**Capítulo 1: La Sombra en el Pasillo**
Inés Fernández había dominado el arte de la invisibilidad para su penúltimo año en el instituto Ramón y Cajal. Se movía por los pasillos como un fantasma, con la cabeza gacha, los hombros encogidos y una presencia tan discreta que hasta los profesores a veces olvidaban pasar lista aunque estuviera sentada en primera fila. Sus sudaderas oversize, vaqueros desgastados y su costumbre de comer sola en la biblioteca eran su armadura contra las jerarquías sociales y las pequeñas crueldades de la adolescencia.
Pero la invisibilidad, había aprendido Inés, también era un superpoder.
Desde su rincón en la sombra, lo veía todo. Sabía qué alumnos vendían chuches a escondidas junto al gimnasio, qué profesores tenían preferencias que rozaban lo inapropiado y qué populares escondían trastornos alimentarios o problemas familiares tras sus sonrisas perfectas. Pero lo más importante: llevaba meses documentando el reinado de terror de Marcos «Tanque» Ruiz, el capitán del equipo de fútbol, cuya idea de diversión era hacer la vida imposible a los demás.
El Tanque era todo lo que Inés no era: metro noventa de músculos y arrogancia, con un carisma natural que hacía que los adultos confiaran en él y los compañeros le temieran. Había descubierto pronto que su talento deportivo, el dinero de su familia y su intimidación física le blindaban contra las consecuencias, permitiéndole tratar a los demás como si fueran su entretenimiento personal. Los profesores pasaban por alto su crueldad porque traía medallas al instituto. La dirección ignoraba las quejas porque su padre donaba generosamente al programa de deportes. Y los alumnos callaban porque enfrentarse al Tanque significaba convertirse en su próximo objetivo.
Tres años llevaba Inés viendo cómo el Tanque destrozaba la seguridad de decenas de estudiantes. Había visto empujar a chicos nuevos contra las taquillas, robar el dinero del bocadillo a quienes menos podían permitírselo y esparcir rumores que habían llevado a más de uno a cambiar de instituto. En su mente, guardaba un catálogo de víctimas, métodos y fallos del sistema que permitían su comportamiento.
El punto de inflexión llegó un martes de octubre, cuando Inés llegó temprano y escuchó ruidos extraños en el baño cerca del gimnasio. Dentro, encontró a David Li, un chico menudo de segundo con gafas gruesas y un aire de nerviosismo perpetuo, encogido en el suelo con el brazo izquierdo contra el pecho mientras lágrimas de dolor y humillación le corrían por la cara.
El Tanque lo miraba desde arriba, flexionando los nudillos con satisfacción. «La próxima vez mirarás por dónde vas, Cuatrojos».
«Ya me disculpé», susurró David con voz quebrada. «Fue sin querer».
«Los accidentes tienen consecuencias», contestó el Tanque, dándole un leve empujón con el pie que arrancó un grito de dolor a David.
Inés lo llevó a enfermería y se quedó hasta que llegó la ambulancia. El brazo de David tenía dos fracturas y necesitaría cirugía y meses de rehabilitación que afectarían a su habilidad con el violín, su gran pasión y su esperanza de una beca musical.
Cuando el director, don Antonio, preguntó por lo sucedido, la versión oficial salió rápido: David se había resbalado en el baño. Nadie había visto nada. El Tanque estaba en el gimnasio con sus compañeros, que avalaron su coartada. El caso se cerró en un día.
Pero Inés lo había visto todo. Y, a diferencia del resto, ella no le tenía miedo al Tanque.
**Capítulo 2: El Enfrentamiento**
La oportunidad de hacer justicia llegó tres semanas después, durante una charla sobre selectividad. El Tanque estaba de mal humor por un aviso de su entrenador: si sus notas no mejoraban, no jugaría el siguiente partido. Necesitaba desahogarse, y la presencia de Inés en el pasillo era la excusa perfecta.
