La oficina de correos de RíoTorcido estaba más bulliciosa que de costumbre esa tarde.
Los hombres se agolpaban en el porche de madera, con sus botas resonando sobre las tablas, sus voces espesas por el polvo y la bebida. Los carromatos crujían. Los caballos resoplaban. En el interior, alguien reía con estridencia.
Elías González permanecía al margen del tumulto, apoyado en un poste para atar caballos, con los brazos cruzados.
Solo había bajado de la sierra dos veces ese año.
El alto y corpulento trampero desentonaba entre comerciantes y buscadores de oro. Su abrigo estaba confeccionado en piel de corzo. Su barba, espesa tras un invierno de absoluta soledad en las alturas.
A Elías le gustaba aquella vida.
La montaña no mentía.
No engañaba.
La gente sí.
Pero aquel día había bajado por algo insólito.
Una esposa.
O al menos… esa era la idea.
Seis meses atrás, uno de los mercaderes que atravesó su valle se lo había sugerido.
“La sierra no es lugar para un hombre que se quiera quedar solo para siempre”, había dicho el comerciante. “Muchas mujeres en el Este buscan marido por estos lares. Novias por correspondencia”.
Al principio, Elías se rio.
Pero las noches de invierno son largas.
Y silenciosas.
Así que escribió una carta.
Y ahora estaba plantado frente a la oficina de correos, donde varias novias por correspondencia habían llegado para los hombres de la comarca.
Pero algo extraño ocurría.
En el interior del edificio, las voces se elevaban, enfadadas.
“¡Lleváosla de aquí!”, gritó alguien.
“¡No he pagado tanto por eso!”
Otro hombre soltó una blasfemia.
Elías frunció el ceño y se acercó a la puerta.
Dentro, un pequeño grupo de hombres rodeaba a una joven que permanecía en el centro.
O más bien… a una joven con un saco de arpillera atado sobre su cabeza.
Sus manos estaban débilmente atadas por delante.
Permaneceba inmóvil.
Como si hubiera aprendido a no luchar más.
Un hombre delgado, con un chaleco elegante, agitaba un fajo de papeles.
“Esta es la última”, anunció. “Si nadie la reclama, la devolveré al Este”.
Un ganadero escupió al suelo.
“¿Por qué lleva la cabeza cubierta, de todos modos?”
El agente se aclaró la garganta, incómodo.
“Su emparejamiento anterior… declinó el acuerdo”.
“¿Por qué?”, preguntó alguien.
El agente vaciló.
“Razones personales”.
Una risotada recorrió la estancia.
“Quiere decir que es fea”, dijo otro hombre, sin rodeos.
Más risas siguieron a la frase.
La mandíbula de Elías se tensó.
La mujer no se movió.
No habló.
Pero algo en su postura—pequeña, silenciosa, esperando que unos extraños decidieran su destino—hizo que algo se retorciera en el pecho de Elías.
“¿Cuánto?”, preguntó de repente.
La estancia enmudeció.
El agente se volvió hacia él.
“¿Está interesado?”
Elías se encogió de hombros.
“Quizá”.
El agente bajó la voz.
“Veinte duros”.
Varios hombres soltaron una risa burlona.
“¡Demasiado por un saco misterioso!”, bromeó uno.
Elías metió la mano en su abrigo y sacó las monedas.
Sonaron con pesadez sobre la mesa.
La sala quedó en silencio.
“Pues bien”, dijo el agente con rapidez, guardándose el dinero, “enhorabuena, señor… ¿?”
“González”.
“Enhorabuena, señor González. Es toda suya”.
Las palabras quedaron flotando en el aire, incómodas.
Elías caminó hacia la mujer.
De cerca, parecía incluso más menuda de lo que había pensado.
Su vestido era de lana gris y sencilla. Sus botas, gastadas hasta la suela.
El saco de arpillera le cubría toda la cabeza, atado con holgura en el cuello.
“Vamos”, dijo Elías en voz baja.
