Mi vida la he construido como una torre de lujo, toda ángulos y control, todo acero y silencio. Cada mañana comienza igual: el mar Mediterráneo frente a mi ático, el espresso puntual al minuto, la corbata que vale más que el alquiler mensual de muchos. Mi nombre, Alejandro Castillo, recorre las salas de juntas como una llave maestra, y las puertas se abren antes de que las toque. La gente me llama disciplinado, visionario, imparable, como si mi corazón fuera una hoja de cálculo que nunca se equivoca. Las oficinas de mi empresa se alzan sobre la costa, donde la luz del sol rebota en el mármol y nadie suda a menos que sea por ambición. Estoy acostumbrado a que los problemas se encogen en cuanto los miro. Acostumbrado a que me obedezcan sin explicaciones. Así que cuando mi limpiadora no se presenta, mi paciencia se quiebra como una fina varilla de cristal.
Empieza con algo pequeño, casi insultante en su sencillez: un rincón impecable que no lo está. Elena Martínez ha limpiado mi planta ejecutiva durante tres años, silenciosa como una sombra, eficiente como una máquina, agradecida como solo se puede estar cuando se necesita el trabajo más que el orgullo. Luego falta un día, luego otro, luego un tercero, cada vez con la misma frase transmitida a través de Recursos Humanos como un escudo. “Emergencia familiar, señor”, dice el mensaje, y la excusa me sabe a edulcorante falso. Me burlo porque en mi mundo, las emergencias se resuelven con dinero o abogados, no con ausencias. Ajusto los gemelos de mi camisa y decido que la única forma de arreglar un “problema de personal” es enfrentándolo directamente. Mi asistente, Laura, intenta suavizar mi tono, recordándome que Elena nunca ha robado tiempo ni confianza. Apenas la oigo porque mi mente ya ha etiquetado la situación como una falta de respeto. En el espejo, practico la mirada fría que uso cuando la gente me decepciona. Luego digo la frase que siempre hace enmudecer la habitación: “Dame su dirección.”
La dirección aparece en mi pantalla como un desafío: Calle de la Palmera 42, Barrio de Triana. Casi puedo oler la distancia entre ese barrio y mi vida de cristal y terciopelo. Me imagino un piso diminuto con familiares gritones y lágrimas dramáticas, el tipo de caos que me he entrenado para evitar. Me digo que lo hago por los estándares, por la disciplina, por el principio de la cosa. No admito, ni en privado, que algo más tira bajo mis costillas, una sensación como un hilo suelto que me niego a tirar. Tuve una hermana una vez, Carmen, y “familia” nunca ha sido una palabra que repose tranquila en mi boca. Pueden pasar quince años y la herida sigue ahí, especialmente cuando el duelo se envuelve en secretos y se entierra bajo el trabajo. Sacudo el pensamiento porque los recuerdos son incómodos, y no me gustan las incomodidades. Laura pregunta si quiero que me acompañe seguridad, y rechazo la idea con una mirada cortante. No necesito guardaespaldas para visitar la casa de una limpiadora, me digo, porque solo voy a confirmar una mentira.
Mi Mercedes negro sale del distrito rico como un tiburón abandonando un acuario limpio. La ciudad cambia por capas conforme conduzco, los escaparates pierden brillo, las calles se estrechan, el aire mismo se vuelve más pesado con calor y polvo. El asfalto se rompe en parches, luego en baches, luego en tramos donde la carretera parece haberse rendido. Reduzco la velocidad, no por respeto sino por necesidad, esquivando charcos que ocultan trozos de hormigón como trampas. Los niños cruzan la calle con pies descalzos y risas estridentes, y los observo como si fueran una especie diferente. Perros callejeros duermen a la sombra de una pared, y hombres mayores se sientan en sillas de plástico como si el tiempo aquí fuera barato. La gente mira mi coche como si fuera un rumor con ruedas, y siento que mi traje caro se convierte en un disfraz incómodo. Mantengo la barbilla alta, negándome a mostrar incomodidad, porque mi identidad se construye sobre nunca parecer inseguro. Cuando llego al número 42, veo una casa azul descolorida con la madera agrietada y la pintura descascarillada, y casi me río del contraste. Luego salgo del coche, y el silencio del barrio se agrupa a mi alrededor como una curiosidad con dientes.
Llamo a la puerta con fuerza, como llamo cuando espero obediencia inmediata. Al principio no hay nada, luego un arrastre, luego voces apagadas, luego el inconfundible llanto débil de un bebé. La puerta se abre lentamente, como si quien está detrás esperara que el mundo desaparezca si se mueve con suficiente cuidado. Elena está allí con un delantal manchado, el pelo recogido en un moño deshecho y sombras bajo los ojos que parecen talladas. No es la trabajadora pulcra e invisible que veo en mi oficina, y la diferencia me enfurece porque prueba que es humana. Su cara palidece cuando me reconoce, como si el miedo le accionara un interruptor. Susurra: “¿Señor Castillo?” como si decir mi nombre pudiera activar una alarma. Suelto mi línea preparada con una calma más fría que el mármol de mi vestíbulo. “He venido a ver por qué mi oficina está sucia hoy”, digo, y oigo lo cruel que sueno, pero no lo corrijo. Ella cambia su cuerpo para bloquear la entrada, y el instinto protector en su movimiento me irrita como un desafío.
Un niño grita desde dentro, no un grito de rabieta sino de dolor, y golpea mis nervios como una sirena de emergencia. Paso de largo junto a Elena antes de que pueda detenerme, porque estoy acostumbrado a que los espacios cedan ante mí. La casa huele a garbanzos, a paredes húmedas y a algo metálico que me recuerda a la fiebre. Mis ojos se adaptan a la penumbra, y noto lo delgado de todo: cortinas finas, muebles endebles, márgenes estrechos de comodidad. En la esquina, sobre un colchón gastado, un niño pequeño tiembla bajo una manta que no parece lo suficientemente abrigada. Su rostro está sonrojado, sus labios secos, y su respiración llega en jadeos cortos y trabajosos que me oprimen el pecho sin permiso. Un bebé gimotea en algún lugar detrás de una cortina, y oigo la voz de Elena quebrarse mientras me ruega que me vaya. No respondo, porque mi atención se fija en lo que reposa sobre la pequeña mesa de comedor como una bomba colocada. Hay una fotografía enmarcada, y en el momento en que la veo, la sangre se me hiela en las venas.
La foto es de Carmen, mi hermana, sonriendo con esa suavidad familiar que el trabajo nunca te enseña. Junto a ella hay un colgante de oro, el que mi familia llamaba una reliquia, el que desapareció el día que la enterramos. Por un segundo, no me puedo mover, porque el duelo no pide permiso para regresar. Mi mano se cierra alrededor del colgante, y tiembla en mi puño como si me reconociera. “¿De dónde sacó esto?” exijo, y el sonido de mi propia voz me sorprende por su crudeza. Elena cae de rodillas como si la pregunta le hubiera quitado la última fuerza. “No lo robé”, solloza, y el miedo en ella es demasiado real para estar ensayado. Noto sus manos, agrietadas y rojas de limpiar y cuidar, y algo en esas manos no encaja con la idea de una ladrona. Ella levanta la mirada, y sus ojos están llenos de un dolor que no es prestado, y eso me confunde más de lo que la ira jamás podría. Luego dice una frase que hace que la habitación se sienta más pequeña: “Carmen me lo dio.”
La miro fij“Se lo dio porque yo soy su hermana, la que todos creyeron muerta en aquel accidente.”