Bajó las escaleras delanteras tan rápido que casi se cayó en el último peldaño, y luego saltó directamente al césped descalza, gritando como si le hubieran prendido fuego. Todos pensaron que estaba loca de remate.
Se lanzó al jardín con un alarido tan estruendoso que los vecinos asomaron la cabeza por las ventanas. Sus risas, mezcladas con palabrotas, resonaban entre las macetas de geranios y los tendederos llenos de ropa. Alguien murmuró: “Esto es de traca”, pero nadie hizo nada para detenerla.
Corrió descalza sobre el césped húmedo, las faldas de su vestido ondeando como banderas en una fiesta de pueblo. “¡Viva la vida!” chilló, levantando los brazos hacia el cielo azul. Un niño que pasaba en bicicleta se detuvo boquiabierto, mientras su madre lo jalaba del brazo, farfullando algo sobre “buenos modales”.
En la terraza de al lado, dos abuelas intercambiaron miradas sobre sus vasos de horchata. “En mis tiempos, esto no pasaba”, dijo una, chupando los hielos con desdén. La otra solo se encogió de hombros. “Bah, déjala. Al menos tiene más salero que esos jóvenes que no sueltan el móvil ni para respirar.”
Siguió corriendo, las risas persiguiéndola como pájaros en primavera. Finalmente, cayó de bruces sobre el césped, jadeando, la cara manchada de tierra y felicidad. Desde la ventana, su madre suspiró, pero sonrió mientras sacudía un trapo contra el marco. “Esta chiquilla…”, murmuró, como si fuera un elogio y una queja a la vez.
Y así quedó, boca arriba, mirando las nubes, mientras el sol de mediodía le doraba la piel. Alguien le tiró un tomate desde un balcón. Ella se rió aún más fuerte, lanzándolo de vuelta con puntería de lanzadora de tortitas en San Fermín.
La calle entera la observaba—unos con escándalo, otros con envidia secreta. Pero ella ya no estaba allí para dar explicaciones. Solo para vivir, despeinada y libre, bajo el cielo español que nunca juzga, solo ilumina.