La luz fría que entraba por las ventanas altasEsa luz grisácea solo acentuaba el silencio vacío que ahora habitaba en cada rincón de la casa.

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La luz que se filtraba por los ventanales de nuestra casa en Málaga no era cálida ni acogedora. Era una luz pálida y fría que iluminaba cada mota de polvo en el aire y, con más crudeza, las sombras de cansancio grabadas en mi rostro al mirarme al espejo. Parecía una extraña, una versión desgastada de la mujer que había sido apenas unos meses atrás.

Me llamo Isabel Morales, tengo veintiocho años pero me siento décadas mayor. Hace exactamente seis semanas que di a luz a trillizos: tres hermosos y agotadores niños llamados Lucas, Hugo y Mateo. Mi cuerpo ya no me pertenece, transformado de formas que aún no asimilo: más blando donde antes era firme, marcado por estrías plateadas que trazan mi camino hacia la maternidad, dolorido por la cesárea de urgencia que nos salvó a todos y sometido a un agotamiento tan profundo que el mundo parece tambalearse si giro la cabeza demasiado rápido.

Vivo en un estado de tensa calma, ahogada por la logística de cuidar a tres bebés a la vez: horarios de comida que chocan, pañales interminables, biberones y llantos. Las niñeras renuncian cada dos semanas porque, al parecer, tres bebés son demasiado incluso para profesionales. Nuestra casa, pese a sus cuatrocientos metros cuadrados de lujo, se siente claustrofóbica, invadida por tronas, cochecitos y montañas de pañales.

Esta es la escena—yo en pijama manchada de leche, el pelo recogido en un moño desastre, intentando calmar a un bebé mientras balanceo a los otros frente a la cámara del monitor—cuando Javier, mi marido y director ejecutivo de TecnoGlobal, una de las mayores empresas tecnológicas de España, entra para dar su veredicto sobre nuestro matrimonio.

Lleva un traje de vicuña recién planchado que vale más que el sueldo mensual de un empleado medio, huele a colonia cara y a desprecio. Ni mira el cochecito de los tres. No pregunta cómo estoy. Solo me observa con ojos fríos, como si fuera un activo que ya no cotiza bien.

Sin preámbulos, arroja una carpeta sobre la cama. El golpe suena a martillazo en un juzgado. No necesito abrirla para saber lo que contiene: “DEMANDA DE DIVORCIO” en letras gruesas.

Javier no usa excusas legales. No habla de “diferencias irreconciliables”. En cambio, opta por la crueldad estética, escupiendo palabras que me dejan sin aire:

—Mírate, Isabel —dice con asco—. Pareces un espantapájaros. Estás hecha un desastre. Das vergüenza. Un CEO como yo, alguien con imagen pública, necesita una esposa que refleje éxito, no… esto.

—Acabo de parir a tus hijos hace seis semanas —respondo, la voz ronca por el cansancio.

—¿Y te dejaste arrastrar? Eso no es mi problema —ajusta los gemelos de oro—. He conocido a otra persona. Alguien que entiende lo que mi posición exige.

Como si fuera una señal, aparece Carla, su asistente de veintidós años, contratada pese a mis sospechas. Va impecable: vestido de diseño, pelo en ondas perfectas. Me mira con una sonrisa victoriosa mientras sostengo un pañal sucio.

—Nos vamos a la oficina —anuncia Javier—. Los abogados manejarán el divorcio. Quédate la casa. Es lo que te mereces.

Salen. Los tacones de Carla repiquetean en el mármol. La puerta se cierra con un clic definitivo.

Javier cree que estoy demasiado rota para defenderme. Se equivoca.

Antes de él, yo era escritora. Dos relatos publicados en revistas prestigiosas. Pero él llamó a mi talento “un hobby bonito” y me convirtió en anfitriona de sus eventos. Ahora, con esos papeles, algo se enciende en mí: frío, preciso, letal.

Mientras los bebés duermen, escribo. Escribo hasta que la vista se nubla, alimentada por café y rabia. No es un diario ni un grito de ayuda. Es una novela: *El Espantapájaros del CEO*.

Cambio los nombres: Javier es “Adrián Roca”, TecnoGlobal es “Nexo Digital”, Carla es “Claudia Biel”. Pero cada detalle es real: la casa, su obsesión por el reflejo, los atajos financieros que presumía en privado.

Se publica en octubre. Primero pasa desapercibida, hasta que una periodista de *El Confidencial* nota las coincidencias. Su artículo—*¿Ficción o ajuste de cuentas?*—la vuelve viral.

En días, el libro está en todos lados. Javier intenta demandarme, pero es ficción. La SEC investiga sus triquiñuelas financieras. La junta directiva lo despide por dañar la marca. Carla es despedida por romper políticas de fraternización.

El divorcio me da custodia total y la mitad de todo. Adrián Roca se queda sin nada.

Un año después, revelo mi identidad en *Vanity Fair España*. Salgo en portada con un vestido rojo escarlata, el título: *La mujer que escribió su libertad*.

Ahora soy Isabel Morales, escritora consagrada, madre de tres, voz contra el abuso. Javier es solo un hombre que subestimó a un espantapájaros.

Y eso, quizás, sea la mejor venganza.

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