Paula abrió la puerta de la sala donde había dejado a sus hijas y se quedó paralizada. El multimillonario Benjamín Tavares, el hombre que nunca sonreía, estaba arrodillado en el suelo con un pastel enorme en las manos, cantando el cumpleaños feliz, desafinado, para sus gemelas. Las niñas gritaban de alegría y en ese instante, Paula comprendió que algo imposible estaba ocurriendo.
Lo que no sabía era que ese momento sería el primer paso hacia un final capaz de cambiar sus vidas para siempre. Paula madrugaba cada día a las cinco, café rápido, ducha fría, un beso a sus hijas dormidas y salía corriendo para tomar dos autobuses hasta el centro de Madrid. Era la empleada de limpieza en la oficina de Benjamín Tavares, un magnate del sector financiero.
¿Conoces ese tipo de jefe que ni te mira, que pasa a tu lado como si fueras invisible? Pues ese era él: frío, distante, siempre impecable en su traje y con el ceño fruncido. Un hombre al que respetas, pero del que no te acercas.
Paula tenía dos hijas gemelas, Lucía y Marta, de tres años, la alegría de su vida. Cada mañana las dejaba con Doña Carmen, la vecina del segundo piso, que las cuidaba por un precio que apenas podía pagar. Era ajustado, pero funcionaba. Hasta que un día, justo el día del cumpleaños de las niñas, Doña Carmen llamó temprano. Tenía fiebre alta, no podía cuidarlas. Paula entró en pánico.
Llamar al trabajo y faltar, perder el día. No podía, necesitaba ese emplego más que el aire. Tomó entonces la decisión más arriesgada de su vida: llevó a Lucía y Marta, con una bolsa de juguetes, galletas y zumo, y las escondió en la oficina. Allí, corrió hasta un cuartito al final del pasillo, un archivo donde nadie iba. Colocó una mesita, esparció los juguetes y susurró: “Niñas, quedáos aquí tranquilas, ¿vale? Mamá vuelve pronto. No hagáis ruido, por favor.” Ambas asintieron, con sus ojos grandes y obedientes. Paula cerró la puerta, contuvo la respiración y se puso a trabajar.
Todo iba bien. Hasta que, cerca de las tres de la tarde, Benjamín necesitó unos documentos antiguos. ¿Y adivinas dónde estaban? Exacto, en ese cuartito. Abrió la puerta, entró decidido y se quedó helado. Dos niñitas idénticas, con vestidos rojos y lazos en el pelo, estaban sentadas en el suelo rodeadas de muñecas. Lo miraron con curiosidad, y una de ellas, Lucía, se levantó, corrió hacia él y preguntó con voz dulce: “Tío, ¿has venido a nuestro cumpleaños?”
Benjamín se quedó mudo. Parpadeó varias veces. ¿De dónde habían salido esas niñas? ¿Qué hacían allí? Pero antes de poder reaccionar, Marta ya le había tomado la mano. “¡Ven a jugar con nosotras, tío! Hoy es nuestro cumpleaños.”
Y entonces pasó algo increíble. Aquel hombre serio, adusto, dueño de una fortuna que muchos ni imaginaban, se derritió. Se sentó en el suelo, tomó una muñeca, hizo voces graciosas. Las niñas rieron, y él también, con una risa que ni recordaba tener.
Media hora después, Benjamín salió del cuarto y le dijo a la recepcionista: “Quiero un pastel de cumpleaños aquí en veinte minutos, y globos rosas.” La recepcionista casi se cae de la silla. “Pero señor, tiene reunión con el comité…” “Cancélela.”
Cuando Paula subió corriendo para ver a sus hijas, casi le da un infarto. Allí estaba Benjamín Tavares, el hombre más temido de Madrid, arrodillado, sosteniendo un pastel gigante, rodeado de globos, cantando el cumpleaños feliz, desafinado, mientras Lucía y Marta aplaudían y reían. Paula se puso pálida.
