La mesera que silenció al alcalde con un micrófono.

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Oye, te voy a contar una cosa. El vaso se cayó: La historia de una camarera.

Ella estaba en el salón desde primera hora de la mañana, cuando aún no había llegado nadie. Una mujer alta, delgada, con ojos grises tristes y el pelo oscuro recogido en un moño prieto. Margarita Salazar. Tenía treinta y nueve, pero aparentaba más, con un par de arrugas apenas visibles junto a los labios y una mirada cansada. Camarera de primera del restaurante “El Fénix de Oro” en una ciudad de Castilla. Y también, poeta por vocación, traductora y madre de una hija de doce años a la que criaba sola desde que su marido falleció en un accidente.

No le gustaban los banquetes grandes, menos aún los de funcionarios. Pero el aniversario del alcalde era un evento para el que se llevaban preparando semanas. El propio alcalde, Don Julio Rodríguez de Mendoza, cumpliría veinticinco años en el cargo. Un monumento andante, como le llamaban en la prensa local. Hombre entrado en carnes, con su barriguita y las canas en las sienes que enmarcaban una calva. Sus votantes le querían por las carreteras que arreglaba antes de las elecciones, y le odiaban los que le conocían de cerca: por su grosería, su manía de grandeza y su cinismo, disfrazado de patrioterismo.

A Margarita le asignaron la zona de la mesa principal. Era un privilegio y una maldición a la vez. Le tocaba servir al alcalde y a su círculo más cercano. Se ajustó la blusa inmaculadamente blanca, se colocó el chaleco negro, respiró hondo y entró en su papel: la ejecutante silenciosa, casi invisible, de los deseos de los clientes. “Sé una sombra”, le dijo su instructor hace mucho. “El mejor camarero es un fantasma”.

Los primeros invitados llegaron con retraso, como manda el protocolo para las personalidades. Don Julio entró con todo el boato, como si llegara a su despacho: voz potente, palmadas en la espalda a los subordinados, abrazos con los empresarios de la zona. Llevaba un traje carísimo color noche, pero la corbata ya se le había ladeado un poco. Su mujer, elegante y fría como un témpano, se mantenía a cierta distancia, sonriendo con una sonrisa muerta, aprendida.

Empezó con el cava. Margarita lo servía, llenando las copas con un movimiento diestro y practicado. Cuando se inclinó sobre la copa del alcalde, él la miró por encima de las gafas.

“Cuidado, guapa, que no se derrame”, dijo, y en su voz ya se notaba un deje burlón. “Que esto no es agua del grifo”.

Una risita leve recorrió la mesa. Margarita no dijo nada, solo asintió. La primera marca.

La celebración fue subiendo de tono: brindis, recuerdos, discursos grandilocuentes. Don Julio se fue caldeando, las mejillas se le sonrojaron y la voz se le volvió más alta y basta. Y entonces, pareció que había elegido su entretenimiento para la noche.

Todo empezó con la ensalada. Margarita llevaba una ración grande de “César” y casi resbala con una aceituna que se le había caído a alguien al suelo. El plato se tambaleó, pero lo sostuvo, sin derramar ni una gota de salsa.

“¡Eh, mirad, nuestra yegua ha tropezado!”, gritó el alcalde, señalándola con un dedo engastado en un anillo de oro. “¡Mueve las herraduras con más cuidado, que vas a tirar al jinete!”.

Carcajadas fuertes y desagradables. Margarita sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Dejó la ensalada, sonrió en silencio y se alejó. “Sombra”, se repitió a sí misma. “Eres una sombra”.

Pero Don Julio no cejaba. Cada vez que se acercaba a la mesa era motivo de un nuevo insulto.

Sirvió el plato principal: pato asado.

“¿Esto qué es?”, dijo entrecerrando los ojos, clavando el tenedor en la carne. “¿Un pollo desgraciado? ¿O es que nuestra camarera está hoy así?”.

Ella calló, apretando los dientes. Por dentro, todo se le encogía en un nudo tenso y doloroso. Recordó a su hija, su concierto en el colegio, para el que tenía que comprarle una lazada nueva al día siguiente. Recordó su último trabajo de traducción, un texto técnico complicado por un sueldo modesto. Necesitaba este trabajo. Lo necesitaba desesperadamente.

Cuando llevó las copas limpias, su mano tembló de la tensión y el cristal finamente tintineó.

“¡Oh!”, exclamó el alcalde, alzando su copa. “¡Música! La yegua tocando las campanillas de cristal. ¡Muévete más rápido, que es día de fiesta!”.

Su séquito soltó una risotada, como si les hubieran dado una orden. Algunos invitados apartaron la mirada, incómodos. La mujer del alcalde estudiaba los dibujos del mantel. Margarita atrapó la mirada de un joven empresario; en sus ojos se leía compasión e impotencia. Bajó la vista rápidamente.

El clímax llegó con el postre. Margarita llevaba una tarta enorme con una dedicatoria. Pesaba mucho y tuvo que aminorar el paso.

“Bueno, yegua, ¿estás cansada?”, le llegó a la oreja una voz ronca y ebria. El propio alcalde se giró hacia ella, y su aliento, condimentado con coñac y ajo, le dio de lleno en la cara. “Vamos, vamos, lleva nuestra tarta. Y mira que no se te caiga, que te vas a quedar sin pienso en la cuadra”.

El silencio en el salón se volvió cristalino. Hasta sus lamebotas enmudecieron. Margarita dejó la tarta sobre la mesa. Sus manos temblaban, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra. En ese momento, algo se volteó dentro de ella. Se quemó. Esa parte tranquila, paciente, siempre sumisa de su alma… se quebró. Solo quedó algo frío y afilado, como una navaja.

El alcalde, satisfecho, se levantó para otro brindis. Estaba en racha, lleno de un arrebato de egolatría. Cogió el micrófono que había en la mesa de los discursos.

“¡Amigos! ¡Colegas!”, empezó con grandilocuencia. “¡Veinticinco años no es solo un periodo! ¡Es una época! ¡Una época de creación, de lucha y de victorias!”.

Habló durante otros diez minutos. Enumeró sus logros: nuevos barrios (“que construimos, a pesar de las envidias”), el estadio, el polígono industrial. Habló de su amor por la ciudad, por la gente llana, de cómo “siempre escucha a cada uno”. Margarita estaba junto a la puerta de servicio y escuchaba. Cada una de sus palabras caía sobre ese filo frío y afilado en su interior, como una piedra sobre una muela de afilar.

Finalmente, terminó. El salón estalló en aplausos. Hizo una pausa para los vítores, sonriendo con condescendencia, y le pasó el micrófono a su teniente de alcalde.

En ese momento, Margarita salió de la sombra. No en sentido figurado, sino literal. Dio un paso al frente, se acercó a la mesa con paso calmado y firme y le quitó el micrófono de las manos al atónito teniente de alcalde. Él, sin entender qué pasaba, lo soltó.

En el salón cayó un silencio perplejo. Don Julio se giró, la vio y al principio enrojeció de indignación.

“¿Pero tú qué te crees que estás haciendo?”, le espetó. “¡Devuélvelo ahora mismo!”.

Pero ella ya se había llevado el micrófono a los labios. Y habló. Su vozY su voz, al principio un susurro tembloroso, se hizo fuerte y clara, llenando el silencio expectante del comedor.

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