El grito de Gustavo reventó en el vestíbulo como un disparo.
—¡Abre esta puerta giratoria ahora mismo!
Las charlas de los empleados, los teléfonos sonando, incluso el zumbido constante del aire acondicionado… todo se detuvo de golpe. Solo quedó el frío e implacable “bip, bip” de una tarjeta rechazada.
Gustavo Alvarado, heredero principal del imperio textil que llevaba su apellido en letras doradas, golpeó el puño contra la puerta de cristal blindado. Su rostro estaba rojo, una vena le palpitaba en el cuello y un sudor frío le resbalaba por la sien. En su silla de ruedas, empujó los aros con furia, el metal estrellándose contra la barrera de acero como si su furia sola pudiera torcerla.
—¿Estáis sordo, Fernández? —rugió, con una voz áspera, como alguien no acostumbrado a gritar—. ¡Esta empresa es mía! ¡Abrid!
Al otro lado de la cancela, Fernández, el jefe de seguridad—un hombre ancho de espaldas que había visto crecer a Gustavo en esos mismos pasillos—permanecía inmóvil con los brazos cruzados. Su mirada se perdía como buscando una salida que no existía.
—No puedo, señor… —masculló, incapaz de mirarle a los ojos—. Su credencial… está bloqueada en el sistema.
La palabra “bloqueada” le golpeó como una aguja. Gustavo soltó una risa tensa e incrédula que se enredó en su garganta.
—¿Bloqueada? ¿La mía?
Intentó forzar el paso. Retrocedió y luego se lanzó hacia delante. Los reposapiés golpearon la pierna del guardia. Fernández gruñó y se apartó, pero antes de que la barrera cediera, dos guardias jóvenes se interpusieron, formando un muro oscuro.
—Es una orden superior, señor… —añadió Fernández, endureciendo el tono para disfrazar su incomodidad—. Una orden del señor Rodrigo. Dijo que estaba usted despedido. Que… que no estaba en sus cabales.
“No estar en sus cabales”. La palabra flotó, espesa y asfixiante. Los empleados permanecieron quietos. Algunos levantaron sus móviles a la altura del pecho con disimulo. Estaban grabando. La humillación se convertía en un espectáculo en directo.
—¿Eso crees? —Las manos de Gustavo temblaban mientras agarraba la rueda—. ¿Que estoy loco?
Una voz suave, refinada y venenosa flotó desde arriba.
—Qué espectáculo más patético, ¿verdad, primo?
Gustavo alzó la mirada hacia la entreplanta de cristal. Allí estaba Rodrigo Alvarado: traje italiano azul marino, reloj de oro, sonrisa torcida. Parecía un emperador observando la caída de otro desde un palco privado.
—¡Baja aquí y dímelo a la cara! —gritó Gustavo—. ¡La venta se vota hoy!
Rodrigo se ajustó el reloj con calma, como si el mundo no mereciera su prisa.
—La votación es para la junta directiva, Gustavo. No para antiguos empleados inválidos.
Saboreó la palabra “inválido” con deleite cruel. Gustavo sintió cómo el calor le nublaba la vista.
—Voy a votar. La empresa es mía.
—¿Ah, sí? —Rodrigo arqueó una ceja—. Pues sube. La reunión es en la tercera planta. Pero qué mala suerte… tuvimos una sobrecarga. Los ascensores se fundieron.
Gustavo miró el panel del ascensor: oscuro. Una mentira. Una trampa sucia y obvia. Y todos lo sabían. Pero nadie habló.
—Si estás tan decidido a votar… —Rodrigo abrió los brazos teatralmente—. Usa las escaleras. Solo son tres plantas. Demuestra a todos que estás en condiciones de dirigir esta empresa… o quédate ahí llorando.
Y se alejó con una risa corta, dejando tras de sí un silencio cargado de vergüenza ajena.
Gustavo no se detuvo. No valoró la imposibilidad física. Solo sabía que tenía que subir. Tenía que llegar a la cima. Tenía que reclamar algo—aunque solo fuera la última brizna de dignidad.
Trabó las ruedas y se lanzó hacia delante.
Su cuerpo golpeó contra el suelo de granito como un saco. El impacto le arrancó un gemido. El codo se le estrelló contra la piedra fría. A su alrededor había trescientas personas… y ni una sola mano se tendió. Nadie se arrodilló. Ni una voz dijo: “Yo le ayudo”. Solo el brillo de las pantallas capturando su caída.
Gustavo se arrastró hacia delante. Sus piernas pesadas, sin vida, iban tras él. Un hombre adulto moviéndose como un niño que aprende a gatear, pero con el rostro quebrado de alguien que lo ha perdido todo. Se detuvo ante la escalera de mármol blanco. Se alzaba como una montaña.
Intentó levantarse sobre el primer peldaño, con los brazos temblando. No pudo. Su frente golpeó el mármol. Y allí, de rodillas, rompió a llorar. No del dolor físico. Sino de ese otro que te vacía por dentro: la agonía de sentirse más pequeño que nada frente a todos.
De repente, un cubo de agua se derramó, salpicando de desinfectante los zapatos lustrados de un ejecutivo.
—¡Oye, cuidado!
Pero Talía no reaccionó. O quizá lo oyó y decidió no importarle.
Tenía veinticinco años, vestía un uniforme de limpieza gris, algo holgado, guantes amarillos y un pañuelo que sujetaba sus rizos. Estaba unos escalones más arriba, agarrando el palo de la fregona hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Lo había visto todo: la crueldad desde arriba, la cobardía de los guardias, la gente grabando como si fuera entretenimiento… y ahora a un hombre roto en el suelo.
Un recuerdo golpeó a Talía como un puñetazo: su padre en una silla de ruedas, abandonado en los pasillos del hospital, humillado por interminables colas de espera. La llama de la injusticia, de la indignación humana, ardió en su pecho.
—Cobardes… —siseó con los dientes apretados.
Dejó caer la fregona y caminó hacia el centro del vestíbulo. Sus botas de goma resonaban contra el suelo, pesadas y fuera de lugar entre los tacones afilados. Rozó a un joven que grababa; este casi dejó caer el móvil.
Sin pedir permiso, se agachó junto a Gustavo.
—Señor —le llamó, con urgencia en la voz.
Gustavo no levantó la cabeza.
—Vete… —murmuró—. Déjame solo. No me mires.
Se preparó para la lástima. Y la lástima era insoportable. Pero Talía no ofreció lástima. Ofreció acción.
—No te vas a quedar aquí besando el suelo mientras tu primo se ríe de ti —dijo, como una madre regañando a un hijo que se niega a levantarse.
Gustavo alzó los ojos. Vio un rostro sin adornos, sin maquillaje, con ojeras de quien se levanta a las cuatro para coger dos autobuses. Y vio unos ojos—negros, profundos, ardientes.
—¿Quién eres…? —preguntó con voz ronca.
—La que te va a subir ahora mismo. Súbete a mi espalda.
Gustavo la miró, estupefacto.
—Estás loca… Peso… Es imposible.
—Tú estás loco por quedarte aquí —replicó ella—. Rodeame el cuello con los brazos.
Fernández dio un paso al frente, intentando recuperar el control:
—¡Talía! ¡Aléjate! ¡Te van a despedir! ¡Vas a arrupero sí, porque alguien una vez decidió no apartar la mirada.