El abogado la abandonó en el juicio, pero el conserje tomó la palabra para defenderla. Todos se rieron… hasta que descubrieron su increíble secreto.

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Me quedé inmóvil en el centro de la sala del tribunal, con el mango de la fregona aún húmedo en mi mano y el olor a lejía pegado a mi uniforme azul marino. El silencio era tan espeso que se podía cortar. Todas las miradas —desde los periodistas ávidos de escándalo hasta el juez impaciente— se clavaban en mí. Mis dedos, callosos tras quince años fregando suelos de mármol que otros pisaban con zapatos de mil euros, se aferraron con fuerza a aquel palo de madera. Era lo único que me mantenía en pie ante el abismo.

En la mesa de la defensa, Elena Valverde, la empresaria tecnológica cuya fortuna superaba los catorce mil millones de euros, alzó la cabeza. Sus ojos verdes, habitualmente desafiantes, estaban ahora nublados por el terror y la incredulidad. Estaba sola. Completamente sola. El equipo legal de Mendoza & Asociados, esos tiburones que cobraban seis mil euros la hora, simplemente no había comparecido. La habían abandonado frente a una demanda que amenazaba con destruir su vida y su legado.

—Señora Valverde —dijo la jueza Delgado momentos antes, con una frialdad que helaba la sangre—, si carece de representación legal, me veré obligada a dictar sentencia por incomparecencia.

Fue entonces cuando el tiempo pareció detenerse. Yo, el hombre invisible, el “mobiliario” que vaciaba las papeleras y borraba las huellas de los poderosos, di un paso al frente. Mi voz, grave y temblorosa por una mezcla de miedo y una determinación que creía muerta, rompió el silencio como un trueno.

—Yo la defenderé.

Una risa burlona y nerviosa recorrió la sala. La fiscal Carmen Ruiz, con su traje impecable y una sonrisa de suficiencia, soltó una carcajada incrédula. Pero yo no retrocedí. Apoyé la fregona contra el banco, me alisé el uniforme arrugado y caminé por el pasillo central. No andaba como un conserje; lo hacía con la porte de alguien que, en otra vida, había dominado ese mismo escenario.

Elena me miró, buscando un atisbo de locura, pero solo encontró una dignidad serena y unos ojos castaños profundos que escondían una historia de dolor y supervivencia. Nadie en esa sala, ni la arrogante fiscal, ni la desesperada acusada, ni siquiera yo mismo, sabía que aquel simple acto de valentía estaba a punto de destapar una de las conspiraciones corporativas más oscuras de la historia moderna. Lo que parecía un simple juicio por robo de propiedad intelectual era, en realidad, la punta del iceberg de una maquinaria dispuesta a matar para proteger sus intereses.

Sentí el peso de las miradas en mi nuca. Sabía que al cruzar esa barandilla no solo desafiaba al tribunal, sino que me ponía una diana en la espalda y en la de mi hija. Pero al mirar a Elena, vi el mismo pánico que yo había sentido quince años atrás, cuando el sistema me trituró y escupió. Y supe que no podía callarme.

Sin embargo, mientras la jueza examinaba con escepticismo mi vieja licencia de abogado, sacada de una cartera desgastada, sentí un escalofrío. No era solo nerviosismo. Era un presentimiento. Algo en la ausencia de los abogados de Elena, algo en la presunción de victoria de la fiscalía, olía a podrido. Iba a entrar en la boca del lobo, y el lobo ya había enseñado los dientes.

—Señor Gutiérrez —dijo la jueza Delgado, mirando la tarjeta descolorida que acreditaba que yo había sido miembro del Colegio de Abogados de Madrid durante dieciocho años—. Hace quince que no ejerce. ¿Cree realmente estar capacitado para este caso?

—Señoría —respondí con voz firme—, conozco la ley. Conozco el procedimiento. Y, sobre todo, sé lo que es la justicia. Esta mujer merece una defensa, y si sus abogados de “élite” no tienen la decencia de presentarse, entonces lo hará el conserje.

