El Regreso que Destrozó su PasadoY al abrir la puerta, descubrió sentados a sus padres biológicos, a quienes siempre creyeron muertos en un accidente.

6 min de leitura

Regresó para darles una sorpresa a sus padres… pero lo que descubrió lo cambió todo para siempre.

El coche de Leonardo Aguilar surcó la niebla gélida de Montenublo, un pueblo de postal enclavado en la sierra, donde el frío cala hasta los huesos. Había vuelto tres días antes de lo previsto. El acuerdo de negocios se cerró antes de lo esperado, y en su mente solo había una imagen: su padre riendo con aquel “venga, hijo mío” lleno de orgullo, y su madre sirviéndole un café como si con ello pudiera aliviar todo su cansancio.

A don Rogelio y a doña Carmen los trajo desde México cuando su empresa empezó a ir bien. “Ahora les toca vivir tranquilos”, les prometió, convencido de que el bienestar material podía saldar la deuda de cariño. En aquella casa grande con calefacción, jardines cuidados y ventanales amplios, sus padres por fin tendrían lo que nunca tuvieron: paz.

Pero, nada más llegar, algo no cuadraba.

Las luces del salón estaban apagadas. Solo un par de ventanas del piso superior brillaban como ojos agotados. Leonardo frunció el ceño. Eran las ocho de la noche, demasiado pronto para que todos estuvieran durmiendo.

Pulsó el mando de la verja. Se abrió lentamente. Aparcó en el garaje, que conservaba algo de calor. Bajó con la maleta en la mano… y entonces los vio.

Dos figuras humanas estaban sentadas en la nieve, abrazadas la una a la otra en los peldaños de una entrada secundaria. Por un instante pensó que eran personas sin hogar buscando refugio. Pero el corazón se le heló cuando la farola iluminó un rostro que conocía demasiado bien.

—¡No… es imposible! —murmuró.

Eran sus padres.

Don Rogelio tiritaba con una camiseta delgada y un pantalón de pijama, los labios amoratados. Doña Carmen llevaba un vestido de algodón, sin abrigo, con el pelo pegado a la frente por la humedad. Estaban ahí fuera como si los hubieran echado sin darles tiempo a reaccionar.

Leonardo soltó la maleta y corrió hacia ellos. Resbaló ligeramente, se arrodilló y los abrazó a los dos a la vez, como si pudiera darles calor con el simple contacto.

—¡Papá! ¡Mamá! ¿Qué hacéis aquí? ¿Quién… quién os ha dejado fuera?

Don Rogelio alzó la mirada. Las lágrimas se le habían helado en las mejillas.

—Hijo… has vuelto… —su voz era un hilillo—. Tu mujer dijo que ya no podíamos quedarnos dentro.

A Leonardo se le encendió la sangre.

—¿Mariana? —pronunció su nombre con incredulidad. Su esposa, siempre elegante y sonriente, la que en las cenas besaba ceremoniosamente a sus padres—. ¿Qué estás diciendo, mamá?

Doña Carmen se apretó el pecho y rompió a llorar en silencio.

—Nos dijo que habías llamado desde el viaje… que estabas harto… que ya no querías que viviéramos aquí… que estorbábamos.

La palabra “estorbábamos” le partió el alma.

—¡Eso es mentira! ¡Yo jamás diría eso!

Intentó abrir la puerta principal. No cedió. Golpeó. Pulsó el timbre. Nada. Buscó su llave. No entraba.

La cerradura… la habían cambiado.

Alzó la vista hacia la ventana del dormitorio principal. Una silueta se recortó detrás de la cortina. Mariana estaba allí, observando la escena como si fuera una película ajena.

—¡Mariana! —gritó Leonardo—. ¡Abre ahora mismo!

Llamó a su móvil. Oyó el tono de llamada… sonaba dentro de la casa. Ella no respondió.

La nieve empezó a caer con más fuerza. Don Rogelio tosía con sequedad. Doña Carmen ya no podía dejar de tiritar.