Ella no se movió.
“¿Vienes?”, preguntó.
Una voz suave respondió desde bajo el saco.
“Sí… señor”.
Las palabras sonaban practicadas.
Dóciles.
A Elías le incomodó.
Desató la cuerda que le ataba las muñecas.
“Puedes andar por tu cuenta”.
Ella asintió.
Lenta, la extraña pareja salió a la luz del sol de la tarde.
Cabalgaron hacia el norte, rumbo a la sierra.
Elías iba montado en su caballo mientras la mujer le seguía en una mula mansa.
El saco aún cubría su cabeza.
Elías había visto a varias personas mirándolos fijamente al salir del pueblo.
No podía culparlos.
Un hombre de la montaña guiando a una mujer con un saco en la cabeza era algo extraño, incluso para los estándares de la frontera.
Tras varias leguas, Elías paró finalmente cerca de un arroyo.
Desmontó y se volvió hacia ella.
“Puedes quitártelo ya”, dijo.
Ella se quedó helada.
“No… puedo”.
“¿Por qué no?”
Su voz tembló ligeramente.
“Dijeron… que usted debe decidir primero”.
Elías frunció el ceño.
“¿Decidir qué?”
“Si quiere devolverme”.
El silencio llenó el bosque.
El viento susurraba entre los pinos.
Elías se acercó.
“Señora”, dijo con suavidad, “ya he pagado”.
“No es por eso”.
Sus manos temblaban.
“Dijeron… que la mayoría de los hombres cambian de opinión cuando ven”.
Elías suspiró.
“Quítatelo”.
Ella alzó lentamente las manos y desató el cordel que sujetaba el saco.
Por un momento, no se movió.
Luego, la arpillera se deslizó hacia abajo.
Elías contuvo el aliento.
No porque fuera fea.
Sino porque el lado izquierdo de su rostro estaba marcado por cicatrices.
Antiguas quemaduras se extendían desde su sien hasta la mandíbula, retorciendo la piel en pálidas crestas.
Pero su lado derecho era sobrecogedoramente hermoso.
Ojo azul claro. Rasgos delicados.
Ella observó su reacción con detenimiento.
Esperando.
Preparándose.
“¿Lo ve?”, susurró.
Elías la miró un instante más.
Luego hizo algo inesperado.
Se encogió de hombros.
“¿Y eso es todo?”
La confusión cruzó su rostro.
“¿No… está enfadado?”
“¿Por qué iba a estarlo?”
“La mayoría de los hombres lo están”.
Elías se rascó la barba.
“Bueno, la mayoría de los hombres en esa sala parecían unos necios”.
Ella parpadeó.
“Me llamo Isabel”, dijo en voz baja.
“Elías”.
Permanecieron un momento en pie, con incomodidad.
Finalmente, Elías señaló hacia las montañas.
“Mi cabaña está a unas dos horas en esa dirección”.
“¿Todavía… me lleva?”
“A menos que prefieras volver”.
Isabel miró hacia el camino, a lo lejos.
Luego hacia las imponentes montañas que tenía delante.
“No”, dijo suavemente.
La cabaña se alzaba en un alto valle rodeado de bosques de pino y picos nevados.
Cuando Isabel la vio por primera vez, se quedó mirando con asombro.
“¿Vive aquí solo?”
“Casi siempre”.
La ayudó a bajar de la mula.
En el interior, la cabaña era sencilla pero acogedora.
Una chimenea de piedra.
Una tosca mesa de madera.
Estantes repletos de provisiones.
Isabel entró lentamente, como si pisara un mundo distinto.
“Sé cocinar”, dijo de repente. “Y coser. Y limpiar”.
Elías parpadeó.
“Me alegra saberlo”.
“Trabajaré duro”, continuó nerviosa. “No se arrepentirá—”
“Espera”.
ESe sonrió entonces con toda la cara, cicatrices y todo, y Elías supo que aquel valle nunca volvería a sentirse vacío.