Aleberto Ruiz salió del imponente edificio de cristal en pleno barrio de Salamanca, con la mente ocupada en el informe que debía enviar antes de medianoche. Acababa de cerrar un negocio de treinta millones de euros, los mercados reaccionarían bien, su consejo quedaría satisfecho. Otro éxito. Otro número para sumar a su fortuna de ciento cincuenta millones.
Hasta que la vio.
A mitad de la calle, apoyada en la pared de piedra de una boutique de lujo, dos figuras se perfilaban contra el gris del atardecer. Una manta desgastada, un gorrito de lana, un carrito de supermercado cargado de bolsas. Y, en medio de todo, un abrigo de cachemira beige que Alberto reconocía al instante.
Su corazón se detuvo.
—¿Madre? —susurró, incrédulo.
Isabel Ruiz, de setenta y tres años, la viuda elegante del gran empresario Eduardo Ruiz, estaba sentada en la acera húmeda, temblando. A su lado, casi abrazándola, un joven con barba desaliñada y ojos oscuros, envuelto en capas de ropa gastada. Le había colocado su propia manta sobre los hombros, protegiéndola del viento helado.
El frío de diciembre cortaba como cuchillas. Los primeros copos de nieve se posaban en el pelo blanco de Isabel.
Alberto corrió hacia ellos.
—¡Madre! —se arrodilló frente a ella, sin importarle el traje de Armani ni los zapatos empapados—. Madre, ¿qué haces aquí?
Isabel lo miró con dificultad, como si tardara en reconocerlo. Sus ojos, siempre llenos de determinación, ahora estaban perdidos.
—¿Al… Alberto? —balbuceó—. Me… me perdí… yo iba… yo…
Su voz se quebró. El joven sin hogar la sostuvo con firmeza.
—Tranquila, señora, ya está aquí su hijo —dijo con una calma que contrastaba con su aspecto.
Alberto lo miró con atención por primera vez. Tendría unos veinticinco años, la barba descuidada, la piel enrojecida por el frío. Los dedos le temblaban, pero mantenía la manta sobre los hombros de Isabel.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Alberto, conteniendo la voz.
—La encontré hace media hora —respondió el joven—. Andaba desorientada, no sabía dónde vivía ni cómo se llamaba. Tenía mucho frío, así que la senté y le di la manta. No tengo móvil para llamar a nadie… pensaba ir a la policía.
Alberto tragó saliva. Llamó a su chófer con manos torpes, luego a emergencias. Mientras hablaba, no podía apartar los ojos de la escena: su madre, la mujer que había organizado cenas de gala y vivido entre lujos, aferrada a la manta sucia de un desconocido.
Y ese desconencido, sin nada más que un carrito y una manta, había hecho más por Isabel en media hora que él en meses.
Cuando se llevaron a Isabel en la ambulancia, Alberto se quedó unos segundos en la acera, junto al joven.
Sacó la cartera. Billetes. Muchos.
—Gracias por lo que ha hecho por mi madre —dijo, extendiendo el dinero—. Esto no lo compensa, pero…
El joven miró el fajo de billetes. Alberto esperaba ver avidez, urgencia. En cambio, vio algo parecido a incomodidad.
—No —dijo Jaime, negando con la cabeza—. No lo hice por dinero, señor. Solo… —miró hacia donde había desaparecido la ambulancia— no podía dejarla tirada en el suelo. Cualquiera con corazón habría hecho lo mismo.
Cualquiera con corazón.
La frase atravesó a Alberto como un puñal. Quiso insistir, pero Jaime ya recogía su manta, la sacudía y se la echaba al hombro.
—De verdad, quédese con eso —repitió, con una sonrisa cansada—. Cuide de su madre.
Se dio la vuelta y se alejó por la calle nevada, desapareciendo entre la gente que no lo veía.
Alberto se quedó inmóvil, los billetes en la mano, mientras el viento le azotaba el rostro.
En el Hospital Gregorio Marañón, el diagnóstico cayó como una sentencia.
—Alzheimer en fase inicial —explicó el neurólogo—. Ha tenido un episodio de desorientación severa. A partir de ahora no debería estar sola en ningún momento.
Alberto escuchaba, pero solo veía la imagen de su madre en la acera, junto a aquel chico. Isabel, que nunca salía sin su chófer, que aún insistía en poner flores frescas en su mansión de La Moraleja; Isabel, perdida, sin saber quién era.
Esa noche, sentado en la sala de espera mientras su madre dormía sedada, Alberto abrió el portátil para distraerse. El correo, los informes, las gráficas… por primera vez en años le parecieron insignificantes.
Cerró la pantalla.
En su mente, una y otra vez, aparecía el rostro del chico de la manta.
“Cualquiera con corazón”.
Se dio cuenta, con un golpe de lucidez, de que no sabía si, en el lugar de Jaime, él habría hecho lo mismo.
Pasaron tres días.
Tres días adaptando la casa, contratando enfermeras, reorganizando horarios, cancelando viajes. Los médicos confirmaron lo inevitable: días buenos, días malos, un declive lento.
La primera vez que Isabel lo llamó “Eduardo” en lugar de “Alberto”, él se encerró en su despacho y lloró.
Y en medio de todo, seguía pensando en Jaime.
El miércoles por la tarde, Alberto volvió a la calle Serrano. Caminó sin rumbo, buscando entre portales y cajeros.
Al final, el olor a humo lo guió hasta un callejón. Allí, alrededor de un bidón encendido, cuatro personas se calentaban. Uno de ellos, con la misma manta gris, levantó la vista.
—Jaime —dijo Alberto, sorprendido por su propio alivio al reconocerlo.
El chico frunció el ceño, receloso. Alberto era una figura ajena en aquel lugar: abrigo caro, bufanda impecable, reloj que valía más que todas sus pertenencias juntas.
—Quería hablar contigo —añadió Alberto, levantando las manos en gesto pacífico—. Agradecerte de verdad lo que hiciste por mi madre. Y explicarte.
Se apartaron del grupo. Jaime escuchó en silencio mientras Alberto le hablaba del diagnóstico, del miedo, de la nueva realidad. No hizo preguntas, solo asentía.
—Lo siento mucho —dijo al final—. Es duro ver cómo alguien que quieres se va perdiendo. Mis padres… —miró al cielo plomizo— también se fueron así. Es otra forma, pero el vacío es el mismo.
Alberto lo miró con atención.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintiséis.
—¿Cuánto llevas en la calle?
—Dos años.
No lo dijo con autocompasión, sino con resignación.
Alberto dudó un momento.
—¿Qué hacías antes?
Jaime esbozó una sonrisa amarga.
—Estudiaba Derecho en la Complutense. Quinto año. Estaba a punto de terminar cuando… —se encogió de hombros— mis padres murieron en un accidente. Dejé de ir a clase, perdí el piso. Pensé que sería temporal. Pero sin título, sin familia… —sonrió, sin humor— la calle se te come.
La historia le heló el alma a Alberto. ¿Cuántas personas había ignorado, sin imaginar sus historias?
—Mira, Jaime —dijo finalmente—. No quiero darte lástima. Pero lo que hiciste por mi madre… no lo olvidaré. Y no quiero que esto acabe aquí.
Jaime se tensó.
—Si es por el dinero, ya le dije que…
—No esAlberto extendió la mano y, con una sonrisa que Jaime no había visto en ningún rostro desde hacía años, le ofreció no solo un trabajo, sino un nuevo comienzo.