Leonardo no lo dudó. Corrió hacia la parte trasera, donde recordaba que había una pequeña ventana del sótano que a veces no cerraba bien. Metió las manos, entumecidas, forzó el marco… y consiguió entrar.

Dentro, la casa estaba caldeada y perfumada, como una burla cruel.

Subió las escaleras y golpeó la puerta del dormitorio.

—¡Abre! ¡Ahora!

Al otro lado, Mariana habló con una tranquilidad aterradora.

—Has vuelto demasiado pronto, Leo.

—¡Mis padres están fuera, en la nieve! ¿Qué clase de persona hace algo así?

—Están bien. No es para tanto.

Esa frase le heló el corazón más que el invierno.

—¡Podrían haberse muerto!

La puerta se abrió solo un palmo, con la cadena puesta. Mariana apareció impecable: maquillaje perfecto, bata de seda, mirada gélida.

—Tienes que entender una cosa —dijo—. Tus padres no pueden vivir aquí eternamente.

—Son mis padres.

—Y yo no firmé para ser cuidadora de mayores —espetó, sin pestañear—. Si quieres jugar a ser el hijo perfecto, adelante… pero no en mi casa.

Leonardo sintió un golpe en el estómago.

—¿Tu casa? Esta casa la compré yo.

Mariana sonrió de forma torcida.

—Ya veremos.

Leonardo bajó sin decir nada más. Abrió la puerta principal por dentro y sacó a sus padres del frío como quien rescata lo más valioso de un naufragio. Los sentó en el sofá, les trajo mantas, les preparó té caliente. Se quedó velándolos toda la noche, escuchando su respiración, sintiéndose culpable por no haber visto las señales.

A las seis de la mañana oyó pasos. Mariana bajó con una maleta como si fuera un día cualquiera.

—Tenemos que hablar —dijo Leonardo, bloqueándole el paso.

—No tengo nada que hablar —respondió ella—. Ya has elegido.

—He elegido salvar a mis padres.

—Pues llama cuando decidas qué te importa más: si ellos o yo.

Y se marchó, dejando que la puerta se cerrara de golpe, como un disparo.

Don Rogelio, ya despierto, se incorporó con esfuerzo.

—Hijo… esto… no ha sido la primera vez —confesó, con vergüenza.

Leonardo lo miró fijamente.

—¿Cómo que no?

—Desde hace semanas nos decía que gastábamos mucho, que estabas cansado… y que una “asistente” venía a vernos.

—¿Asistente? ¿Qué asistente?

Doña Carmen se mordió el labio.

—Una joven… se llama Roxana. Mariana dijo que tú la habías contratado.

Leonardo sintió que algo encajaba… pero como un puzzle siniestro.

Aquel día era martes. Si Roxana venía “todos los martes”, no tardaría en aparecer.

Leonardo no solo esperó a Roxana. También revisó su estudio. Abrió cajones. Encontró papeles fuera de lugar. Una carpeta azul, escondida detrás de las escrituras. La abrió… y se le cortó la respiración.

Formularios de una residencia privada: “Años Dorados”. Los nombres de sus padres ya estaban rellenados. Firmas de Mariana como responsable legal. Informes médicos falsos: “deterioro cognitivo”, “riesgo”, “agresividad”.

Todo era mentira.

Y al fondo… una copia de un acta de defunción con su nombre.

Leonardo se agarró al escritorio para no caerse.

No era un odio improvisado. Era un plan.

Cuando sonó el timbre, su corazón latía con fuerza.

Abrió la puerta con una sonrisa tensa.

Roxana entró con una carpeta bajo el brazo, treinta y pocos años, pelo castaño, acento extranjero.

—Buenos días. Soy Roxana, la asistente al cuidado de sus padres. ¿No está Mariana?

—Salió temprano —mintió Leonardo—. Pase, por favor.

Roxana miró alrededor como quien inspecciona el terreno.

—Sus padres… anoche parecíanSe sentó a su lado en el silencio acogedor, y supo, con una certeza que nacía de las cenizas, que la verdadera fortuna no se mide en cuentas bancarias, sino en la calidez de un hogar donde nunca hay que llamar para entrar.

Leave a Comment