La joven de la empresa y el sorprendente gesto con el aspirante humilde.

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Aquel amanecer, el edificio corporativo de Soluciones Arya en Madrid hervía de actividad. Ejecutivos con trajes perfectamente planchados cruzaban el vestíbulo hablando por el móvil, el aroma del café recién hecho impregnaba el ambiente y las pantallas anunciaban la llegada de inversores internacionales. Todo debía ser impecable.

Tras el mostrador de recepción, Lucía observaba a cada visitante con mirada experta: distinguía al instante quién formaba parte de aquel mundo y quién no.

A las nueve y veinte, la puerta giratoria se movió con lentitud.

Un joven entró con paso dubitativo. Apenas tendría veinticuatro o veinticinco años. Llevaba una camisa limpia, pero deslucida; en una manga se notaba una pequeña rasgadura. Los zapatos parecían haber recorrido media España a pie. En sus manos, apretaba con fuerza una carpeta de aspecto antiguo, marcada por el uso.

Lucía lo miró y su expresión se tensó durante un instante.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó con una amabilidad automática, casi fría.

El chico respiró hondo antes de responder.

—Buenos días. Vengo por una entrevista. Me citaron para hoy… envié mi currículum por internet.

Ella consultó el ordenador y localizó el nombre.

Javier Morales.

Lo leyó dos veces, como esperando haber cometido algún error.

—¿*Usted* viene a una entrevista? —preguntó, esforzándose por no alterar el tono.

—Sí, señorita.

Sin mirarlo directamente, señaló hacia unas sillas al fondo de la sala.

—Espere allí, por favor. Avisaré a Recursos Humanos.

En la zona de espera ya había otros candidatos impecablemente vestidos. Cuando Javier se sentó, uno de ellos murmuró:

—¿Ése también viene a por el puesto?

—Seguro se ha equivocado de empresa —contestó otro entre risas disimuladas.

Javier lo oyó todo, pero no respondió. Sus ojos se clavaron en una gran fotografía en la pared: la directora general de la empresa, Claudia Montero, recibiendo un premio empresarial. Con apenas veintiocho años, era conocida por haber ayudado a su padre a salvar la compañía cuando estuvo al borde de la quiebra.

Unos decían que era exigente. Otros, que era justa.

Mientras tanto, en la tercera planta, Claudia repasaba informes cuando Rodrigo, el jefe de Recursos Humanos, entró en su despacho.

—Ingeniera, hoy concluimos las entrevistas para el puesto de desarrollador.

—Que pasen los candidatos —respondió ella sin levantar la vista.

Abajo, fueron pasando uno a uno los aspirantes mejor vestidos. Veinte minutos después, solo quedaba Javier.

Lucía llamó con cierto recelo.

—Ingeniera… queda un candidato, pero… no da exactamente la talla.

Al otro lado, un breve silencio.

—¿Nombre?

—Javier Morales.

Una pausa corta.

—Que suba ahora.

—¿Ahora mismo?

—Ahora.

Lucía colgó con incredulidad y miró al joven.

—Puede subir. Le esperan arriba.

Los otros aspirantes lo observaron con desconfianza mientras caminaba hacia el ascensor, aferrando su carpeta con ambas manos.

Al llegar al tercer piso, un pasillo en silencio lo guió hasta una oficina con un cristal serigrafiado:

Dirección General — Claudia Montero.

Una auxiliar abrió la puerta.

—Adelante, pase.

Javier llamó suavemente.

—¿Se puede?

—Pase.

La oficina era amplia, bañada por la luz de grandes ventanales. Nada llamativo, solo orden y funcionalidad. Claudia estaba de pie junto a su mesa, con un portátil abierto.

Lo observó sin juzgar, solo evaluando.

—Siéntese, Javier.

Él vaciló.

—Señorita… mi ropa no es la apropiada…

—Le he dicho que se siente.

No sonó dura, sino firme, como dejando claro que allí lo único que importaba era otra cosa.

Javier obedeció, todavía nervioso.

Claudia giró el ordenador hacia él.

