Un amor prohibido se convierte en un secreto familiar revelado

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Me llamo Carmen, tengo veinte años y estudio el último curso de diseño. Mis amigos siempre dicen que parezco más madura para mi edad, quizás porque crecí solo con mi madre, una mujer soltera llena de coraje y perseverancia. Mi padre falleció siendo yo muy pequeña, y mi madre nunca volvió a casarse; durante todos estos años trabajó sin descanso para criarme.

Una vez, mientras colaboraba en un voluntariado en Valencia, conocí a Javier, el responsable del equipo de logística. Él me llevaba más de veinte años, era amable, tranquilo y hablaba con una sabiduría que me impresionaba. Al principio solo lo veía como un compañero, pero poco a poco, mi corazón empezó a latir con fuerza cada vez que escuchaba su voz.

Javier había pasado por mucho: tenía un trabajo estable y un matrimonio fracasado, pero no tenía hijos. Rara vez hablaba de su pasado, solo decía:
—Perdí algo muy importante, ahora solo aspiro a vivir con honradez.

Nuestro amor creció sin prisas, sin escándalos ni dramas. Él siempre me trató con delicadeza, como si cuidara de algo frágil. Sabía que muchos murmuraban: “¿Cómo puede una chica de veinte años enamorarse de un hombre que le dobla la edad?”, pero a mí no me importaba. Con él me sentía en calma.

Un día, Javier me dijo:
—Quiero conocer a tu madre. No quiero seguir ocultando nada.

Sentí un nudo en el estómago. Mi madre era estricta y siempre se preocupaba por mí, pero pensé: si esto es amor verdadero, no hay motivo para temer.

Ese día lo llevé a casa. Javier vestía una camisa blanca y llevaba un ramo de claveles, las flores que sabía que a mi madre le encantaban. Lo tomé de la mano mientras cruzábamos la vieja puerta de nuestra casa en El Carmen. Mi madre estaba regando las macetas y nos vio.

En ese instante… se quedó inmóvil.
Antes de que pudiera presentarlos, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, llorando sin control.

—¡Dios mío…! ¡Eres tú! —gritó—. ¡Javier!

El aire se volvió espeso. Me quedé helada, sin entender nada. Mi madre seguía abrazándolo, temblando y sollozando. Javier parecía aturdido, con la mirada perdida, como si no pudiera creer lo que veía.

—¿Eres… Isabel? —murmuró con voz ronca.

Mi madre asintió entre lágrimas:
—¡Sí…! ¡Dios mío, después de más de veinte años, sigues aquí!

Mi corazón palpitaba con fuerza.
—Mamá… ¿conoces a Javier?

Ambos me miraron. Durante unos segundos, nadie habló. Finalmente, mi madre se secó las lágrimas y se sentó:
—Carmen… tengo que decirte la verdad. Cuando era joven, amé a un hombre llamado Javier… y él es ese hombre.

El silencio llenó la estancia. Miré a Javier, su rostro pálido y confundido. Mi madre continuó, con voz quebrada:
—Cuando yo estudiaba en una escuela técnica en Valencia, él acababa de terminar la universidad. Nos queríamos mucho, pero mis padres no aprobaron nuestra relación; decían que no tenía futuro. Luego… Javier tuvo un accidente y perdí todo rastro de él. Creí que había muerto…

Javier respiró hondo, con las manos temblorosas:
—No te olvidé ni un solo día, Isabel. Cuando desperté en el hospital, estaba lejos y no pude contactarte. Al regresar, supe que habías tenido una hija… y no me atreví a buscarte.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Cada palabra me destrozaba el alma.
—Entonces… ¿yo soy…? —balbuceé sin aire.

Mi madre me miró, con la voz rota:
—Carmen… eres hija de Javier.

El silencio era absoluto. Solo escuchaba el viento moviendo las hojas del patio. Javier retrocedió, con los ojos enrojecidos y las manos caídas.

—No… no puede ser… —musitó—. Esto no…

Todo mi mundo se volvió vacío. El hombre que amaba, el que creí mi destino… resultó ser mi padre.

Mi madre me abrazó, sollozando:
—Lo siento… nunca imaginé…

No dije nada. Solo dejé que las lágrimas cayeran, saladas y amargas como la vida.

Ese día, los tres permanecimos sentados largo rato. Ya no era una presentación de novio, sino el reencuentro de tres almas perdidas durante más de veinte años.

Y yo… hija que encontraba a su padre y perdía a su primer amor, solo pude quedarme en silencio, dejando que las lágrimas siguieran su curso.

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