El millonario regresó sin avisar a su mansión y se enamoró al instante de lo que la niñera enseñaba a sus trillizos. Adrián Delgado se quedó paralizado en el umbral de la puerta. Aún sostenía el maletín de viaje, la corbata desajustada tras dieciocho horas de vuelo desde Shanghái. Había adelantado su regreso porque algo en su pecho le decía que debía estar en casa. Ahora entendía por qué.
En el suelo del dormitorio, la nueva niñera estaba arrodillada sobre la alfombra azul. Su uniforme negro con delantal blanco contrastaba con el suelo de mármol. Pero no fue eso lo que le robó el aliento. Fueron sus hijos. Lucas, Mateo y Daniel estaban arrodillados junto a ella, sus manitas juntas frente al pecho, los ojos cerrados con una paz que Adrián nunca había visto en ellos.
—Gracias por este día —entonó la niñera con voz suave.
—Gracias por la comida que nos alimenta y el techo que nos protege.
—Gracias por la comida —repitieron los tres niños al unísono.
Adrián sintió que las piernas le fallaban.
—Ahora díganle a Dios qué los hizo felices hoy.
Lucas entornó un ojo, miró a sus hermanos y volvió a cerrarlo.
—Me hizo feliz cuando Lucía me enseñó a hacer churros.
—A mí me hizo feliz jugar en el jardín —añadió Mateo.
Daniel, el más callado, tardó en responder.
—A mí me hizo feliz… que ya no tengo miedo por la noche.
El maletín se resbaló de la mano de Adrián y cayó al suelo con un golpe seco.
Lucia abrió los ojos de inmediato. Su mirada oscura se encontró con la suya a través de la habitación. Durante tres segundos que se antojaron eternos, nadie se movió. Los niños también abrieron los ojos.
—¡Papá! —gritó Mateo, levantándose de un salto.
Pero Adrián apenas podía procesar sus palabras. Su visión se nubló. Algo ardiente le quemaba detrás de los ojos.
—Señor Delgado… —Lucía se levantó con gracia, alisando su delantal—. No lo esperábamos hasta el viernes.
—Terminé antes —masculló él con voz ronca.
Daniel y Lucas corrieron hacia él, abrazándole las piernas. Adrián los estrechó casi por reflejo, pero su mirada seguía clavada en la mujer que, en solo cuatro semanas, había transformado a sus hijos.
—¿Quieres rezar con nosotros, papá? —la voz de Daniel temblaba de esperanza.
Adrián no sabía rezar. No recordaba la última vez que había hablado con Dios. Tal vez nunca.
—Yo… tengo que guardar mis cosas.
El rostro de Daniel se ensombreció de decepción.
—Sigan, por favor —dijo Adrián, retrocediendo hacia el pasillo.
Lucía inclinó levemente la cabeza. No dijo nada, pero algo en su mirada lo atravesó como un cuchillo.
Adrián caminó por los pasillos de la mansión con pasos que no sentía. Bajó las escaleras apoyándose en la barandilla como un borracho. Entró en su estudio y cerró la puerta con llave. Solo entonces se dejó caer contra la madera.
Sus hijos habían estado rezando. Sus hijos salvajes, rebeldes, destrozados, habían estado de rodillas, con las manos unidas, hablando con Dios de churros, jardines y noches sin miedo. Daniel había dicho que ya no tenía miedo.
¿Cuándo había empezado a tenerlo? ¿Cuándo había dejado Adrián de darse cuenta? La imagen de los tres niños con los ojos cerrados y expresiones serenas se le grabó en la mente como un hierro candente.
Lucía les había enseñado gratitud, a nombrar sus emociones, a pedir ayuda a algo más grande que ellos mismos. Todo lo que él no había sido capaz de darles.
Adrián se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Su traje de tres mil euros se arrugó contra la madera. Sus zapatos italianos yacían torpes frente a él. Y por primera vez en tres años, desde que su esposa los abandonó sin mirar atrás, Adrián Delgado lloró.
Las lágrimas le quemaban las mejillas. Su pecho se sacudía con sollozos silenciosos, incontrolables. Se tapó la cara con las manos para ahogar cualquier ruido. No supo cuánto tiempo pasó así. Diez minutos. Treinta. Una hora.
Cuando al fin pudo respirar, cuando se secó los ojos con la manga de su camisa arrugada, supo algo con absoluta certeza: había vivido como un fantasma en su propia casa, trabajando hasta el amanecer, viajando tres semanas al mes, evitando la mirada de sus hijos porque le recordaban todo lo que había perdido.
Y una mujer de un pueblo castellano, con su uniforme sencillo y su voz suave, les había devuelto algo que él ni siquiera sabía que les faltaba: fe, esperanza, paz.
Se puso de pie con las piernas temblorosas. Se miró en el espejo del estudio. Ojos rojos, corbata torcida, pelo revuelto. Parecía un hombre que acababa de despertar de una pesadilla de tres años.
Tomó el teléfono y revisó su agenda. Tenía reuniones en Madrid, Barcelona, Milán… Una a una, empezó a cancelarlas.
—Emergencia familiar. No saldré de casa en un tiempo —le escribió a su secretaria.
Colgó y salió del estudio. La casa estaba en silencio. Eran casi las nueve de la noche. Subió las escaleras sin hacer ruido. La puerta del dormitorio de sus hijos estaba entreabierta. Una tenue luz se filtraba por la rendija.
Se asomó con cuidado.
Lucía estaba sentada en una silla entre las tres camas que había juntado contra la pared. Tenía un libro abierto en el regazo, pero no leía. Los tres niños dormían profundamente, sus respiraciones acompasadas y tranquilas.
Alzó la vista y lo vio observándola.
Esta vez, Adrián no huyó.