**Capítulo 1: El Hilo Que Se Rompe**
La fiesta en la piscina estaba pensada para ser un día de alegría sin complicaciones: familia, el sol cálido del verano, el chisporroteo de las hamburguesas en la parrilla y las risas de mis nietos rebotando en el agua. Había pasado la mañana preparando cada detalle, como si montara el escenario para los recuerdos perfectos. Fregué el patio hasta que las baldosas brillaron, colgué toallas esponjosas de colores y llené una nevera azul con los zumitos que tanto le gustaban a Lucía.
Mi hijo, Javier, llegó con su mujer, Marta, y sus dos hijos justo cuando el sol estaba en lo alto. Pero desde el momento en que bajaron del coche, sentí que algo no encajaba en la melodía alegre del día.
Mientras su hermano mayor, Hugo, salió disparado como un cohete hacia la piscina, mi nieta Lucía, de cuatro años, se bajó lentamente. Llevaba los hombros caídos, la cabeza gacha, como si cargara un peso invisible demasiado grande para su cuerpecito. Apretaba contra el pecho un conejo de peluche gastado, con las orejas deshilachadas de tanto mordisquearlas cuando estaba nerviosa.
Me acerqué con su bañador de flamencos en la mano, sintiendo que mi sonrisa se volvía frágil de repente. —Cariño —dije, agachándome a su altura—, ¿quieres ponerte el bañador? El agua está buenísima hoy.
Ni siquiera levantó la mirada. Sus pequeños dedos no dejaban de tirar de un hilo suelto en el borde de su vestido de algodón. —Me duele la tripa… —murmuró con una vocecita casi inaudible.
Un dolor familiar se extendió por mi pecho. Le aparté un mechón de su pelo rubio y sedoso de la cara, un gesto que habíamos repetido mil veces. Pero esta vez, Lucía se encogió. Fue un movimiento leve, casi imperceptible, pero me golpeó como un puñetazo. Retrocedió como si esperara un castigo, no una caricia. Esa reacción me heló la sangre más que cualquier palabra. Lucía siempre había sido una niña cariñosa: la primera en saltarme a los brazos, la primera en tirarme de la manga para que le leyera un cuento. Esta versión apagada de mi nieta era una desconocida.
Antes de que pudiera indagar más, la voz de Javier me cortó el aire desde atrás. —Mamá —dijo, y esa sola palabra sonó cortante, fría, cargada de una autoridad que no le había oído desde que era un adolescente rebelde—. Déjala en paz.
Me giré, frunciendo el ceño. —No la estoy molestando, Javier. Solo quiero saber qué le pasa.
Marta se acercó a su lado, formando un muro de unidad parental. Su sonrisa era tensa, forzada, y no llegaba a sus ojos. —Por favor —dijo, con un tono dulce que no era más que una fachada—, no te metas. Se pone dramática. Si le hacemos caso, no parará.
¿Dramática? La palabra se quedó flotando en el aire, fea y fuera de lugar. Miré otra vez a Lucía, a cómo retorcía sin parar sus manitas en el regazo, todo su cuerpecito irradiando una tristeza tan profunda que casi podía tocarse. No estaba siendo dramática. Se estaba ahogando en algo que yo no podía ver.
Intenté mantener la voz tranquila, como la superficie de un estanque en calma. —Solo quiero asegurarme de que está bien.
Javier dio un paso hacia mí, su sombra cayendo sobre mí. Bajó la voz hasta casi un susurro, pero no era un tono para calmar, sino para advertir. —Está bien. Déjalo. No montes un número.
La amenaza implícita se quedó flotando entre nosotros, y sentí un escalofrío de furia. Pero, por el bien de Lucía, me alejé. Lo hice despacio, sintiendo que aquella retirada era una traición. Sin embargo, mis ojos no la perdieron de vista. Ella no se movió. No miró a Hugo saltar y reírse en la piscina. Solo estaba ahí sentada, una isla solitaria en medio de una fiesta fingida, una niña que parecía creer que no tenía permiso para disfrutar.
Y mientras veía a mi hijo y a su mujer reír con una alegría forzada que ahora me parecía grotesca, una pregunta aterradora empezó a formarse en mi mente.
¿Qué estaban intentando esconder con tanto empeño?
**Capítulo 2: Una Puerta Entreabierta**
La fiesta siguió, una farsa vacía de diversión familiar. El olor a cloro y crema solar se mezclaba con el humo de la parrilla, aromas que siempre me habían traído felicidad. Hoy, me revolvían el estómago. Seguí los movimientos automáticos —dando la vuelta a las hamburguesas, sirviendo bebidas, sonriendo a chistes que no escuchaba—, pero cada fibra de mi ser era un nudo de angustia, pendiente de la niña silenciosa al borde de la terraza. Javier y Marta actuaban como si no pasara nada, pero sus risas eran demasiado altas, sus gestos demasiado bruscos. Estaban actuando, y yo era la única espectadora.
De vez en cuando, mi mirada volvía a Lucía. Parecía una estatua de pena. En un momento dado, vi que Hugo se acercaba a ofrecerle su pistola de agua. Ella solo negó con la cabeza, sin siquiera mirarlo. Marta, desde la piscina, soltó: —Déjala, Hugo, está haciendo un berrinche.
La crueldad cotidiana de ese comentario me cayó como una piedra en el estómago. Intenté un último acercamiento, esta vez más sutil. Le llevé un plato con sandía cortada en forma de estrella, como a ella le gustaba. —Toma, cariño —dije suavemente—, solo un poquito.
Los ojos de Javier me atravesaron desde el otro lado del jardín. Una advertencia muda, furiosa. Sostuve su mirada un instante, con el corazón golpeándome las costillas, antes de apartarme. Lucía no tocó la sandía.
Una hora después, me excusé para entrar en casa, necesitando un respiro de aquella tensión sofocante. La casa era un refugio fresco y silencioso, con el zumbido del aire acondicionado como un arrullo en el pasillo. Entré en el baño de invitados y cerré la puerta, apoyándome en ella para recuperar el aliento. Mi reflejo en el espejo mostraba a una mujer que apenas reconocía: el rostro marcado por la preocupación, los ojos nublados por un miedo que todavía no podía nombrar. Me lavé las manos, el agua fría un leve alivio que no bastaba para aclarar mi mente.
Cuando me di la vuelta, el corazón se me subió a la garganta.
Lucía estaba ahí, en el umbral, un fantasma pequeño que había entrado sin hacer ruido.
Su carita estaba pálida, sus manitas temblaban tanto que el conejo que apretaba parecía vibrar. Me miró con sus ojos azules, oscuros y profundos, llenos de un miedo tan adulto que no tenía lugar en la cara de una niña. Me había seguido, buscando refugio en el único sitio donde sus padres no la veían.
—Abuela… —susurró, y su voz era un hilo frágil, quebradizo—. En realidad… es mamá y papá…
Y entonces, como si esas palabras hubieran roto el dique que lo contenía todo, estalló en un llanto silencioso y convulso.
**Capítulo 3: La Forma de un Secreto**
No lo dudé ni un segundo. En un instante, estaba arrodillada, abrazando a Lucía con cuidado, como si fuera de cristal. Se aferró a mí, su cuerpecito temblando, esLucía se aferró a mí y susurró entre lágrimas: “Papá dice que soy mala, pero yo solo quiero que me quieran sin hacerme daño”.