El aire en la planta treinta y cinco del edificio Arteaga & Asociados no circulaba, sino que se estancaba, denso con el aroma a cera de abejas, cigarros de importación y el ozono de un aire acondicionado de última generación. Más allá de los ventanales de cristal, Madrid se extendía como un lienzo brumoso de castaños en flor y avenidas cubiertas por una tenue capa de contaminación; pero dentro, el mundo se mantenía en silencio, ahogado por el lujo insonorizado del triunfo.
Sofía Mendoza sentía ese silencio apretando sus tímpanos. Alisó la tela de su falda negra —una mezcla barata de poliéster que parecía fuera de lugar frente al mármol italiano del recibidor— y ajustó la correa de su bolso. La voz de su madre, delgada y ronca por la tos que jamás la abandonaba del todo, resonó en su mente: *La frente alta, Sofía. Tienes tanto derecho a estar aquí como cualquiera. Solo procura que no te vean temblar.*
Pero Sofía temblaba por dentro, con el corazón golpeándole el pecho como un pájaro enjaulado.
—Don Arteaga la espera —dijo Carmen, bajando la voz hasta volverla un susurro confidencial. Carmen tenía la mirada cansada de quien ha visto a poderosos caer y levantarse a lo largo de décadas. Se inclinó hacia ella, y su perfume —un aroma floral y penetrante— inundó los sentidos de Sofía—. Un consejo, niña. No le gusta repetir las cosas. Lo que dice una vez, es ley. Y haga lo que haga, no mire los objetos personales de su escritorio. Aquí la curiosidad se confunde con falta de oficio.
Sofía asintió, con la garganta tan seca que no pudo articular palabra. Siguió a Carmen hacia las pesadas puertas de caoba al final del pasillo. Cada taconeo era un latido de cuenta atrás. Aquel empleo era su tabla de salvación. Eran los inhaladores, los especialistas, el alquiler del piso deteriorado en Vallecas y la posibilidad de dejar de revisar la cuenta bancaria con esa sensación de ruina inminente.
Las puertas se abrieron con un leve silbido neumático.
La oficina era una catedral del poder. Bañada en luz y aterradoramente amplia, olía a papel antiguo y cítricos. Fernando Arteaga estaba sentado tras un escritorio tallado en una sola pieza de nogal oscuro. A sus cincuenta y tres años, llevaba la edad como una armadura: las sienes plateadas, la mandíbula tallada en granito y un traje tan perfectamente cortado que parecía fundirse con su piel. No levantó la vista cuando ella entró. Firmaba documentos notariales; el rasgueo de su pluma de oro era el único sonido en la estancia.
—Siéntese, señorita Mendoza —dijo. Su voz era un barítono grave que vibró en el pecho de Sofía.
Ella se sentó al borde de una butaca de piel que había costado más que el entierro de su padre. Observó su mano: el movimiento firme y constante de un hombre habituado a cambiar destinos con un trazo de tinta.
—Sus referencias académicas están… sobrecualificadas para un puesto de secretaria —dijo Fernando al fin, tapando la pluma y alzando la mirada.
Sus ojos no eran marrones y depredadores como Sofía había imaginado en un litigante. Eran de un gris metálico inquietante, velados por una fatigua antigua y profunda. Durante un instante fugaz, cuando sus miradas se cruzaron, su mano vaciló. La pluma resbaló apenas sobre el secante. El aire pareció enrarecer, mareándola.
—Aprendo rápido, señor —consiguió decir—. Y soy discreta.
—La discreción es la única moneda con valor aquí —respondió él, reclinándose. El sol capturó el brillo plateado de su reloj—. No me interesan las conversaciones banales, y menos las excusas. Usted gestionará mi agenda, filtrará mis llamadas y se asegurará de que, cuando yo esté en esta sala, el resto del mundo desaparezca. ¿Estamos de acuerdo?
—Perfectamente.
