**Diario Personal**
El sol apenas asomaba sobre los tejados bajos de Valdeflores, una ciudad de tamaño mediano que se enorgullecía de su orden, sus tradiciones y una imagen cuidadosamente conservada de serena respetabilidad.
El calor llegó temprano, apretando las aceras y los edificios de piedra como si la ciudad contuviera la respiración.
En la plaza mayor, donde un modesto juzgado daba a una fuente construida décadas atrás, la vida transcurría con rutina y costumbre.
Esa rutina se rompió antes del mediodía.
La jueza Luisa Mendoza caminó con firmeza hacia el juzgado, el maletín bien sujeto contra su costado, erguida a pesar del peso de las miradas que la seguían.
Era una jueza nombrada tras años de trabajo incansable, conocida por sus sentencias precisas y su negativa a ceder ante presiones. En los tribunales, su voz transmitía autoridad.
Sin embargo, en las calles de Valdeflores, su presencia inquietaba a quienes creían que el poder debía tener cierta apariencia, cierta voz.
Para algunos, ella no era jueza. Seguía siendo la mujer que osaba ocupar un espacio que creían reservado para otros.
Cerca de la fuente, varios coches patrulla estaban aparcados desordenadamente, bloqueando parte del paso. Un camión de limpieza municipal roncaba cerca, el motor zumbando.
Un grupo de agentes uniformados, a la sombra, reía con despreocupación, como si la plaza les perteneciera.
Uno de ellos, el sargento Javier Morán, apoyado contra un coche patrulla, tenía una manguera enrollada a sus pies, el agua corriendo libre por el pavimento.
Era conocido por su bravuconería y su crueldad disfrazada de humor.
Cuando vio acercarse a la jueza Mendoza, su expresión cambió.
—Mira eso —dijo Javier, su voz clara en la plaza—. Parece alguien vestido para un consejo de ministros, no para la vida real.
Los agentes a su alrededor rieron entre dientes. La jueza aminoró el paso, pero no desvió su camino. Sabía que reaccionar era lo que hombres como él querían.
Javier recogió la manguera.
—Quizá necesite refrescarse —añadió—. Se le sube el calor a la cabeza.
Antes de que alguien pudiera intervenir, apuntó la manguera y abrió el grifo.
El agua fría golpeó su pecho sin aviso. La blusa se pegó a su piel. El maletín cayó al suelo con un golpe sordo. Por un instante, la plaza quedó en silencio.
Luego estallaron las risas.
Los móviles aparecieron en manos ávidas. El espectáculo era demasiado tentador.
La jueza Mendoza no gritó. No corrió. Se quedó quieta, el agua goteando de sus mangas, el pelo pegado al rostro, y miró fijamente a Javier Morán.
Leyó su nombre bordado en el uniforme. Anotó su placa. Memorizó el coche patrulla tras él.
Javier se acercó, sonriente.
—¿Y ahora qué harás? —preguntó con sorna—. Llamar a alguien importante.
Ella se inclinó, recogió su maletín y lo miró a los ojos.
—Ya has hecho bastante —dijo con calma.
Sin otra palabra, giró y entró en el juzgado, cada paso deliberado.
En su despacho, cerró la puerta y respiró hondo. Sus manos temblaron, no de miedo, sino por la ira contenida. Luego se sentó y comenzó a escribir.
Registró la hora exacta. El lugar. Los nombres de los testigos. Solicitó las grabaciones de las cámaras cercanas.
Presentó una queja detallada ante la inspección interna.
Su colega, el juez Antonio Delgado, entró cauteloso más tarde.
—Luisa —dijo en voz baja—, sabes que esto no quedará en nada.
Ella lo miró, firme.
—Nunca fue nada pequeño —respondió—. Solo lo parecía porque gente como él cuenta con el silencio.
Al anochecer, el vídeo circulaba en redes. Los comentarios llovieron, algunos burlones, otros indignados.
Entonces alguien la identificó: «Es la jueza Mendoza. Jueza titular».
Las risas de Javier Morán cesaron. Corrió hacia su capitán, Manuel Rojas, exigiendo tranquilidad.
—No fue nada —insistió—. Solo una broma que se pasó.
El rostro del capitán Rojas se endureció.
—No hables con nadie —ordenó—. Ni con tus compañeros, ni con la prensa.
Tras puertas cerradas, hubo pánico. Archivos desaparecieron. Se presionó a testigos.
No funcionó. La fiscal Carmen Vélez tomó el caso con determinación. Reclamó más pruebas. Habló con testigos que otros habían ignorado.
Una empleada municipal, Ana Ruiz, dio un paso adelante, a pesar del miedo.
—Él apuntó primero —testificó—. Dijo que quería humillarla.
El dueño de una tienda aportó un audio inequívoco.
La sala se llenó de gente. Cuando se reprodujo la grabación, el silencio fue absoluto. La voz de Javier resonó clara:
—Lo hice porque podía.
Cuando se le pidió que respondiera, tragó saliva.
—Creí que era intocable —admitió—. Me equivoqué.
El fallo fue firme. Sanciones administrativas. Investigación por abuso de autoridad. El capitán Rojas fue suspendido.
Días después, la plaza se llenó de vecinos con micrófonos, contando historias guardadas por años.
La jueza Mendoza estaba entre ellos, escuchando, comprendiendo que lo suyo era solo una gota en una tormenta mayor.
Esa noche, al cerrar la ventana de su despacho y apagar la luz, sonrió levemente. No por triunfo, sino por determinación.
Se había abierto una grieta. Y no se cerraría fácilmente.
El respeto, una vez exigido, no retrocede. Y Valdeflores nunca volvería a ser la misma.