El cuenco de barro se resbaló de las pequeñas manos de Lucía y golpeó el suelo de tierra. Pero apenas se dio cuenta. Su mirada estaba fija en el hombre que se acurrucaba en el rincón, temblando, sus labios moviéndose en palabras silenciosas que solo él podía oír. “Por favor”, susurró, empujando el cuenco un poco más con su pie descalzo. “Tienes que comer”.
Los otros niños se rieron desde el otro lado de la polvorienta calle. “Lucía está otra vez hablando con el loco de Daniel”, gritó un chico. “A lo mejor ella también está loca”. Lucía les ignoró. Siempre lo hacía. Cada mañana, antes del amanecer, cuando el pueblo aún dormía, guardaba la mitad de su desayuno, a veces su única comida, y se lo llevaba al hombre al que todos llamaban Daniel el Loco.
Vivía bajo el puente roto cerca del río, vestido con harapos que quizás fueron finos en su día, cubierto de tierra y vergüenza. Nadie sabía de dónde había venido. Apareció hacía dos años, hablando con frases entrecortadas, riendo de cosas que nadie más veía, a veces gritando al cielo. Los ancianos del pueblo decían que estaba maldito. Las madres apartaban a sus hijos cuando él vagaba por el mercado.
Los chicos le tiraban piedras, pero Lucía veía algo distinto. Veía cómo le temblaban las manos cuando tenía hambre. Veía la tristeza escondida tras sus ojos confusos. “Aquí hay una persona”, dijo suavemente, colocando el cuenco justo delante de él. “Lo he hecho yo. Está bueno”. Daniel alzó la cabeza de repente.
Por un segundo, sus ojos se aclararon y la miró. Realmente la miró con algo parecido a la gratitud. Luego, la niebla volvió y agarró el cuenco, comiendo como un animal hambriento. Lucía sonrió. “Mañana traeré más”. Se dio la vuelta para irse, con el estómago gruñendo. Los otros huérfanos de la casa de Madre Carmen ya estarían terminando el desayuno.
Tendría que explicar otra vez por qué no tenía hambre. Por qué regalaba su comida al loco al que todos odiaban. “Estás malgastando tu bondad”, le dijo Madre Carmen esa tarde, moviendo la cabeza. Madre Carmen dirigía el orfanato, un pequeño caserón donde doce niños dormían en esterillas y compartían dos comidas al día cuando había suficiente. Era estricta pero justa.
Su rostro estaba surcado por el peso de cuidar de niños que nadie quería. “Ese hombre está más allá de toda ayuda. Lucía, guarda tus fuerzas para ti misma”. “Pero madre, ¿y si él tiene hambre?”. “Todos tenemos hambre, niña”. La voz de Madre Carmen se suavizó. “Tienes el corazón más grande que he visto jamás, pero el mundo te lo romperá si no tienes cuidado”.
Lucía asintió, pero no paró. No podía. Algo en su interior no se lo permitía. El pueblo de Ribera del Río se situaba en el confín del reino, donde las leyes del rey se sentían lejanas y su misericordia aún más. La mayoría de la gente aquí sobrevivía. No vivían. Trabajaban en los campos, vendían mercancías en el mercado e intentaban no buscarse problemas.
Y Daniel el Loco era un problema. “Está empeorando”, dijo don Ramón una tarde en la plaza del pueblo. Era un comerciante adinerado, gordo y ruidoso, el tipo de hombre que creía que su dinero le hacía importante. “Ayer asustó a mi hija, solo mirándola con esos ojos salvajes. Hay que hacer algo”. “¿Qué sugieres?”, preguntó el Alcalde Ojeda, el jefe del pueblo.
Un hombre delgado con un rostro afilado y ambiciones aún más afiladas. “Echadle. No pertenece a este lugar. Probablemente es un ladrón o algo peor”. “Solo está confundido”, dijo Lucía en voz baja desde el borde de la multitud. Iba de paso, camino a casa, pero no pudo quedarse callada. Todos se volvieron a mirarla. Una huérfana de doce años, delgada y menuda, con remiendos en su vestido y barro en los pies. Don Ramón se rió.