Elena se puso de pie. En ese instante, la diferencia de clases, los miles de millones y el estatus social se desvanecieron. Solo quedábamos dos seres humanos acorralados. —Acepto, Señoría —dijo ella, con la voz quebrada pero decidida—. Acepto al señor Gutiérrez como mi abogado.

La jueza concedió un receso de quince minutos. Quince minutos para preparar la defensa del caso tecnológico más complejo de la década.

Cuando nos sentamos en la mesa de la defensa, separados del resto por una barrera invisible de murmullos y prejuicios, fui directo al grano. —No hay tiempo para formalidades, señorita Valverde. Sus abogados no han “faltado”. Esto está orquestado. Alguien les pagó para que perdieran, o para que no vinieran. Necesito la verdad. No la versión para la prensa, no la para los accionistas. La verdad.

Elena, que había pasado los últimos tres meses rodeada de asesores que solo le decían lo que quería oír, se sintió desarmada por mi honestidad brutal. Me habló de su tecnología: un procesador cuántico que funcionaba a temperatura ambiente. No era solo una mejora informática; era una revolución energética capaz de cambiar el mundo. Y me habló de Nexus Innovations, la empresa pantalla que la acusaba de robo.

El juicio se reanudó. La fiscal Ruiz se paseaba por la sala como si ya fuera la dueña del veredicto, presentando a su testigo estrella, el Dr. Ignacio Mora, un académico que juraba haber escrito el código original que Elena supuestamente había robado.

Me levanté para el contrainterrogatorio. No llevaba un traje caro, sino mi uniforme de trabajo. No tenía un equipo de becarios pasándome notas. Solo tenía mi instinto, afilado por años de observación silenciosa desde las sombras. —Dr. Mora —comencé suavemente—, afirma usted que desarrolló los algoritmos centrales entre enero y marzo de 2021, ¿correcto? —Así es —respondió el testigo con arrogancia. Saqué un papel arrugado de la pila de documentos que Elena me había entregado. —Curioso. Porque aquí tengo su contrato de trabajo con Nexus. Indica que su fecha de incorporación fue el 21 de abril de 2021. Un murmullo recorrió la sala. El Dr. Mora palideció. —Y aquí —continué, alzando otro documento—, están los registros del servidor que muestran que el código se finalizó el 15 de marzo. ¿Podría explicarle al tribunal cómo escribió un código para una empresa en la que aún no trabajaba?

La fiscal Ruiz saltó de su asiento gritando “¡Protesto!”, pero el daño estaba hecho. No me detuve ahí. Con la precisión de un cirujano, desmonté su testimonio, revelando una transferencia sospechosa de 300.000 euros a la cuenta de Mora días antes del juicio. Esa noche, el “abogado conserje” era titular en todos los telediarios. Pero la verdadera batalla se libraba lejos de las cámaras.

Yo, aún con la adrenalina del juicio, me reuní con Elena y su hija Lucía en una pequeña cafetería en Vallecas. Lucía, una joven brillante de veinte años experta en marketing digital, había estado investigando por su cuenta. —Papá, Elena… esto es mucho más grande que una patente —dijo Lucía, girando su portátil para mostrarnos un organigrama complejo—. Nexus es una pantalla. Si sigues el dinero a través de paraísos fiscales, llegas a un solo dueño: Energía Atlántica.

Mi rostro se transformó en una máscara de dolor y furia. Energía Atlántica. La misma corporación que, quince años atrás, había destruido mi carrera y mi reputación cuando intenté denunciar sus violaciones de seguridad. —Quieren matar la tecnología —susurró Elena, comprendiendo por fin la magnitud del ataque—. Si mi procesador funciona, sus combustfósiles quedarán obsoletos en veinte años; no quieren mi dinero, quieren borrarme del mapa.

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