Aurora Mendoza subió por primera vez la gran escalera de la residencia, arrastrando una maleta compacta y con el corazón lleno de esperanza cautelosa. A sus 26 años, recién graduada en enfermería pediátrica, acababa de ser contratada como cuidadora personal de Bruno Alcázar, el hijo de cuatro años del empresario millonario Javier Alcázar, conocido como “El Tiburón”.
La propiedad era impresionante: tres pisos de arquitectura neoclásica rodeados de jardines tan inmensos y cuidados que parecían un parque botánico, con una piscina tan grande que bien podría ser un lago artificial. Pero lo que más sorprendió a Aurora fue el silencio, denso, casi antinatural. Una casa así, con tanto lujo, debería rebosar vida, risas infantiles. En cambio, reinaba una tristeza antigua.
—Debe de ser la nueva cuidadora.
Una voz firme y autoritaria resonó en el vestíbulo de mármol. Era Anselmo Barrios, el mayordomo de la familia desde hacía casi veinte años, un hombre de unos 55 años con porte militar y una mirada escrutadora que la evaluó de arriba abajo.
—Soy Anselmo. Espero que haya leído y memorizado todas las instrucciones que le enviamos.
—Sí, señor, las he leído varias veces —respondió Aurora, recordando el documento detallado. Las normas parecían más propias de una unidad de aislamiento que de una casa.
Bruno supuestamente estaba gravemente enfermo. No podía hacer esfuerzos físicos, los medicamentos debían administrarse con precisión de segundos, no se permitían visitas y nunca podría salir de la mansión. Y había una regla extraña: limitar las interacciones verbales a lo estrictamente necesario.
—El pequeño Bruno está en su habitación, tercer piso, ala oeste —dijo Anselmo sin rastro de calidez—. Cumpla las normas al pie de la letra. Cualquier desviación se reportará al señor Alcázar y su contrato será terminado. Aquí valoramos la discreción y la obediencia.
Aurora asintió, con un nudo en el estómago. Subió la escalera alfombrada, el corazón latiendo con fuerza. Era su primer trabajo importante desde que se graduó. Se había especializado en enfermería pediátrica por una razón personal: había perdido a su hermano pequeño por una enfermedad que los médicos tardaron demasiado en diagnosticar.
Ese día juró que nunca permitiría que un niño sufriera sin hacer todo lo posible por ayudarlo.
La puerta de la habitación de Bruno era de madera maciza, decorada con pegatinas de superhéroes y cohetes espaciales, pero descoloridas, como si nadie se hubiera molestado en renovarlas. Llamó suavemente.
—Bruno, soy yo, he venido a cuidarte.
Silencio.
Abrió la puerta despacio y encontró una escena que le partió el corazón. En medio de una habitación enorme, digna de un hotel de lujo, había una cama king size rodeada de equipos médicos que parecían más un cubículo de hospital que el dormitorio de un niño.
Y en el centro de la cama, casi perdido entre una montaña de almohadas, estaba Bruno. Pequeño, delgado, con el cabello castaño revuelto y unos ojos verdes enormes que contrastaban con su palidez enfermiza. El aire olía a antiséptico y encierro.
—Hola, Bruno. Soy Aurora.
El niño la miró con una desconfianza que le sorprendió. No era la timidez habitual de un niño, sino la resignación de un adulto.
—¿Tú también te vas?
La pregunta, tan simple, estaba cargada de tanta tristeza que Aurora tragó saliva para contener las lágrimas.
—¿Por qué iba a irme?
—Todas las tías se van. Papá dice que es porque estoy muy enfermo.
Aurora se acercó lentamente, como quien se aproxima a un animal asustado, y se sentó en el borde de la cama, manteniendo cierta distancia.
—Bueno, yo soy bastante cabezota. No me iré tan fácilmente. Y además, quiero saber qué enfermedad tienes.
Bruno, sin moverse de su nido de almohadas, señaló una mesita de acero inoxidable.
—Muchas enfermedades. Tomo medicina todo el día.
Aurora se acercó y se quedó helada. Era toda una farmacia: antibióticos, antiinflamatorios, vitaminas en dosis altísimas, jarabes, parches…
—¿Desde cuándo estás enfermo? —preguntó, tomando uno de los frascos.
Bruno intentó contar con los dedos, pero dejó de intentarlo.
—Siempre. Mamá murió cuando yo nací. Papá dice que fue porque me enfermé dentro de su barriga.
Otra vez un niño cargando con culpas que no le correspondían, pensó Aurora.
—No es culpa tuya que tu mamá se fuera al cielo —dijo con suavidad—. A veces los adultos están demasiado tristes para explicar las cosas bien.
—¿Conoces a mi papá?
—Todavía no. Pero me gustaría mucho conocerlo.
Bruno se encogió entre las almohadas. Aurora las observó: había al menos ocho o nueve, todas blancas.
—¿Por qué tantas almohadas? —preguntó con curiosidad profesional.
—El doctor Ramiro dice que las necesito, que tengo que estar acostado todo el tiempo. Me ayudan a respirar.
Aurora frunció el ceño. Un niño de cuatro años no debía estar siempre acostado a menos que estuviera en estado crítico, y Bruno, aunque pálido, respiraba con normalidad.
—¿Te duele al respirar?
—A veces, sobre todo de noche. Y estoy cansado. Y no puedo caminar mucho, me canso.
Aurora lo observó con ojo clínico. Algo no encajaba. Había visto fibrosis quística, cardiopatías congénitas, leucemias… Bruno no presentaba signos claros de ninguna.
—Bruno, ¿cuándo fue la última vez que jugaste en el jardín?
Los ojos del niño brillaron un instante antes de apagarse.
—El jardín… no puedo ir. Es peligroso. El doctor Ramiro dice que podría enfermarme más.
Aurora se intrigó aún más. Aislar así a un niño no era protocolo médico estándar, ni siquiera en casos graves.
—¿Y si leemos un cuento? Tengo uno en mi maleta sobre un dragón que no quería escupir fuego.
Bruno abrió los ojos, sorprendido.
—¿De verdad? ¿No me hará daño?
—Claro que no, Bruno. Leer cura el aburrimiento, que es una enfermedad terrible.
Mientras leía, notó algo extraño: el niño parecía fascinado por su voz, como si no estuviera acostumbrado a la interacción humana.
Media hora después, Javier Alcázar llegó a casa. Alto, de pelo oscuro peinado con precisión, vestido con un traje que costaba más que su coche, pero con una expresión de cansancio y tristeza que ni el dinero ni el poder podían ocultar.
—¿Qué tal el primer día? —le preguntó a Anselmo.
—La nueva cuidadora parece competente, señor. Sigue los protocolos. Ahora mismo está en la habitación.
Javier subió las escaleras con paso cansado.
Encontró a Aurora terminando el cuento del dragón. Bruno estaba más animado que en meses.
—¡Papá!
Bruno le hizo un gesto, pero no intentó levantarse. Javier se acercó, pero se detuvo a dos metros de la cama, manteniendo una distancia reverencial, como si temiera contagiar a su hijo o tocar su dolor.
—Hola, campeón. ¿Qué tal el día?
—La tía Aurora me leyó el cuento del dragón que se hizo amigo del príncipe y no escupía fuego.
—Genial.
Javier miró a Aurora. Sus ojos grises eran inescrutables.
—Gracias por cuidarloY así, entre risas y nuevos comienzos, la familia Alcázar-Mendoza encontró por fin la felicidad que tanto habían merecido.