—He revisado sus proyectos. No viene de una universidad de renombre, pero su trabajo demuestra talento.

El joven bajó la mirada.

—Aprendí por mi cuenta… haciendo chapuzas.

Ella asintió.

—Mi equipo lleva días con un problema técnico. Puede intentar resolverlo ahora, si quiere.

Javier alzó la vista, sorprendido.

—¿Ahora?

—Ahora.

Durante los siguientes minutos solo se oyó el tecleo. El chico pareció olvidar dónde estaba; sus manos se movían con seguridad, concentrado únicamente en el código.

Claudia lo observaba en silencio, y por primera vez en toda la mañana, esbozó una leve sonrisa.

Porque el talento, pensó, casi nunca viene vestido de etiqueta.

Pero entonces algo cambió.

En la pantalla apareció un mensaje inesperado: error crítico en el servidor principal.

Claudia frunció el ceño. Eso no era parte de la prueba.

Su teléfono vibró al mismo tiempo. Era Rodrigo, desde Recursos Humanos, con la voz alterada.

—Ingeniera, tenemos un problema grave. El sistema interno ha caído. No podemos acceder a la base de datos. Ventas, logística… todo parado.

Claudia miró la pantalla de Javier. Él ya no estaba haciendo el ejercicio. Tenía las cejas fruncidas, analizando líneas de código que no correspondían a la prueba.

—¿Qué está haciendo? —preguntó ella.

El joven tragó saliva.

—Su red… está siendo atacada.

Claudia sintió un vacío en el estómago.

—¿Cómo lo sabe?

—No es un fallo normal. Intentan cifrar los servidores. Si lo logran… lo perderán todo.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez era el director de operaciones.

—Claudia, hay un mensaje en todos los equipos. Piden dinero para liberar la información.

Ransomware.

La peor palabra posible en ese instante.

Aquel día llegaban inversores extranjeros. Si la empresa mostraba vulnerabilidad, el acuerdo millonario se iría al traste.

Claudia tomó una decisión al momento.

—Cierren los accesos externos. Desconecten todo lo que no sea esencial —ordenó por teléfono.

Luego volvió la mirada hacia Javier.

—¿Puede detenerlo?

El joven se quedó inmóvil unos segundos, como si no diera crédito a lo que escuchaba.

—No soy empleado…

—Le he preguntado si puede.

Silencio.

Luego respiró profundamente.

—Puedo intentarlo.

Claudia llamó a su asistente.

—Que traigan a todo el equipo de sistemas. Ahora.

Cinco minutos después, la oficina estaba llena de ingenieros nerviosos mirando sus portátiles. Las pantallas mostraban archivos bloqueados y contadores regresivos exigiendo un rescate.

Y en medio de todos, sentado frente al ordenador de la directora, estaba el chico de ropa humilde.

Algunos empleados murmuraban.

—¿Quién es ese?

—Un candidato…

—¿Un candidato va a salvarnos?

Pero nadie se atrevió a protestar. El tiempo apremiaba.

Javier hablaba mientras trabajaba, casi para sí mismo.

—Entraron por una puerta trasera del sistema… alguien no actualizó un módulo antiguo… ahora se están replicando.

Un ingeniero contestó molesto:

—Eso es imposible.

Javier señaló la pantalla.

—Entonces explique usted eso.

Nadie habló.

La cuenta atrás marcaba quince minutos para que el cifrado fuera total.

Claudia observaba en silencio, conteniendo la presión. Sabía que cada segundo perdido eran millones.

Javier pidió acceso administrativo.

—Necesito permisos totales o no podré hacer nada.

El jefe de sistemas dudó.

—Eso es información sensible.

Claudia intervino.

—Déselos.

—Pero ingeniera…

—Ahora.

Las manos del joven volaron sobre el teclado. Ejecutó comandos, cerró procesos, abrió rutas internas. El sudor le corría por la frente.

El reloj marcaba diez minutos.

—Van rápido —murmuró—. Son buPero en el silencio tenso que siguió, el leve zumbido de los servidores reiniciándose sonó como la más dulce de las sinfonías.

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