“Señor, puedo explicarlo…” Él se levantó, se limpió las manos en el traje carísimo y sonrió. Por primera vez en dos años, Paula lo vio sonreír de verdad. “No hace falta. Son tus hijas, ¿no?” “Sí, señor. La vecina se enfermó y no tenía con quién dejarlas. Lo siento mucho.” Benjamín alzó una mano. “Respira. Está todo bien. De hecho, si lo necesitas, tráelas cuando quieras. Nos arreglamos.”
Paula no podía creerlo. ¿Estaba soñando? A partir de ese día, todo cambió. Benjamín empezó a visitar el cuartito a diario. Llevaba juguetes nuevos, hablaba con las niñas, preguntaba por la vida de Paula. “¿Cómo haces con dos niñas sola?” Ella, desconfiada al principio, poco a poco se abrió. Contó que el padre de las niñas había desaparecido en el embarazo, que trabajaba desde los catorce, que soñaba con tener una casita propia, aunque fuera pequeña.
Y Benjamín también habló. De la soledad, de vivir en una mansión enorme pero vacía, de cómo el dinero no llenaba el vacío. Lucía y Marta empezaron a llamarlo “tío Benja”, y a él le encantó. Llevaba dulces, libros, hasta que un día apareció con dos bicicletas rosas con rueditas. Paula intentó negarse. “Señor, es demasiado.” Pero él insistió: “Déjame hacer esto, por favor.”
Los meses pasaron y, sin darse cuenta, Paula empezó a sentir algo distinto. Un cosquilleo cuando él se acercaba, una sonrisa tonta cuando elogiaba su comida. Intentaba alejar esos pensamientos. “Qué locura, Paula. Es tu jefe. Es millonario. Tú solo eres la empleada.” Pero el corazón no entiende de lógica.
Hasta que un día, su mejor amiga, Carolina, le soltó: “Cuidado, Paula. Ese jefe está muy metido con tus hijas. Los ricos no regalan cosas por nada. Conozco casos de patrones que intentan quitarles los hijos a las empleadas.”
Paula sintió que el suelo desaparecía. “¡Carol, para ya!” Pero la semilla del miedo ya estaba plantada. Empezó a notar cosas: Benjamín preguntaba mucho por la escuela. Una vez lo escuchó hablar de matrículas escolares. Otra vez, vio una tarjeta de una abogada de familia en su mesa. El pánico la invadió.
Se alejó. Respondía con frialdad, evitaba que las niñas estuvieran con él. Benjamín lo notó. “Paula, ¿pasó algo? ¿Hice algo mal?” “No, señor. Todo está bien.” Pero no era cierto. Una semana después, entregó su renuncia.
Benjamín quedó atónito. “¿Qué? ¿Por qué?” “Necesito buscar otra cosa. Lo siento.” Él la siguió, la encontró en la escalera de su edificio, le suplicó que hablaran. Finalmente, Paula estalló: “¿Quieres quitarme a mis hijas? Estás buscando escuelas, hablando con abogados… ¡No soy tonta!”
Benjamín abrió los ojos como platos. “¿Qué? ¡Jamás haría eso!” “¿Entonces por qué tanto interés?” Él respiró hondo. “Porque me importan. Porque quiero ayudar. Pensé en pagarles una buena escuela, incluso en ser su padrino, pero nunca en quitártelas. ¡Eres su madre!”
Paula rompió a llorar. Tal vez se había equivocado. Tal vez Carolina le había metido miedo donde no lo había. Benjamín dio un paso adelante. “¿Sabes por qué me importan tanto? Porque me enamoré de vosotras tres. De las niñas… y de ti.”
Silencio. Paula lo miró atónita. “¿Qué?” “Te amo, Paula. Y amo a tus hijas. Solo quY años más tarde, en una tarde soleada en el jardín de su casa, mientras Benjamín jugaba con sus nietos y Paula reía al verlos, ambos supieron que el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la forma de vencer hasta los miedos más profundos.