo sepan.
Doña Teresa dejó caer su copa de champán al suelo de piedra. El cristal se hizo añicos, pero nadie prestó atención al ruido.
—Virgen Santa… —murmuró la matriarca, llevándose ambas manos a la boca.
Una de las hermanas de Rodrigo se acercó a él, pálida como el papel.
—Rodrigo… esos niños… son la viva imagen tuya cuando tenías su edad.
Rodrigo retrocedió dos pasosRodrigo retrocedió dos pasos, sintiendo que el mundo se le venía encima mientras miraba, por primera vez, a los cuatro hijos que había negado y abandonado.