Una noche de enero en Madrid era tan gélida que el aliento parecía helarse en el instante mismo en que abandonaba los labios. Casandra Mora se hallaba arrodillada en el suelo, fregando el suelo de mármol de un baño en el piso doce de un edificio de oficinas, cuando el teléfono en su bolsillo comenzó a vibrar. Echó un vistazo al reloj: las cinco de la madrugada. Nadie llamaba a esa hora a menos que algo fuera mal. Su corazón se encogió al ver el número de la guardería brillando en la pantalla. La voz de la cuidadora al otro lado era plana y distante, como si leyera un comunicado preparado. Lucía había desarrollado fiebre alta desde medianoche. La niña no dejaba de toser. La guardería no podía aceptar a un niño con síntomas de enfermedad. Casandra debía ir a recogerla de inmediato. Antes de que pudiera articular palabra, la llamada se cortó. Se puso de pie de un salto, con la cabeza dándole vueltas. Lucía, su pequeña hija de ocho meses, la única persona que le quedaba en este mundo.
Casandra salió corriendo del edificio sin decir nada a nadie, arrojándose a la gélida oscuridad. Había comenzado a nevar, copos blancos que le azotaban el rostro como diminutas agujas. Corrió tres manzanas porque no tenía dinero para un taxi. Cuando llegó a la guardería, tenía los labios amoratados y las piernas entumecidas. Lucía yacía en brazos de la cuidadora, el rostro enrojecido por la fiebre. Sus débiles llantos sonaban como los de un gatito abandonado. Casandra apretó a su hija contra su pecho, sintiendo el calor que irradiaba el pequeño cuerpo a través de las finas capas de ropa. Su niña ardía en fiebre. Cargó con Lucía de vuelta a su destartalada habitación alquilada en un barrio humilde de Vallecas. La habitación no medía más de diez metros cuadrados, las paredes manchadas de humedad y moho, la ventana sellada con cinta adhesiva porque el cristal se había roto hacía mucho. La calefacción llevaba dos semanas estropeada.
Casandra tendió a Lucía en la cama, la envolvió en mantas y luego abrió el botiquín. Estaba vacío. Había usado el último antitérmico la semana anterior y no había tenido dinero para comprar más. Las lágrimas surcaban sus mejillas mientras veía a su hija retorcerse con el dolor de la fiebre. El teléfono vibró de nuevo. Esta vez era la empresa de limpieza. Casandra respondió y la voz de su supervisor llegó, cortante y enfadada. ¿Dónde estaba? ¿Por qué había abandonado su turno? Casandra intentó explicar lo de Lucía, la fiebre, que necesitaba un día libre. El supervisor la interrumpió. Había un trabajo especial hoy, un cliente VIP, una mansión en La Moraleja. Si no se presentaba, estaba despedida. Sin excepciones.
Casandra quiso gritar. Quiso estrellar el teléfono contra la pared, pero no pudo porque si perdía el trabajo, no tendría dinero para el alquiler, ni para la leche de Lucía, ni para las medicinas. Ella y su hija acabarían en la calle en aquel invierno despiadado. Y Derek, su exmarido violento que la buscaba por toda la ciudad, la encontraría más fácil que nunca. Casandra miró a Lucía, que se sumía y salía del sueño por agotamiento. No tenía a nadie que cuidara de su hija. Tomó la única decisión que podía. Vistió a Lucía con varias capas de ropa, la envolvió en tres mantas y la colocó en la destartalada sillita de paseo que había comprado en un mercadillo por cinco euros. Metió en su bolso un biberón, pañales y antitérmico prestado por una vecina. Luego empujó la sillita fuera de la habitación oscura y salió a la tormenta blanca.
La dirección del mensaje la condujo a La Moraleja. Casandra nunca había puesto un pie allí. Se sentía como una mancha en un cuadro perfecto. Cuando se detuvo frente a la dirección indicada, el corazón casi se le detuvo. Ante ella se alzaba una mansión descomunal, oscura como la noche, con altas verjas de hierro forjado con cabezas de león rugientes. Casandra permaneció frente a la verja un largo momento, sin atreverse a entrar. Lucía se quejaba en su carrito, sus débiles llantos ahogados por el viento y la nieve. Casandra respiró hondo y empujó la pesada verja. Se abrió sin un sonido, como perfectamente engrasada. Un camino de piedra negra la condujo a través de un jardín yermo. Estatuas de piedra se alzaban dispersas a ambos lados. Casandra se estremeció y apretó la manta sobre el rostro de Lucía. La puerta principal de la mansión era de roble macizo. Empujó ligeramente, y la puerta se abrió como si la casa la hubiera estado esperando.
Dentro, el vestíbulo principal era tan vasto como una catedral. El suelo de mármol negro relucía como un espejo que reflejaba su pequeña y perdida figura. Casandra se sintió como una hormiga que hubiera vagado hasta el palacio de los demonios. Algo en aquella casa la aterraba hasta la médula. El aire era pesado y frío, impregnado de un aroma a soledad y dolor. Una fina capa de polvo cubría todo. Lucía rompió en un acceso de tos prolongado. Casandra necesitaba encontrar calor de inmediato. Abrió la primera puerta de la planta baja—un salón, pero el radiador estaba roto. Corrió a la siguiente habitación—un comedor. El radiador allí también estaba estropeado. El pánico comenzó a apoderarse de su pecho. Cogió a Lucía en brazos y subió corriendo la escalera. La habitación de invitados, la biblioteca, la sala de recreo—todo roto. Lucía comenzó a llorar más fuerte. Entonces, al final del pasillo del tercer piso, encontró un estudio con un radiador que soltaba aire caliente.
Casandra casi lloró de alivio. Colocó a Lucía cerca del radiador, le quitó algunas capas de ropa y le dio la medicina. Lucía se calmó lentamente, sus pesados párpados se cerraron. Casandra se guardó el intercomunicador para bebés en el bolsillo y decidió empezar a trabajar mientras Lucía dormía. No sabía que, mientras ella fregaba la escalera en el primer piso, un coche negro y elegante se había detenido fuera y el dueño de la mansión entraba en su propia casa. Casandra estaba arrodillada en el duodécimo escalón cuando oyó el llanto—el llanto de Lucía, pero era un grito de miedo. Casandra soltó la fregona y subió los escalones de un salto. El intercomunicador en su bolsillo no emitía sonido; se había roto. Corrió por el pasillo. El llanto de Lucía cesó. El silencio repentino era aterrador.
Abrió de golpe la puerta del estudio y se quedó helada. Un hombre se encontraba en el centro de la habitación de espaldas a ella, alto, de espaldas anchas, vestido con un largo abrigo negro. En sus brazos estaba Lucía, descansando contra el pecho de un extraño. Casandra vio una pistola negra y lustrosa sobre el escritorio de madera. El hombre se mecía suavemente, emitiendo un bajo sonido de chist. Entonces el hombre se volvió. Su rostro era afilado como el granito, sus ojos del color de una tormenta. Sin embargo, en lo profundo de aquellos ojos, Casandra vio un dolor intenso.
“¿Quién es usted?” Su voz era grave.
“Soy Casandra. Casandra Mora. La mujer de la limpieza. No sabía que usted volvería hoy.”
La estudió. “Esta niña, es suya.”
Casandra asintió, con losbajos y, por encima de todo, un hombre que por fin había encontrado el sentido de su vida.