Ricardo era un empresario arrogante. Cinco años atrás, había echado de su casa a su primera esposa, Lucía.
¿Por qué? Porque Lucía era “demasiado sencilla”. No sabía vestirse elegante, no tenía vida social y era “solo una ama de casa”. Ricardo se aburrió. Quería una “mujer trofeo” para presumir ante sus socios.
—¡Fuera de aquí! —le gritó aquella vez—. ¡No sirves para nada! ¡No contribuiste a mi éxito! ¡Búscate otro lugar donde vivir!
Lucía se marchó entre lágrimas, cargando sus pertenencias en una bolsa de basura. Lo que Ricardo no supo esa noche fue que Lucía estaba embarazada.
**Cinco años después**
Ricardo era aún más rico. Y ahora iba a casarse con Verónica, una modelo e hija de un político. Era la boda de sus sueños.
Por pura arrogancia, decidió enviarle una invitación a Lucía. Encontró su dirección en un pequeño piso de provincias.
*Para Lucía,*
*Ven a mi boda. Quiero que veas la vida maravillosa que tiraste a la basura.*
*Ponte tu mejor vestido (si es que tienes uno).*
*La comida corre de mi cuenta.*
Solo quería restregarle en la cara su éxito:
*Mírame ahora… y mírate tú.*
**El día de la boda**
El lugar era un exclusivo jardín en Marbella. Los invitados eran pura élite: trajes de gala, vestidos de diseñador y joyas carísimas por todas partes.
Ricardo esperaba en el altar a Verónica, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia la entrada, buscando a Lucía.
—¿Crees que esa mendiga se atreverá a venir? —susurró a su padrino—. Seguro viene con chanclas, muerta de vergüenza.
Se rieron.
De pronto, un potente rugido de motor resonó afuera.
No era el ruido de un coche cualquiera.
Era el sonido de una fortuna descomunal.
Todos miraron hacia la puerta.
Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo frente a la alfombra roja: un coche valorado en más de dos millones de euros, aún más caro que el del novio.
—¿Quién es? —murmuraban los invitados—. ¿Hay algún multimillonario en esta boda?
El chófer, de uniforme, abrió la puerta y ayudó a bajar a una mujer.
Lucía.
Llevaba un vestido rojo de terciopelo que ceñía su figura. Un collar de diamantes brillaba en su cuello. Su rostro era hermoso, elegante y lleno de seguridad.
—¿Quién es? —¿Alguna famosa?
Ricardo se quedó paralizado.
Reconoció ese rostro.
Más radiante. Más refinado. Más poderoso.
Era Lucía.
Pero no estaba sola.
Abrió la puerta trasera, y dos niñitas bajaron.
Gemelas.
De unos cinco años, vestidas de blanco como angelitos.
Y sus rostros…
Los familiares de Ricardo contuvieron el aliento.
Las niñas eran inconfundiblemente suyas. Los mismos ojos. La misma nariz. El mismo mentón.
Lucía avanzó por la alfombra tomando de la mano a las gemelas. El taconeo sonó como martillazos en el pecho de Ricardo.
Ningún guardia se atrevió a detenerla.
Se detuvo en medio del pasillo y miró fijamente a Ricardo, que palidecía y temblaba.
—¿Lucía? —susurró—. ¿Eres tú?
Lucía sonrió con calma.
—Hola, Ricardo. Gracias por la invitación. Dijiste “ponte tu mejor vestido”, ¿no? Solo seguí tus instrucciones.
—Y… ¿quiénes son ellas? —señaló a las niñas.
—Mira y Martina —dijo Lucía con serenidad—. Tus hijas. Las que llevaba en mi vientre cuando me echaste a la calle como a un perro.
El lugar estalló en murmullos.
—¿Estaba embarazada?
—¿Abandonó a su esposa?
En ese momento, llegó la novia Verónica, furiosa al ver que alguien le robaba el protagonismo.
—¡Ricardo! ¿Quién es esta mujer? ¿Y qué hacen estos niños aquí? —gritó—. ¡Echadlos! ¡Esta es MI boda!
Ricardo miró a Verónica, luego a Lucía, luego a las gemelas.
Su mente cambió en un instante.
Lucía era rica.
Lucía era deslumbrante.
Lucía le había dado descendencia.
Y él sabía que Verónica no podía tener hijos.
Se acercó a Lucía.
—Lucía… —dijo en voz baja—. ¿Son mías? ¿Eres adinerada ahora? Quizá podamos hablar. Reconstruir nuestra familia… por las niñas.
Lucía se rio.
Una risa fría, burlona.
—¿Reconstruir? —dijo—. Ricardo, no vine para volver contigo. Vine a darte un regalo de boda.
Sacó un documento de su bolso de lujo.
—¿Qué es esto? —preguntó Ricardo.
—Lee —contestó Lucía.
Ricardo lo leyó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El papel se le cayó de las manos.
—N-no… no puede ser…
Verónica lo recogió y leyó en voz alta:
*ACTA DE ADQUISICIÓN*
*Por la presente, se comunica que LUCÍA S.A. ha adquirido el 51% de las acciones de RICARDO GROUP.*
*La nueva propietaria, Sra. Lucía, procede a congelar todos los activos y destituir al CEO Ricardo, con efecto inmediato.*
Silencio.
—¿Qué significa esto? —chilló Verónica.
Lucía se dirigió a todos.
—Significa —dijo con claridad— que la empresa de la que tanto te enorgulleces, Ricardo, ahora es mía.
El dinero que gastaste en esta boda está bloqueado.
La mansión donde planeabas vivir está embargada.
Se inclinó hacia Ricardo.
—Cuando me desechaste, trabajé. Construí mi propio imperio. Convertí mi dolor en combustible. Y cuando supe que te casabas —y tuviste el descaro de invitarme para humillarme— compré tu empresa. Para que hoy… te quedases sin nada.
Se giró hacia Verónica.
—Y tú, Verónica, si aún quieres casarte con él, adelante. Pero aviso: ahora está en bancarrota. Hasta el pago de este lugar será rechazado en unas horas.
Verónica palideció.
Miró a Ricardo.
—¿Es cierto? ¿Ahora eres pobre?
—Cariño, puedo explicarlo—
—¡No quiero oírlo! —arrancó su velo y se lo lanzó—. ¡No me caso con un hombre arruinado! ¡La boda se cancela!
Salió furiosa.
Ricardo se quedó solo en el altar: sin novia, sin dinero, sin empresa.
Miró a las gemelas con ojos temblorosos.
—Mis hijas… soy vuestro padre…
Lucía apartó suavemente a las niñas.
—Vamos, chiquillas. No hablamos con desconocidos —dijo.
—Adiós, señor —dijo una de las gemelas, saludando con inocencia.
Lucía regresó al Rolls-Royce bajo las miradas atónitas de todos. Ricardo se derrumbó de rodillas, llorando, comprendiendo demasiado tarde que había despreciado a la mujer que se convirtió en reina de su vida, cambiándola por un sueño que se tornó en pesadilla.
**Moraleja**
Al final, Ricardo aprendió:
La mejor venganza no es gritar.
Ni pelear.
Es triunfar tanto que quien te hizo daño se vuelve un extraño en su propia historia.