Alejandro Vargas, dueño de una de las bodegas más prestigiosas de La Rioja, se ajustó la chaqueta de diseño y miró a sus dos hijas con una sonrisa que no llegaba a los ojos. La enorme finca, con sus paredes de piedra y aire señorial, estaba sumida en el silencio habitual de las mañanas.
—Tengo que viajar a Madrid por cuatro días —dijo, acariciando el cabello oscuro de Lucía, la pequeña, que apenas tenía ocho años—. Pórtense bien con Leticia y hagan caso a Rosalía, ¿de acuerdo?
Las dos niñas asintieron, abrazándolo con una fuerza desesperada. Isabel, de diez años, lanzó una mirada de reojo a Leticia, la elegante prometida de su padre, quien observaba la escena con postura impecable y sonrisa perfecta desde el marco de la puerta.
—No te preocupes, cariño —susurró Leticia, acercándose para darle un beso casto en la mejilla—. Yo me ocuparé de que tus princesas estén perfectamente cuidadas. Ve tranquilo. Los negocios son lo primero.
Alejandro asintió, tomó su maletín de piel y salió hacia el coche blindado. El conductor arrancó y se perdió por el camino de tierra entre interminables viñedos. Pero lo que Leticia, las niñas y el resto del personal desconocían era que aquel viaje era pura mentira.
Apenas un kilómetro más adelante, Alejandro pidió parar, bajó y regresó sigilosamente por un sendero oculto entre las vides hasta la parte trasera de la finca. Entró por la puerta de servicio que llevaba directo al cuarto de vigilancia, donde Don Manuel, el jefe de seguridad, lo esperaba frunciendo el ceño.
—Patrón, las cámaras internas ya están activadas —susurró el guardia, señalando la pantalla central.
Alejandro sintió el corazón golpeándole las costillas. Llevaba semanas notando rarezas: la mirada esquiva de sus hijas, el nerviosismo de Rosalía, la niñera de siempre, y movimientos extraños en las cuentas bancarias. Quería confiar en Leticia, la mujer que lo había “salvado” de la tristeza tras la muerte de su esposa Carmen tres años atrás, pero su instinto gritaba que algo iba muy mal.
En la pantalla, vio cómo Leticia cambiaba su rostro angelical por una máscara de hielo en cuanto el coche desapareció. Tomó a Lucía del brazo con tanta fuerza que la niña gimió, y la empujó hacia las escaleras. Rosalía, con su delantal limpio, intentó intervenir, pero Leticia la calló con un dedo acusador.
Pero lo que heló la sangre de Alejandro no fue solo el maltrato. Fue ver a Leticia sacar del bolsillo de su falda de marca una llave dorada y antigua. La llave del cuarto de Carmen. Una habitación que había permanecido cerrada bajo llave durante tres años.
Sin pensarlo, Alejandro salió del cuarto de vigilancia y cruzó los pasillos de servicio a grandes zancadas, con la sangre retumbándole en los oídos. Subió la escalera trasera decidido a no darle ni un instante de ventaja. Al girar el pasillo principal, la vio. Leticia introducía la llave en la cerradura, con la confianza de quien se cree dueña de todo.
—No te atrevas a abrir esa puerta —la voz de Alejandro resonó tan fría y profunda que pareció helar el aire.
Leticia se paralizó. En ese instante, el silencio de la fina se volvió pesado, denso, cargado de peligro. Era imposible imaginar la tormenta que estaba a punto de desatarse.
Durante una fracción de segundo, Leticia ni siquiera se giró. En ese instante, Alejandro comprendió una verdad espantosa: ella no estaba sorprendida de que hubiera vuelto, sino de que hubiera llegado tan rápido a esa parte de la casa.
Lentamente, la mujer volvió el rostro. No hubo gritos ni balbuceos. Con una habilidad que a Alejandro le provocó náuseas, su expresión se transformó en la de un animal herido.
—Alejandro, mi amor…, yo…
—La llave —interrumpió él, tendiendo la mano abierta.
—Puedo explicártelo, te lo juro.
—La. Llave. —repitió él, dando un paso que hizo retroceder a Leticia.
Ella apretó la llave dorada en su puño.
—Tus hijas están rebeldes. Esa mujer, Rosalía, las manipula y les llena la cabeza de ideas. Solo quería asegurarme de que no ocultasen nada aquí dentro. Es por el bien de la familia.
Alejandro ni parpadeó.
—Esa habitación lleva tres años cerrada. Solo había dos llaves en todo el mundo. Una la guardo yo en la caja fuerte de mi despacho. La otra desapareció el día del funeral de Carmen, mi esposa.
Por primera vez, la máscara de Leticia se resquebrajó. Sus ojos parpadearon. Abajo, en la planta baja, se oyó un sollozo ahogado. Isabel. Lucía. Rosalía. Toda la finca parecía contener la respiración.
—Alejandro, estás exagerando —dijo Leticia, bajando el tono—. Esa mujer te ha puesto en mi contra usando a las niñas. ¿No ves lo que hace? Quiere destruir lo nuestro.
—Lo que vi en las cámaras fue más que suficiente —sentenció él, mirándola como a una extraña.
—Entonces viste cómo Rosalía interfiere en mi autoridad. Viste cómo…
—Vi a una niña de ocho años temblando de miedo cuando tú la tocaste.
Leticia guardó silencio.
—Vi a Isabel protegiendo a su hermana como si tú fueras una amenaza. Y vi cómo amenazabas a Rosalía usando mi nombre.
La mandíbula de Leticia se endureció. Ya no negó los hechos, sino que cambió a la ofensiva.
—Tú no entiendes nada de la vida real —escupió, perdiendo toda dulzura—. Tus hijas necesitan mano firme, disciplina. Rosalía las está convirtiendo en unas inútiles y quejicas. Carmen hacía lo mismo. Por eso nunca supo llevar una finca como esta, era débil.
Mencionar a su esposa fallecida fue la gota que colmó el vaso. Alejandro avanzó, le arrancó la llave de un tirón y abrió la puerta de madera tallada.
—¡No entres ahí! —gritó Leticia, pero ya no sonaba a sugerencia, sino a puro terror.
Al abrir, el olor lo golpeó. No era a encierro, sino a perfume caro, a maquillaje reciente. Alguien había estado entrando. Alejandro dio un paso y se quedó petrificado.
Nada estaba como él lo había dejado. La colcha bordada estaba revuelta. Los cajones del tocador de Carmen estaban abiertos. Las cajas de madera de artesanía, donde guardaba cartas, documentos y joyas de familia, vacías en el suelo.
Pero lo más revelador estaba sobre la cama: una maleta de piel nueva, enorme, llena hasta el borde.
Don Manuel apareció con dos guardias, pero Alejandro alzó la mano sin apartar la vista.
—Que nadie entre —ordenó con la voz quebrada por la rabia.
Se acercó a la maleta y rebuscó dentro. Había sobres llenos de dinero en efectivo. Carpetas con el logo de la bodega. Un joyero de terciopelo que perteneció a la bisabuela de Alejandro. Y bajo todo, un pequeño cuaderno de cuero repujado. El diario de Carmen. El mismo que buscó desesperado durante meses y jamás encontró.
Sintió que el suelo se hundía. Tomó el diario con manos temblorosas.
—¿Dónde lo tenías escondido? —preguntó sin mirarla.
Leticia guardó silencio.
Alejandro abrió el diario al azar. La letra de Carmen lo atravesó como un cuchillo. No eran poemas ni recpero eran anotaciones detalladas de nombres, fechas y cantidades de dinero, y en las últimas páginas un nombre se repetía una y otra vez: Leticia Navarro.