Aquella tarde de domingo, el viento no era un viento cualquiera; tenía ese filo frío de la nostalgia, de esas ráfagas que parecen susurrar al oído nombres que ya no se pronuncian. Para Andrés, el cementerio no era un lugar de paz, sino su única residencia emocional desde hacía justo un año. Sus pasos, lentos y arrastrados, crujían sobre la grava del sendero mientras se acercaba a la lápida de mármol gris en la que el nombre “Lucas” relucía con una crueldad silenciosa.
Un año. Había transcurrido un año entero desde que un cobarde al volante le había arrebatado a su hijo y hubiera huido entre la niebla, dejando atrás un cuerpecito sin vida y un padre destrozado. Andrés depositó las margaritas blancas —las favoritas de Lucas— con la delicadeza con la que se toca una herida sin cicatrizar. Se arrodilló, notando cómo la humedad de la tierra traspasaba el tejido de sus pantalones, y cerró los ojos. En su mente, la imagen de Lucas riendo a la puerta del colegio se repetía una y otra vez, como una película dolorosa que no podía parar. «Perdóname, hijo», murmuró con la voz quebrada por un llanto ya sin lágrimas. «Debería haber llegado antes. Debería haberte protegido».
El silencio del camposanto solo lo quebraba el rumor lejano del viento entre los cipreses. Andrés acarició la fotografía incrustada en la piedra: Lucas sonriendo, con su pelo alborotado y aquella camiseta de rayas rojas, azules y amarillas que tanto le gustaba. Ese pedacito de cerámica era todo lo que le quedaba. O eso creía.
Un crujido de ramas a sus espaldas le hizo volverse, esperando encontrarse con el viejo conserje. Pero no era él. A unos pasos, un niño lo observaba. Era delgado, de piel morena curtida por el intemperie y vestía ropas demasiado holgadas. Sus ojos, grandes y oscuros, tenían esa mezcla de timidez y madurez precoz que solo poseen los chavales que han tenido que crecer deprisa en la calle.
—Hola, señor —dijo el niño, con una voz apenas un hilo.
Andrés se enjugó rápidamente los ojos, molesto por la intrusión. —Hola. ¿Te has perdido, chico? ¿Buscas a tus padres?
El niño negó con la cabeza, sin apartar la mirada de la tumba y después de Andrés. Dio un paso adelante, vacilante, como si caminara sobre cristales. —No, señor. Vengo a ver a mis padres, están enterrados más atrás… Pero pasé por aquí y lo vi a usted.
Andrés asintió, intentando mostrarse amable a pesar del dolor. —Está bien que los visites. Yo vengo a ver a mi hijo. —Lo sé —interrumpió el chico con una serenidad desconcertante—. Solo quería decirle algo… Su hijo me dio esta camiseta ayer.
El tiempo se paró. El corazón de Andrés dejó de latir un instante y después arrancó con una furia desbocada, martilleándole las costillas. Se puso de pie tambaleándose, con los ojos desorbitados. —¿Qué has dicho? —preguntó, con un tono entre la rabia y la incredulidad—. Mi hijo murió hace un año. ¿Te parece gracioso bromear con esto? ¡Lárgate de aquí!
El niño retrocedió asustado, pero no huyó. Se llevó las manos al pecho, agarrando la tela de su ropa. —No es una broma, se lo juro. Ayer estábamos jugando al fútbol cerca de las viejas vías del tren. Él me la dio. Dijo que me traería suerte porque yo tiritaba de frío. Mire…
El chico señaló su hombro. Andrés fijó la vista, luchando contra el vértigo. La camiseta era de rayas rojas, azules y amarillas. Pero lo que le heló la sangre no fueron los colores, sino el desgarrón en la costura del hombro izquierdo. El mismo desgarrón que Lucas se había hecho al trepar por un olivo dos días antes del accidente. El mismo que aparecía en la foto de la lápida.
Andrés cayó de rodillas de nuevo, pero esta vez no por el dolor, sino por el peso de una imposibilidad que se le venía encima. —No puede ser… —balbuceó, tocando la tela de la camiseta del niño. Era real. Olía a polvo y a calle, pero era la camiseta de su hijo—. ¿Dónde? ¿Dónde lo viste?
—En una casa amarilla —respondió el niño, que se llamaba Mateo—. Cerca de las vías abandonadas. Vive allí. Lo vi asomado a la ventana.
La mente de Andrés era un remolino. La lógica le gritaba que era imposible, que había enterrado a su hijo, que había llorado ante un ataúd cerrado porque el accidente había sido… «demasiado impactante para verlo», según los médicos. Pero el instinto, ese fuego visceral que solo conoce un padre, se encendió con una violencia aterradora.
—Llévame —ordenó Andrés, levantándose con una energía que no sentía desde hacía doce meses—. Llévame a esa casa ahora mismo.
Mateo asintió, asustado pero firme. Andrés miró por última vez la tumba fría y silenciosa, y después al horizonte, donde el sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de un rojo intenso. Algo en su interior le decía que esa noche no terminaría en llanto, sino en verdad. No sabía qué hallaría en esa casa amarilla, pero notaba en los huesos que estaba a punto de destapar un infierno para recuperar su cielo.
El trayecto hacia las afueras de la ciudad fue un viaje a través de la angustia pura. Andrés seguía a Mateo por callejuelas estrechas y barrios olvidados, donde las fachadas se desconchaban y las farolas parpadeaban como ojos exhaustos. Cada paso le aceleraba el corazón. ¿Y si el niño mentía? ¿Y si era un error cruel? Pero la camiseta… la camiseta era la prueba irrefutable que le quemaba en la retina.
—Es esa —señaló Mateo, deteniéndose de repente tras un contenedor de basura.
Frente a ellos, aislada del resto de las construcciones por un solar yermo, se alzaba una casa de amarillo desvaído. Las ventanas tenían rejas de hierro forjado y las persianas estaban bajadas, dándole un aire de fortaleza inexpugnable. El viento movía un columpio oxidado en el porche, produciendo un chirrido metálico que erizaba la piel.
—Lo vi en aquella ventana de la derecha —susurró Mateo.
Andrés no esperó. Cruzó la calle con zancadas largas, desoyendo el sentido común. Llegó a la verja oxidada y miró hacia dentro. El jardín estaba abandonado, pero había juguetes esparcidos. Un camión de plástico, un balón deshinchado… y un carrito rojo. Andrés sintió que se le cortaba la respiración. A ese carrito rojo le faltaba una rueda trasera; él mismo se lo había comprado a Lucas.
Se aferró a los barrotes, con las manos temblorosas. —¡Lucas! —gritó, su voz quebrando el silencio de la tarde.
Nadie respondió. —¡Lucas, soy papá!
De repente, la persiana de la ventana que había indicado Mateo se movió ligeramente. Una carita pálida, con el cabello revuelto, asomó durante un instante. Los ojos de Andrés se encontraron con los del niño. El mundo se paró. No era un fantasma. No era un recuerdo. Era él. Su hijo estaba allí, tras un cristal sucio, mirándolo con desconcierto y miedo.
—¡Hijo! —Andrés intentó escalar la verja, desesperado.
Pero la visión duró un suspiro. Unas manosY entonces, la puerta trasera cedió con un crujido sordo, abriéndose desde dentro gracias a las hábiles manos del pequeño Mateo, que les tendía la libertad con una sonrisa tan ancha como el futuro que les esperaba.