El caos estalla en urgencias cuando un misterioso motorista llega con una niña al borde de la muerte… y su ADN desata una conspiración inimaginable

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Las puertas automáticas del Hospital Clínico Santa Isabel no estaban hechas para ser abiertas a patadas a las tres de la madrugada, no en una ciudad donde el sonido más fuerte después de medianoche solía ser el paso lento de un tren de mercancías o un universitario borracho discutiendo con una máquina expendedora. Pero esa noche, las puertas no se deslizaron con educación: se abrieron de golpe, sacudiendo los cristales en sus marcos, y por un segundo suspendido en el aire, la sala de urgencias contuvo la respiración.

El hombre que irrumpió dentro parecía sacado de esos titulares que la gente lee después del hecho, esos que empiezan con palabras como *violento*, *armado* o *peligroso*. Una figura imponente, cubierta de cuero empapado y barro de la carretera, con la lluvia chorreando desde sus hombros sobre los azulejos blancos, dejando tras de sí huellas oscuras como si arrastrara la tormenta por el cuello.

Su nombre, aunque casi nadie lo sabía aún, era Javier “Rayo” Mendoza, y en sus brazos llevaba a una niña que se estaba muriendo.

No podía pesar más de veinte kilos, su cuerpecito flácido contra su pecho, la cabeza colgando de manera poco natural mientras él caminaba. Mechones de pelo oscuro pegados a una cara que ya perdía color, la piel con un tono azulado que hizo que todas las enfermeras reconocieran el peligro antes de que ningún monitor lo confirmara. La imagen era tan incorrecta, tan fuera de lugar bajo las luces frías del hospital, que las conversaciones murieron a medias y el guardia de seguridad junto al mostrador agarró su radio sin saber muy bien por qué.

—¡AYÚDENLA! —rugió el hombre, su voz rota, resonando con una fuerza que hizo que varios retrocedieran. No por violencia, sino por una desesperación imposible de fingir—. No respira bien. Está helada. Por favor.

Por un instante, nadie se movió.

Hasta que Lucía Vázquez, la enfermera jefe de turno, reaccionó como solo lo hace el instinto cuando supera al miedo. Su tablilla cayó al mostrador mientras se abalanzaba, los ojos ya escaneando el rostro de la niña, firme y autoritaria incluso al alzar las manos.

—Camilla —ordenó con voz tajante—. Box de trauma dos. Ahora.

Dos enfermeras corrieron, las ruedas chirriando al sacar una camilla de la pared, y Lucía se plantó frente al motero, lo bastante cerca para oler asfalto mojado, aceite de motor y algo metálico que le hizo encogerse el estómago.

—Señor, necesito que me la dé —dijo, sin rudeza pero sin vacilar.

Durante medio segundo, Rayo no se movió.

Sus brazos se tensaron, la mandíbula apretada hasta que un músculo saltó en su mejilla. Lucía vio algo en su mirada que no tenía que ver con la agresión, sino con el terror de saber que quizá ya era demasiado tarde.

—No puede morir —gruñó, ronco—. No puede.

—No la ayudaré si no me la pasa —respondió Lucía, clavándole la mirada.

Algo en su tono lo hizo ceder.

Rayo depositó a la niña en la camilla con un cuidado casi reverente, las manos quedándose un instante más como si temiera que desapareciera al soltarla. Cuando las enfermeras se la llevaron entre puertas que decían *SOLO PERSONAL AUTORIZADO*, él retrocedió como si le hubieran arrancado un peso de encima, desplomándose en una silla de plástico contra la pared, sus hombros temblando una vez antes de quedarse quietos.

—¿Nombre? —preguntó la recepcionista, los dedos sobre el teclado.

Rayo miró sus manos, aún manchadas de lluvia y sangre que no era suya.

—Se llama… Alba —dijo al fin.

—¿Apellido?

—No lo sé.

La recepcionista frunció el ceño.

—¿Fecha de nacimiento?

