La noche en que Rodrigo de la Vega regresó a casa, la mansión de los De la Vega permanecía quieta de un modo antinatural, despertando preguntas que pronto trascenderían sus puertas y caerían bajo el implacable escrutinio público.
Los vecinos juraron después que, desde fuera, la casa parecía normal, con luces tenues brillando. Pero aquella calma, en retrospectiva, resultaba inquietantemente calculada, como si los muros supieran lo que se avecinaba.
Dentro, las luces del pasillo parpadeaban, sustituyendo el habitual esplendor por algo siniestro, haciendo que incluso los más escépticos se preguntaran si la riqueza podía proteger de lo desconocido.
La ausencia del personal levantó sospechas al instante en las redes, donde cientos cuestionaban si la lealtad podía existir en un entorno gobernado por jerarquías, miedo y dinámicas de poder no dichas.
Más perturbador que los pasillos vacíos era el silencio de Martirio y Baltasar, cuyas risas, según los sirvientes, eran el latido emocional de la mansión.
Los psicólogos argumentaron después que el instinto de un padre ante el silencio es más fuerte que el miedo mismo, una alarma primitiva que alerta de que algo esencial ha sido violado.
Cuando Rodrigo gritó sus nombres, su voz resonó sin respuesta, un momento que muchos interpretan ahora como símbolo de cómo la autoridad se desmorona ante una pérdida real.
Las redes ardieron con teorías: algunos acusaban a Rodrigo de ocultar verdades tras su imagen pública, mientras otros lo pintaban como una figura trágica enfrentándose, por fin, a consecuencias que el dinero no podía eludir.