Ella se dirigía a la biblioteca, como siempre, cuando el Tanque le cortó el paso con su sonrisa de depredador.
«Bueno, bueno», dijo, lo bastante alto para que todos giraran la cabeza. «Si no es la chivata del instituto. Me han dicho que andas preguntando sobre cosas que no te incumben».
Inés se detuvo pero no retrocedió. A su alrededor, los alumnos frenaron, expectantes. Los móviles empezaron a grabar.
«No sé de qué hablas», respondió Inés, aunque ambos sabían que mentía.
El Tanque se había enterado de que ella había preguntado a los amigos de David por su lesión, dudando de la versión del «resbalón». Peor aún: la habían visto tomar notas en un cuaderno que guardaba como un tesoro. Su paranoia, alimentada por años de impunidad, le decía que Inés era una amenaza.
«No me tomes por idiota, Fernández», dijo, acercándose hasta taparla con su sombra. «Andas contando mentiras sobre lo de David Li. Buscando problemas».
El corro a su alrededor crecía. Inés reconoció las miradas: alivio de no ser el blanco, morbo por el drama y esa culpa silenciosa de quien observa la crueldad desde la barrera.
«A David le rompieron el brazo», dijo Inés, con una calma que sorprendió incluso a ella. «Alguien debería importarle».
El Tanque sonrió, encantado con su rebeldía. Justo lo que necesitaba para su espectáculo. «David se cayó solo. Los torpes se hacen daño. Deberías tener cuidado con inventar historias».
«Quizá otros deberían tener cuidado con hacer daño».
El murmullo creció. Sus víctimas solían rendirse enseguida, pero Inés no seguía el guion. El Tanque frunció el ceño.
«Creo que nos debes una disculpa. Por mentirosa. Por chivata. Por provocar».
«No he mentido».
«Arrodíllate», ordenó, con la voz de quien está acostumbrado a ser obedecido. «Aquí y ahora. Pide perdón por ser una chivata».
El pasillo enmudeció, salvo por el clic de los móviles grabando. Era el momento clave, la prueba de su poder.
Inés miró a su alrededor. Algunos parecían incómodos, pero nadie intervenía. La ley no escrita era clara: el Tanque mandaba, y sobrevivir significaba agachar la cabeza.
«Arrodíllate», repitió, con un tono más agresivo.
Inés bajó la mirada, y el público contuvo la respiración, esperando otra humillación. Pero, en lugar de encogerse, se enderezó. Cuando alzó los ojos, había algo nuevo en ellos: no miedo, sino una frialdad calculadora. El cambio fue tan brusco que el Tanque retrocedió, sorprendido.
«¿De verdad quieres que me arrodille?», preguntó Inés con una voz que cortó el silencio como un cuchillo.
**Capítulo 3: La Revelación**
Con movimientos lentos, sacó algo de su bolsillo. Un destello metálico bajo la luz fluorescente hizo que varios alumnos contuvieran el aliento: era una placa de la Policía Nacional.
«Permíteme presentarme debidamente», dijo, con una autoridad que nadie le había oído antes. «Soy Inés Fernández, agente junior de la Unidad de Prevención del Delito Juvenil. Llevo cuatro meses aquí. Y vine específicamente por ti, Marcos».
El pasillo estalló en murmullos. La chica invisible, ignorada durante meses, acababa de revelarse como una policía encubierta.
El Tanque palideció. Cada golpe, cada burla, cada abuso… todo había quedado registrado. Su paranoia había sido acertada, pero su solución—intimidarla—había sido un error catastrófico.
«Estás mintiendo», balbuceó, sin convicción.
Inés abrió una cartera y mostró su identificación. «MarcosInés guardó su placa con una sonrisa satisfecha, sabiendo que su misión había devuelto al instituto Ramón y Cajal lo que el Tanque le había robado durante años: la libertad de ser ellos mismos sin miedo.