El joven adinerado sufría una agonía insoportable… hasta que la niñera descubrió el secreto en su vientre.

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¡Ay madre, qué dolor! ¡Haz que pare, papá!

El grito atravesó los pasillos de la lujosa mansión De la Vega en Madrid. Sonó como un cuchillo cortando el silencio.

Alejandro De la Vega, el magnate inmobiliario más temido de España, soltó su copa de brandy. Era un hombre que movía mercados con una llamada, pero en ese instante sólo era un padre aterrado corriendo hacia la habitación de su hijo.

Martín, su niño de seis años, estaba encogido en la cama como un ovillo. Sus manitas apretaban el estómago con desesperación. El sudor le pegaba el pelo a la frente y sus gritos sonaban rotos, como si el aire le quemara.

Era el quinto ataque en quince días. Cinco veces que Alejandro se quedaba paralizado, inútil, viendo cómo su hijo se retorcía. Los mejores especialistas de La Paz le hicieron resonancias, análisis, ecografías… Todo perfectamente normal. Nada explicaba ese sufrimiento.

Las niñeras no duraban. Algunas huían a la primera noche, hablando de sombras en la casa. Otras se iban consumidas por el miedo. Ahora otra más temblaba en la puerta mientras Martín volvía a gritar.

Alejandro intentó calmarlo. Un hombre que lo tenía todo, incapaz de aliviar el dolor de su hijo. Habría dado cada euro, cada propiedad, por un minuto de paz para Martín. Pero nada funcionaba.

No sabía que la salvación no vendría de un médico. Vendría de una mujer llamada Lucía Mendoza.

Alejandro no dormía en dos días cuando anunciaron a la nueva niñera. Bajó la escalera esperando otra candidata asustadiza. Pero en el recibidor se quedó helado.

Lucía Mendoza era alta, de piel canela y ojos oscuros como tierra húmeda. Llevaba vaqueros y una blusa sencilla, pero algo en su postura destacaba entre tanto mármol y miedo. Cuando le estrechó la mano, su apretón fue firme.

“Vengo por el trabajo”, dijo sin titubear.

Alejandro revisó su currículum. Cinco años en pediatría en el Gregorio Marañón. Referencias impecables.

“Demasiado bueno para ser verdad. ¿Por qué dejó el hospital?” preguntó él.

Algo oscuro pasó por su mirada. “Asuntos personales”, respondió. “Prefiero trabajar directamente con niños”. Hizo una pausa. “El dolor de su hijo no me asusta, señor De la Vega. He visto cosas que los médicos no siempre entienden”.

Las palabras le dieron un escalofrío. “Supersticiones”, pensó. Estuvo a punto de despedirla. Pero entonces Martín gritó arriba. Un alarido que le partió el alma.

“Está bien”, susurró Alejandro. “Venga conmigo”.

Lucía subió tras él. Al entrar en la habitación, su expresión se suavizó. Se arrodilló junto a Martín con una ternura que conmovió hasta a Alejandro.

“El dolor empieza aquí, ¿verdad?” preguntó mientras presionaba suavemente el abdomen del niño. Martín gimió, pero luego la agarró del brazo con fuerza.

“Sí, ahí”, confirmó Alejandro, la voz quebrada.

Lucía murmuró palabras calmantes. Milagrosamente, Martín empezó a respirar con ella. En minutos, el niño se durmió exhausto.

Alejandro la miró asombrado. “¿Qué ha hecho?”

Lucía se levantó. “Señor De la Vega, su hijo no está enfermo. Alguien le ha hecho esto”.

La habitación pareció inclinarse.

“¿Qué dice?”

“Hay algo dentro de él. Algo que no debería estar ahí”.

Las palabras pesaban como plomo. Alejandro sintió que el suelo se movía.

“¿Quién haría esto?”

Lucía lo miró fijamente. “Alguien que quiere hacerle daño… a través de él”.

Alejandro se dejó caer en la cama. La idea de que alguien hubiera lastimado a Martín a propósito le revolvió el estómago.

“¿Qué necesit”Necesitamos trabajar juntos para sacar ese mal de tu hijo, pero debes estar preparado para enfrentar verdades que cambiarán tu vida para siempre”.

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