La risa de Rayo fue seca y amarga.

—Si lo supiera, ¿cree que estaría sentado aquí?

Fue entonces cuando llegó la policía.

Dos agentes, avisados por un guardia nervioso que había usado la palabra *intruso*, entraron en urgencias con las manos cerca de las pistoleras, mirando a Rayo como si fuera el problema obvio, que en un pueblo como ese probablemente lo era.

—Javier Mendoza —dijo el agente Luis Herrera, con un destello de reconocimiento en los ojos—. ¿Qué demonios pasa aquí?

Rayo no levantó la vista.

—Salvando a una niña —murmuró.

Herrera resopló.

—Forma rara de hacerlo. Manos a la espalda.

Las esposas de plástico se cerraron en sus muñecas sin resistencia. No discutió. No forcejeó. Sus ojos estaban clavados en las puertas cerradas del box de trauma, como si la pura fuerza de voluntad pudiera evitar que se abrieran de la manera equivocada.

Dentro del Box de Trauma Dos, Lucía trabajó con la velocidad de quien ha vivido noches largas y peores desenlaces. Sueros colocados, mascarilla de oxígeno ajustada, los monitores pitando de forma errática mientras el corazón de Alba oscilaba entre demasiado rápido y peligrosamente lento.

—Temperatura central hipotérmica —avisó una enfermera—. La presión baja.

Lucía se inclinó, el ceño fruncido al examinar los brazos de la niña.

Ahí, en la parte interna del antebrazo izquierdo de Alba, había un tatuaje.

No decorativo. No artístico.

Solo números.

11-03-21.

Parecía lo bastante viejo para haber cicatrizado, pero desigual, la tinta algo borrosa como si la hubiera hecho alguien con mano temblorosa o sin herramientas profesionales. Un hilo frío de inquietud bajó por la espalda de Lucía.

—¿Alguien la ha buscado en el sistema? —preguntó.

La auxiliar, Marina, tecleó frenéticamente en su pantalla.

—Lo he intentado. Reconocimiento facial, desaparecidos, registro civil. No sale nada.

Lucía no dejó de trabajar.

—Prueba a nivel nacional.

—Ya lo hice —susurró Marina, palideciendo—. Lucía… no hay registro. Ni partida de nacimiento. Ni vacunas. Ni matrícula escolar. Es como si nunca hubiera existido.

Como si esas palabras las hubieran convocado, todas las pantallas de urgencias se congelaron de golpe.

Luego se reiniciaron.

Luego se apagaron.

En el puesto de enfermería, la radio del agente Herrera crepitó con un estallido de estática tan fuerte que varios saltaron.

—Unidad Cinco —dijo la operadora lentamente, su voz repentinamente carente de su tono habitual—, tenemos instrucciones de autoridades superiores. Deben detener inmediatamente al individuo Javier Mendoza y asegurar el edificio. Esto no es una investigación por secuestro.

Herrera arrugó el ceño.

—¿Entonces qué es?

Hubo una pausa, pesada.

—Lo llaman un *error de contención* —respondió la operadora—. Y, Luis… le sugieren que deje de hacer preguntas.

Rayo alzó la cabeza.

—La encontraron, ¿verdad? —dijo en voz baja.

Herrera lo miró fijamente.

—¿Quién encontró a quién?

Rayo sonrió sin humor.

—Los que tampoco deberían existir.

Las luces parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Luego los generadores de emergencia se activaron, bañando urgencias en un resplandor rojizo que alargaba las sombras, y por primera vez en su carrera, Lucía sintió la certeza de que aquello en lo que estaba metida ya no era una emergencia médica, sino algo completamente distinto.

Rayo no siempre había sido un espectro sobre dos rY años más tarde, bajo un cielo estrellado en un pueblo costero donde el mar borraba los nombres y el viento silbaba historias olvidadas, una niña que una vez tuvo un número en el brazo aprendió que los finales no siempre son tristes, sino que a veces son solo comienzos disfrazados.

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