Capítulo 1: El Peso del Vacío
El silencio en la oficina de Arturo Gallardo, en el piso 72, era un peso tangible. Se posaba sobre él como una manta pesada y fría, reflejando el cielo invernal de Madrid tras los ventanales de suelo a techo. Aquel despacho, otrora el centro de mando de un imperio inmobiliario que había moldeado el perfil de la ciudad, ahora parecía un mausoleo. Las estanterías de caoba estaban vacías, las paredes desnudas de cuadros, y los sillones de cuero—todos menos el que él ocupaba—habían desaparecido.
Arturo, de 72 años, era un fantasma en su propia vida.
Hace un año, Estela estaba aquí. Entraba con prisa, oliendo a aire fresco y a ese perfume caro y discreto que él le regalaba cada Navidad desde hacía cincuenta años. Dejaba su viejo maletín de cuero sobre el escritorio de millones, ignorando las protestas de sus asistentes, y le decía que trabajaba demasiado.
Hace un año, Estela había muerto. Un aneurisma repentino que se la llevó en menos de doce horas. Y con ella, se fue el color del mundo de Arturo.
Ahora, según los periódicos, estaba “perdiéndolo todo”. Pero se equivocaban. No lo estaba perdiendo. Lo estaba regalando. Desprendiéndose de ello. Liquidaba su obra de vida: la Torre Gallardo, los complejos residenciales, la colección de arte y, lo más doloroso, su querida casa familiar a orillas del río. Se estaba borrando, porque sin ella, el cuadro no tenía sentido.
“Padre, tenemos que terminar”.
Arturo alzó la cabeza. Su hijo, Rodrigo, estaba junto al escritorio, su reflejo recortado contra el cielo gris. Rodrigo, a sus 45 años, era todo lo que Arturo solía ser: pragmático, implacable y alérgico al sentimentalismo. Para él, este proceso no era una tragedia, sino un disparate emocional, un desmoronamiento catastrófico de su legado.
“La subasta de los activos corporativos empieza a las dos”, insistió Rodrigo, golpeando su tablet con el lápiz. “Los documentos de disolución final solo necesitan tu firma. Aquí”.
Deslizó un grueso montón de papeles sobre el escritorio vacío.
Arturo tomó la placa dorada—un regalo de un alcalde ya fallecido—y su mano, antes firme, tembló. Cada firma era un puñado de tierra sobre un ataúd. El suyo.
“Esto es un error, padre”, dijo Rodrigo, con la voz tensa. “El dolor te nubla el juicio. Estás destruyendo lo que tú—lo que nosotros—construimos”.
“Lo que yo construí, Rodrigo”, replicó Arturo, con voz áspera. “Es solo cristal y acero. No significa nada”.
“¡Significa todo!” Rodrigo se paseó, sus costosos zapatos amortiguados por la gruesa alfombra. “Es nuestro apellido. Y lo estás quemando porque estás triste”.
Triste. La palabra sonaba a insulto. Como llamar marejada a un tsunami. Arturo no estaba triste. Estaba vacío. Como un edificio despojado hasta los cimientos, esperando la bola de demolición.
Firmó otra página. *Gallardo Inmobiliaria, S.A. Disuelta*.
“Ella no habría querido esto”, probó Rodrigo, cambiando de táctica.
“No te atrevas a decirme lo que ella habría querido”, cortó Arturo, con un destello de ira—el primero en meses. “No tienes ni idea”.
Rodrigo se tensó, pero endureció la mirada. “Bien. Como quieras. Pero en una hora, todo habrá terminado. Estés presente o no, la subasta seguirá adelante. Esto es el final”.
Arturo lo ignoró, su mente volviendo al hospital. El olor a desinfectante. El sonido inútil de los monitores. El momento en que los apagaron. El caos. Y en medio de todo, se dio cuenta de que sus cosas habían desaparecido. Su abrigo, su bolso y aquel maletín de arquitecta.
Ese maletín.
