**Diario de Javier**
Nunca imaginé que al presionar *play* encontraría un secreto que los médicos juraban imposible. Así fue como Javier, en una noche lluviosa de Sevilla, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
No buscaba traición ni drama. Solo quería asegurarse de que sus tres hijos estuvieran seguros mientras él trabajaba hasta la madrugada. Desde el accidente en la carretera, todo era silencio: los juguetes guardados, las risas apagadas y tres sillas de ruedas ocupando el salón como recordatorios.
Los especialistas fueron claros, casi sin mirarle a los ojos: lesiones graves, pocas esperanzas de recuperación, adaptación y paciencia. Javier tragó cada palabra como una sentencia. Instaló la cámara por miedo a no poder proteger lo que quedaba y porque la culpa no lo dejaba dormir.
Aquella noche, el dispositivo solo grabó unos segundos, como siempre. Al abrir el vídeo, el salón parecía normal: luz tenue, puerta cerrada, fotos antiguas en la pared. Pero las sillas de ruedas estaban vacías. Y en medio de la alfombra estaban Lucía, Mateo y Pablo —los trillizos que todos llamaban “casos perdidos”.
Estaban de pie. No firmes, no “curados”, pero *de pie*, con las piernas temblorosas y los rostros concentrados, como si sostuvieran el mundo entre sus manos. A su lado, *Carmen*, la cuidadora, no los tocaba. Solo observaba, lista para evitar una caída, y susurraba instrucciones bajas, casi como una oración.
En tres segundos, ocurrió lo impensable: Mateo dio un paso corto; Pablo tropezó, pero se levantó apoyándose en su hermano; y Lucía, con los dedos blancos de fuerza, alcanzó el sofá. Javier se quedó paralizado. Reprodujo el vídeo una y otra vez. Descubrió que no era un hecho aislado: aquello llevaba repitiéndose, día tras día, oculto tras su resignación.
A la mañana siguiente, enfrentó a Carmen con la voz quebrada. Ella no se defendió; solo abrió una carpeta con anotaciones, marcas en el suelo, horarios, ejercicios y pausas. Entonces confesó lo que nunca había dicho: años atrás, su propio hijo perdió la movilidad, y ella aprendió, con fisioterapeutas y fe ciega, que el cuerpo a veces recuerda antes de que la mente crea.
—No prometí una cura —dijo—. Solo me negué a aceptar el punto final. Javier sintió vergüenza por haber tomado el veredicto como destino.
Días después, un familiar filtró el vídeo. De pronto, Sevilla se convirtió en noticia: periodistas en la acera, médicos pidiendo entrevistas, desconocidos opinando sobre todo. Javier casi se perdió en el ruido, hasta que volvió a mirar a sus hijos. Ellos no querían *likes*; querían intentarlo una vez más.
Apagó el móvil, se arrodilló en la alfombra y, por primera vez en meses, pidió perdón por haber renunciado demasiado pronto. Aquel mismo día, convirtió el salón en un pequeño campo de entrenamiento: barras de apoyo, cojines, metas marcadas con cinta en el suelo. No había garantías de un final feliz, pero había movimiento. Y cada vez que una rodilla temblaba o una mano buscaba equilibrio, Javier recordaba el vídeo y repetía: *imposible* es solo una palabra.
En la última grabación de esa semana, los tres dieron dos pasos juntos, riendo en voz baja, y él entendió, entonces: la esperanza también aprende a caminar.
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