Comenzó a enumerar instrucciones —números de expediente, nombres de clientes, la temperatura exacta a la que debía estar su café—, pero la atención de Sofía se fragmentó. Sus ojos, traicionando la advertencia de Carmen, se desviaron hacia una esquina del escritorio.
Allí, junto a un pisapapeles de cristal tallado, había un marco plateado. Estaba ligeramente deslustrado en los bordes, fuera de lugar en una habitación donde todo brillaba como nuevo.
A Sofía se le cortó la respiración.
La imagen era de tono sepia, con los bordes desteñidos, pero la figura era inconfundible. Una niña de unos cuatro años, de pie en un claro soleado, vestida con un vestido blanco de encaje torcido, sosteniendo un girasol enorme que le cubría medio rostro.
Sofía conocía ese vestido. Sabía cómo la picaba el encaje en el cuello. Conocía el peso de aquel girasol. Y reconocía la pequeña mancha marrón en la esquina inferior derecha de la foto, donde su madre había derramado una gota de café con leche hacía veinte años.
Era ella.
No una chica parecida. No un juego de luces. Era la misma fotografía que descansaba en la mesilla de noche de su madre, enmarcada en plástico agrietado.
La habitación comenzó a tambalearse. El murmullo de la ciudad pareció atravesar los cristales. La voz de Fernando se convirtió en un eco distante.
—¿Señorita Mendoza?
El tono cortante la devolvió al presente. Se dio cuenta de que estaba de pie. No recordaba haberse levantado. Su mano estaba extendida, el dedo tembloroso apuntando al marco plateado.
—¿De dónde…? —su voz se quebró—. ¿De dónde ha sacado eso?
El rostro de Fernando se transformó. La máscara profesional no se deslizó, se hizo añicos. Su bronceado se volvió cenizo. Miró la foto y luego a Sofía, escudriñando sus rasgos con un hambre desesperada que le hizo querer retroceder.
—Es solo un objeto decorativo —dijo, pero su voz carecía de firmeza. Cubrió el marco con la mano temblorosa—. Un adorno común.
—Eso es mentira —susurró Sofía—. Esa soy yo. Mi madre tiene esa misma foto. La ha guardado desde el día que me la hicieron en El Retiro. ¿Por qué la tiene usted?
Fernando se levantó de golpe, con tanta brusquedad que la silla golpeó el cristal trasero. La miró como si fuera un fantasma. No llamó a seguridad. No la despidió. Solo la observó, con el pecho agitado.
—¿Cómo se llama su madre? —preguntó apenas en un hilo de voz.
—Elena Mendoza. Y si nos ha estado vigilando…
—Elena —repitió él, como si el nombre lo partiese por la mitad. Cayó pesadamente en la silla—. Me dijeron que la fiebre se la había llevado en el invierno del 03. Recibí una carta. Sin remite. Con un recorte de esquela genérico. Decía que no quedaba nada al que volver.
Sofía sintió un frío intenso recorrerle la espalda.
—Yo no morí de fiebre. Nos mudamos. Ella dijo que mi padre era una sombra que no quería ser encontrada. Un hombre de “negocios importantes” sin espacio para una hija.
Fernando levantó la mirada, y Sofía vio lágrimas contenidas brillando en sus ojos.
—La busqué durante tres años. Contraté a investigadores. Gasté hasta el último euro que ganaba como pasante. Pero Elena sabía cómo esconderse. Y luego llegó la carta. Creí que me lo merecía. Pensé que había amado tanto este sitio —esta jaula de cristal— que Dios me la había arrebatado.
El silencio regresó, pero era otro silencio: el de veinte años de duelo equivocado.
Entonces, mientras la tarde dorada caía sobre Cuernavaca, Sofía se dio cuenta de que el orgullo había sido la única barrera que los separaba, y que la verdad, por dolorosa que fuera, siempre encontraba la forma de abrirse paso.