¿Quién había ocultado todo aquello en aquel lugar?
Esperanza despertó antes de que el alba se atreviera a rasgar el cielo.
El frío de la Sierra de Gredos se filtraba por las rendijas de la ventana rota, como si la montaña quisiera recordarle su soledad. El aire olía a tierra mojada, a niebla antigua, a abandono. Llevó una mano al vientre. Cinco meses de embarazo. Treinta y cinco años vividos. Cuatro meses de viudez.
Y ninguna certeza.
Ramón había muerto de la forma más callada y cruel: cansado de vivir. Jornadas sin fin bajo el sol, comida escasa, pulmones débiles. Una mañana, simplemente, no despertó. Con él se fue todo: la habitación alquilada cerca del mercado de Ávila, los saludos tibios de los vecinos, las promesas de que “mañana sería mejor”.
No hubo herencia.
No hubo seguros.
No hubo futuro.
Solo un vientre que crecía… y el miedo.
Las primeras semanas, la caridad llegó como suele hacerlo: caliente, generosa, pero breve. Un plato de lentejas. Un manojo de panes. Un “ánimo, hija”. Hasta que la vida de los demás siguió su curso, y la de Esperanza quedó suspendida en el vacío.
Cuando el casero llamó a la puerta para cobrar la tercera renta y ella no pudo pagar, le dio una semana.
—No es personal —dijo—, pero también yo he de comer.
Esa frase se le clavó como una astilla.
Fue entonces cuando oyó el rumor en el mercado.
Dos mujeres hablaban en voz baja, como si la sierra pudiera escucharlas.
—Dicen que hay una casa allá arriba… abandonada.
—Antigua, fea, sin luz, sin agua. Nadie la quiere.
—Por eso la dan casi regalada.
Esperanza no interrumpió. No preguntó. Solo escuchó, con el corazón latiéndole con fuerza, como si hubiera encontrado una última tabla de salvación en medio del naufragio.
Esa misma tarde fue al ayuntamiento.
El funcionario la miró de arriba abajo: la ropa remendada, el rostro fatigado, el vientre prominente.
—¿Está segura, señora? —le dijo—. Aquella casa está en ruinas. El camino es pura cuesta. No tiene servicios.
—¿Cuánto vale? —preguntó ella, firme.
—Tres mil pesetas. Para cubrir los impuestos atrasados.
Tres mil pesetas.
Casi todo lo que poseía.
Aquel dinero no era para una casa. Era para el parto. Para los pañales. Para sobrevivir.
Pero sin techo… nada de eso importaba.
Firmó.
Le entregaron un papel manchado de humedad y un croquis dibujado a mano.
—Suerte —le dijeron—. La va a necesitar.
El camino fue una prueba de fe.
Autobús hasta donde terminaba el asfalto. Luego, tres horas subiendo la montaña. La maleta de cartón parecía pesar el doble. El vientre le pesaba. Le faltaba el aire.
Lloró en dos ocasiones.
Se sentó en cinco.
Cuando por fin divisó la casa, el alma se le encogió.
Era grande, sí… pero herida por el tiempo. Muros de adobe agrietados, ventanas sin cristales, techo hundido. La puerta colgaba de un solo gozne, como un aviso o una despedida.
—Dios mío… —murmuró—. ¿Qué he hecho?
Pero ya no había vuelta atrás.
Aquella noche durmió en el suelo, abrazando su vientre, oyendo cómo el viento se colaba por cada grieta. El silencio era tan profundo que dolía. Lloró hasta que el sueño la venció.
Los días siguientes fueron de pura resistencia.
Acarrear agua desde el arroyo. Barrer el polvo. Tapar agujeros con cartón. Comer poco. Pensar mucho.
Por las noches miraba el cielo. Nunca había visto tantas estrellas. Pensaba en Ramón. En su hija por nacer. En la promesa silenciosa que le hacía cada noche:
—No te voy a fallar.
Fue en la segunda semana cuando volvió a mirar el cuadro.
Colgado en la pared del fondo. Un paisaje antiguo. Polvo. Telarañas.
Al limpiarlo, notó algo extraño. El marco no estaba solo colgado… estaba encajado.
Al tirar de él, el adobe crujió.
Y la pared se abrió.
Un hueco.
Un escondrijo.
Lo que Esperanza halló tras aquella pared cambió su destino para siempre.
No era solo dinero… era una decisión que pondría a prueba su alma.
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Las manos le temblaban mientras retiraba el barro viejo. Dentro halló un fardo envuelto en tela. Luego una caja. Luego… oro.
Monedas. Joyas. Documentos.
Esperanza cayó de rodillas.
No rezó.
No gritó.
Solo lloró.
La carta lo explicaba todo. Escrita por una mujer llamada Josefina Carrasco, viuda también. Sola también. Guardando lo poco que tenía para un futuro que no llegó a ver.
—“Si alguien encuentra esto… que lo use con honradez. El bien no se entierra. Se comparte.”
Esa frase no la dejó dormir durante días.
Podía marcharse.
Podía venderlo todo.
Podía vivir sin temor.
Pero no lo hizo.
Investigó. Buscó. Preguntó.
Y encontró a Carmen Moreno, nieta de Josefina.
Cuando Carmen llegó a la casa y vio el cuadro, lloró.
—Mi abuela… nunca dejó de esperar.
Esperanza le entregó todo. Sin ocultar nada.
Carmen la abrazó con fuerza.
—Usted no halló un tesoro —le dijo—. Usted lo custodiY así, la casa que una vez fue refugio de su soledad, se convirtió en el hogar de todas las esperanzas renovadas.