Iba descalzo, temblando de frío, y nadie se paraba. Hasta que una limpiadora empapada abrió su tupper y un hombre en un coche negro lo vio todo.
Lidia llevaba una bolsa arrugada con las sobras de la cena de la casa donde limpiaba: un trozo de pollo y dos patatas. El autobús se había averiado, la lluvia arreció, y siguió a pie hacia su humilde casa en el barrio de Vallecas, en Madrid, donde Doña Carmen, diabética, esperaba su medicina y algo de comer.
Bajo el toldo de una tienda de lujo, vio a un niño acurrucado. Uniforme caro, mochila empapada, los pies morados por el frío del asfalto. Unos ojos demasiado grandes para tanta pena. Lidia se agachó. “Oye, pequeño… ¿estás solo?” Él solo asintió, tragándose las lágrimas.
“¿Cómo te llamas?” “Marcos”, susurró. “Mi mamá… se murió.” La palabra salió como una piedra. “Mi padre no vino. Intenté encontrar el camino y me perdí.”
Lidia sintió un pinchazo antiguo, recordando el día en que ella también se quedó sin suelo. Abrió la bolsa. Partió el pollo por la mitad, le ofreció una patata. “Siéntate aquí conmigo. No está calentito, pero alimenta.” Marcos dudó, luego comió con prisa, como si el cariño tuviera sabor.
“Tu padre no está enfadado contigo”, dijo Lidia, sosteniendo su carita. “Él siente dolor. Y el dolor nos confunde.” Marcos se derrumbó en un abrazo, sollozando contra el uniforme impecable, ahora manchado de lluvia y esperanza.
El sonido de un frenazo cortó la calle. Un todoterreno oscuro se detuvo. Un hombre salió corriendo, con un traje caro pegado al cuerpo. “¡Marcos!” El niño levantó la cabeza. “¡Papá!” El hombre, Javier Mendoza, un conocido empresario de Barcelona, se paralizó al ver la escena: su hijo en el suelo, comiendo sobras, protegido por una desconocida de manos callosas.
Desde que Elena, su mujer, falleció, Javier se escondía en el trabajo. Aquel día, una reunión se alargó, el móvil se apagó, y perdió la hora. Ver a Marcos allí fue como un golpe de realidad en mitad de la lluvia.
Javier se acercó despacio, sin voz. Lidia se levantó, limpiándose las manos en el delantal. “¿Usted es su padre? Tenía hambre.” Javier miró la bolsa rota y sintió cómo la vergüenza le ardía. “Yo… he fallado.”
Lidia no pidió nada. Solo arregló la mochila del niño y dijo: “Llévele a casa. Un baño caliente. Un cuento antes de dormir. Él le necesita a usted.”
Cuando ella se giró para irse, Javier la llamó: “¿Su nombre?” “Lidia.” Él lo repitió, como quien grada un nuevo comienzo.
Tres días después, Lidia fregaba el suelo del ático de sus jefes y oyó a la señora prohibir que se llevara las sobras. Por la noche, partió pan duro con Doña Carmen y respiró hondo para no llorar.
A la mañana siguiente, un coche sencillo se paró en la callejuela. Javier bajó sin guardaespaldas, con un sobre y una petición. “La busqué. Marcos solo ha vuelto a sonreír hablando de su voz. Quiero ofrecerle un trabajo cuidando de él. Un sueldo justo, un seguro de salud para su madre, y un piso cerca del colegio. No es caridad. Es agradecimiento… y necesidad.”
Lidia miró a Doña Carmen, que le apretó la mano. “Acepta, hija. Dios abre puertas a quien abre el corazón.”
Lidia aceptó. Y aquel primer día, Marcos corrió hacia ella como si corriera hacia casa.
“Si crees que ningún dolor es mayor que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y dinos también: ¿desde qué ciudad nos ves?”.