Un sonido cruel. “Habla la huérfana. Dime, niña, ¿vas a asumir la responsabilidad cuando le haga daño a alguien?”. “Él no hará daño a nadie”, dijo Lucía, con la voz firme a pesar de que su corazón palpitaba con fuerza. “Solo está perdido”. “¿Perdido?”. Don Ramón se acercó, su sombra cayendo sobre ella. “Está loco. Es peligroso. Eres una niña tonta jugando con fuego”. El Alcalde Ojeda alzó la mano.
“Basta. La chica no quiere hacer daño. Pero don Ramón tiene razón. Debemos vigilar de cerca a este lunático. Si causa problemas de verdad, lo haremos desaparecer”. Lucía sintió cómo se le oprimía el pecho. ‘Desaparecer’ significaba ser golpeado, ser expulsado al bosque, ser abandonado a su suerte. Lo había visto pasar antes con gente que el pueblo decidió que eran un estorbo.
Esa noche, no pudo dormir. Miró al techo del orfanato, escuchando respirar a los otros niños, y tomó una decisión. Ella protegería a Daniel de alguna manera. A la mañana siguiente, le llevó comida como siempre. Pero esta vez, también llevó un cubo de agua y un trapo. “Déjame ayudarte”, dijo con suavidad. Daniel la miró, sus ojos titilando con confusión.
Pero no se apartó cuando ella le limpió con cuidado la cara y las manos. Bajo la suciedad, pudo ver que era más joven de lo que pensaba, quizás treinta años, con rasgos fuertes y cicatrices en sus muñecas que parecían viejas y profundas. “¿Quién eres?”, susurró, sin esperar una respuesta. “Roto”, dijo él de repente, la palabra clara y nítida.
“Roto, roto”. El corazón de Lucía se retorció. “No estás roto. Solo estás herido”. Durante las semanas siguientes, Lucía estableció una rutina. Alimentar a Daniel. Limpiarle cuando él se lo permitía. Sentarse con él cuando parecía asustado. Le hablaba de su día, de los otros huérfanos, de sus sueños de llegar a ser maestra algún día para poder ayudar a niños como ella.
No sabía si él entendía, pero no importaba. Él escuchaba. Podía notarlo por la forma en que su respiración se ralentizaba, por cómo cesaba su temblor cuando ella estaba cerca. Entonces, una mañana, todo cambió. Lucía llegó al puente y encontró a Daniel de pie, realmente erguido, mirando al río con una expresión que nunca antes había visto, casi pensativa.
“Daniel”, llamó suavemente. Él se volvió hacia ella y, por primera vez, sus ojos estaban completamente claros. “¿Por qué?”, preguntó, su voz áspera por el desuso, pero firme. “¿Por qué me ayudas?”. Lucía parpadeó, conmocionada. Nunca antes había pronunciado una frase completa. “Porque… porque necesitabas ayuda”. “Todos los demás me odian”. “Yo no”.
Su rostro buscaba mentiras, trampas. Pero Lucía solo sonrió. La misma sonrisa gentil que siempre le había dado. Algo en la expresión de Daniel se quebró. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se volvió rápidamente, avergonzado. “No te haré daño”, dijo en voz baja. “Te lo prometo. No lo haré. No le haré daño a nadie”. “Lo sé”, dijo Lucía. “Siempre lo supe”, pero el pueblo no lo sabía, y no les importaba aprenderlo.
Tres días después, algo terrible sucedió. El almacén de don Ramón se incendió durante la noche. A la mañana siguiente, la mitad de sus mercancías eran ceniza y humo. Se plantÉl se plantó en las ruinas, con el rostro enrojecido y gritando, exigiendo respuestas.