Mauricio Vargas había comprendido a lo largo de sus cincuenta años que la vida era una negociación constante. Adquiría empresas al borde del colapso, compraba lealtades políticas, pagaba por silencios incómodos y, cuando la noche se volvía demasiado vacía, adquiría compañía. Sin embargo, existía una sola cosa que su inmensa fortuna, valorada en cientos de millones y resguardada en paraísos fiscales, no había logrado recuperar en cinco años interminables: la capacidad sencilla, casi trivial y milagrosa, de sentir la tierra bajo sus pies.
Aquel sábado por la tarde, el jardín privado del exclusivo Instituto de Rehabilitación “San Rafael” parecía una fotografía de revista de sociedad. El sol se derramaba dorado y perezoso sobre el césped recién cortado, las copas de cristal de Bohemia tintineaban con elegancia, y el whisky de dieciocho años fluía como agua de manantial. En el centro de aquel lujo obsceno, como un monarca en un trono de titanio y cuero negro, se encontraba Mauricio en su silla de ruedas de última generación.
A su alrededor, su corte habitual: Javier, Álvaro y Rafael. Tres tiburones de las finanzas, hombres que medían su valía por la eslora de sus yates y que celebraban cada comentario mordaz de Mauricio con risotadas exageradas. No se reían por su ingenio; se reían por su poder. Y en su mundo, el poder era el único chiste que siempre hacía gracia.
Frente a ellos, el contraste era brutal, casi doloroso. Una niña de apenas diez años, con un vestido de algodón descolorido y zapatos que habían conocido tiempos mejores, sostenía una escoba que parecía demasiado pesada para sus brazos delgados. Se llamaba Lucía. A pocos metros, su madre, Elena, fregaba el suelo de mármol de la terraza con la desesperación de quien anhela volverse invisible, de quien pide disculpas por ocupar espacio. Elena llevaba años limpiando los desórdenes de los ricos, agachando la cabeza y tragándose el orgullo para que a su hija no le faltara un plato de comida o un cuaderno para el colegio.
—Oye, tú —la voz de Mauricio cortó el aire, grave, áspera, cargada de esa arrogancia innata que solo concede el dinero heredado—. Deja de levantar polvo, niña. ¿No ves que estamos bebiendo algo que vale más que tu piso entero?
Lucía se detuvo en seco. Sus pequeñas manos se aferraron al palo de la escoba. Pero, para sorpresa de todos, no bajó la mirada. Sus ojos, grandes, oscuros y profundos como dos pozos de agua antigua, se clavaron en el millonario. No mostraron temor. Ni siquiera odio. Mostraron una curiosidad serena, casi clínica, que irritó profundamente a Mauricio.
—Lo siento, señor Vargas —dijo Elena, soltando la fregona y corriendo hacia su hija para protegerla con su cuerpo—. Ya nos vamos. Lucía, vámonos, por favor.
—No, espera —Mauricio alzó una mano, deteniendo a la madre con un gesto autoritario—. Que se acerque.
Los amigos de Mauricio esbozaron sonrisas, intercambiando miradas de complicidad. Anticipaban el espectáculo. Mauricio aburrido era un Mauricio despiadado, y no había nada que disfrutara más que desmontar la dignidad ajena pieza a pieza.
—Dicen que los niños ven cosas que los adultos no, ¿verdad? —dijo él, girando las ruedas de su silla con un zumbido eléctrico para quedar frente a la niña—. Te he visto mirarme desde que llegaste. Miras mis piernas. ¿Qué pasa? ¿Te doy lástima? ¿Te da pena el pobre ricachón que no puede correr?
Lucía sostuvo la mirada. El viento meció suavemente su pelo revuelto.
—No, señor —respondió con una voz suave pero firme, que resonó de un modo extraño en el jardín—. No me da lástima. Me da pena.
—¿Pena? —Mauricio soltó una risa seca—. ¿Por qué?
—Porque tiene mucho dinero para comprar los mejores zapatos del mundo, pero no tiene adónde ir con ellos. Y porque tiene mucha gente riendo a su alrededor, pero en sus ojos se ve que está completamente solo.
El silencio que siguió fue absoluto, denso como el plomo. Javier soltó una risita nerviosa que murió al instante bajo la mirada fulminante de su jefe. La mandíbula de Mauricio se tensó. Nadie le hablaba así. Nadie. Ni sus socios, ni sus exmujeres, ni sus médicos.
—Qué lista —resopló él, intentando recuperar el control, y una idea perversa, nacida del alcohol y el resentimiento, cruzó su mente—. Muy bien, pequeña filósofa de la limpieza. Hagamos un trato.
Mauricio metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de lino y sacó su talonario. Con un gesto teatral, desenfundó una pluma estilizada, garabateó una cifra y arrancó la hoja con un sonido seco.
—Cien mil euros —anunció, sosteniendo el papel en el aire, ondeando como una bandera de guerra—. Todo tuyo. Para que tú y tu madre salgáis de ese agujero. Para que te compres vestidos nuevos y zapatos que no den pena. Solo tienes que hacer una cosa: cúrame. Hazme caminar. Ahora mismo.
Las carcajadas de sus amigos estallaron como petardos. Álvaro sacó su teléfono de última generación para grabar el momento humillante. Rafael bromeó en voz alta sobre si la niña sabría siquiera contar tantos ceros.
Elena, con los ojos anegados de lágrimas de humillación, intentó tirar del brazo de su hija. —Señor, por favor… no se burle de nosotras. No necesitamos su dinero. Vámonos, hija, por Dios.
Pero Lucía no se movió. Se soltó suavemente de la mano temblorosa de su madre. Dio un paso hacia el millonario. Cogió el cheque de sus dedos. Lo miró un instante, como si fuera un pedazo de papel sin valor, y con una calma que heló la sangre de los presentes, lo rompió lentamente en dos, luego en cuatro, dejando que los trozos cayeran al césped impecable.
—Mi abuela decía que hay cosas que no se pagan, señor Vargas —dijo la niña, y su voz adquirió un tono que parecía venir de un lugar mucho más antiguo que su cuerpo infantil—. El dinero compra camas, pero no el sueño. Compra medicinas, pero no la salud. Y usted… usted no necesita pagar para caminar. Usted necesita dejar de odiarse.
Mauricio se quedó paralizado. La sonrisa burlona se borró de su rostro como si alguien la hubiera limpiado con un trapo. Esa niña acababa de ver algo dentro de él, en un rincón oscuro de su alma que ni los mejores psiquiatras de Zúrich habían logrado tocar. En ese instante, el aire cambió. Ya no era una broma cruel. El tiempo pareció detenerse, los pájaros cesaron su canto y algo eléctrico, denso y misterioso, comenzó a vibrar en el ambiente, presagiando que lo que estaba a punto de ocurrir desafiaría toda lógica y alteraría el destino de todos para siempre.
—¿De qué demonios estás hablando? —susurró Mauricio, su voz perdiendo la fuerza habitual, sonando por primera vez en años como la de un hombre asustado.
—Mi abuela era Remedios García. Era curandera en la sierra, donde no llegan los médicos —explicó Lucía, dando otro paso, invadiendo el espacio personal del magnate—. Ella me enseñó a ver dónde se esconde el dolor verdadero. Me enseñó que el cuerpo grita lo que la boca calla. Y su dolor, señor, no está en sus piernas. Sus piernas están dormidas, no muertas. Su dolor—, está en su memoria.