Había sido su primer regalo para ella. Él era un delineante júnior; ella, la arquitecta estrella de la competencia. Era de cuero ajado, y lo llevó consigo durante cincuenta años, mucho después de poder permitirse los bolsos más lujosos del mundo. Era ella.
Había desaparecido de la habitación. Robado, supuso. Un pequeño y cruel robo más en un universo que le había arrebatado todo. Nunca supo qué había dentro. Solo sabía que era lo último que ella había tocado.
“Padre. Los papeles”.
Arturo miró abajo. Una firma más. A punto de estampar su nombre, el intercomunicador—uno de los pocos objetos que quedaban—sonó.
Rodrigo lo cogió. “¿Qué? Dije que no había interrupciones”.
La voz de su antigua asistente, Marta, sonó vacilante. “Lo siento, señor Gallardo… ambos. Hay una… niña aquí. En recepción. Dice que tiene algo para el señor Gallardo padre. Algo… de la señora Gallardo”.
Rodrigo resopló. “Una timadora. Es el último día, los buitres rondan. Que se vaya. Llama a seguridad”.
La mano de Arturo, todavía sosteniendo la pluma, se detuvo. Alzó la vista, clavando los ojos en el intercomunicador. “No”, dijo.
Rodrigo se volvió. “Padre, no seas ridículo. Es una estafa”.
“Hazla subir, Marta”, ordenó Arturo, su voz baja pero inapelable. “Ahora mismo”.
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Capítulo 2: La Guardiana del Maletín
A nueve kilómetros de distancia, en un pequeño piso de dos habitaciones en Vallecas, Rosa Sánchez dormía profundamente. Un sueño pesado, agotador, el de una mujer con dos trabajos de limpieza. Su turno de noche en el Hospital San Carlos había terminado a las seis de la mañana, y su turno en las plantas ejecutivas de la Torre Gallardo no empezaría hasta dentro de cuatro horas.
Soñaba, como a menudo, con el maletín.
Hace un año, fue ella quien limpió la habitación privada en la planta VIP después del caos. Después de que el famoso multimillonario destrozado y su familia se fueran. Era solo otra habitación que acondicionar, otra tragedia en un lugar lleno de ellas. Al recoger las sábanas, lo vio.
Escondido tras un biombo, un viejo maletín de cuero marrón.
No tenía identificación. Se lo llevó a la enfermera jefe. “Ponlo en objetos perdidos, Rosa. Si lo quieren, llamarán”.
Y así lo hizo. Lo dejó en el cuarto de seguridad del sótano.
Una semana después, limpiando esa misma oficina, vio el contenedor rebosante. El maletín seguía allí. Nadie lo había reclamado. La familia adinerada lo había olvidado. En un impulso inexplicable—pensando que quizás contenía fotos u objetos personales—lo guardó en su bolso.
Encontraría al dueño. Lo devolvería ella misma.
Pero esa noche, en su otro trabajo en la Torre Gallardo, oyó los rumores de las secretarias. Cómo el señor Gallardo estaba destrozado. Cómo había despedido a media plantilla. Cómo su hijo acechaba. Oyó a los guardias de seguridad hablar de los nuevos protocolos.
El miedo la paralizó. Era inmigrante. Una limpiadora. Si ella, una mujer pobre, aparecía ahora con el maletín de una mujer rica muerta, ¿qué pensarían? No verían a una buena samaritana. Verían a una ladrona. La deportarían.
Así que lo escondió bajo su cama.
Se convirtió en una presencia tóxica en su pequeño piso. Un símbolo de su miedo. Se lo confesó a su madre en una llamada nocturna llena de lágrimas, pero no podía moverlo. Era demasiado tarde. HabEl maletín abierto reveló cartas, planos y sueños compartidos que devolvieron a Arturo la luz, y en los jardines del ala infantil del Hospital San Carlos, bajo el sol de Madrid, una placa dorada lleva ahora el nombre de Estela Gallardo, porque al final, lo que construimos con amor es lo único que perdura.